Ana repasaba sus notas por enésima vez, mientras tiraba de la corta falda que había escogido, arrepintiéndose un poco de su escasa longitud. Llevaba unos zapatos tan altos como costosos y una camisa de seda que había comprado en Roma. Su cabello estaba recogido en una colita profesional y el perfume francés parecía no ser suficiente para ocultar el sudor de los nervios que la habían asaltado ni bien había cruzado la puerta de aquella lujosa oficina. Iba a volver a ver a Juan Manuel, necesitaba estar a la altura. Llevaba seis largos años sin cruzarlo y temía que no fuera el mismo. Ella parecía no ser la misma, pero las apariencias engañan. -El diputado la recibirá ahora, Señorita Sanchez.- anunció Pablo, el mismo jefe de prensa que le resultó familiar, aunque tuviera algunos kilos más y

