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Algunos meses después Ana tenía una nueva oportunidad. El diario La Nación, que la había contratado tiempo atrás, la enviaba a cubrir un evento en el congreso. Por fin dejaría de servir café y hacer resúmenes y correcciones para demostrar que era una buena reportera gráfica. Llegó al majestuoso edificio con su cuaderno, varias lapiceras y la credencial que anunciaba a qué medio pertenecía. Varios acreditados, en su mayoría hombres, se apresuraban para conseguir el mejor asiento mientras le dedicaban alguna mirada de superioridad. -¿Acaso era un té de señoritas?- le preguntó uno de los periodistas a otro, intentando sonar gracioso. Ana decidió ignorarlos a todos, estaba allí para hacer su trabajo y eso era lo que iba a hacer. Minutos más tarde, sentada en una de las sillas del fondo,

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