La primera en bañarse fue Catalina. No porque lo pidiera. Ni lo quisiera. Sino porque su cuerpo lo necesitaba con urgencia. Estaba demasiado débil. El color de su piel era ceniza y tenía ojeras tan marcadas que parecían hematomas antiguos. Las costillas sobresalían con una tristeza que no debería tener ningún cuerpo joven, y sus manos temblaban con la fragilidad de quien ha cargado más peso del que puede. El sudor seco, la fiebre no drenada, el olor ácido del miedo prolongado… todo en ella hablaba de un encierro que no fue solo físico, sino espiritual. Tenía la mirada vacía, y sin embargo, algo en su espalda erguida gritaba resistencia. Era una sobreviviente pero Daria, que la miraba desde la entrada del baño, supo de inmediato que eso era apenas una parte de la verdad. Catalina no s

