La tarde se deslizaba con suavidad por las torres de Draverna, tiñendo de dorado las piedras del castillo. Un aire cálido recorría los pasillos, como si la mismísima Luna hubiese acariciado con ternura cada rincón para recibir esa conversación que estaba a punto de florecer. Aitana estaba sentada en uno de los balcones interiores, el vestido blanco crema que usaba ese día caía con sencillez sobre sus piernas cruzadas. Llevaba el cabello suelto, con mechones que el viento acariciaba como si jugara con hilos de luz. A su lado, Daria sostenía una taza de té de hierbas que ella misma había preparado, con lavanda y manzanilla. El aroma flotaba en el aire como una caricia antigua. —Daria… —susurró Aitana, rompiendo el silencio—. ¿Tú crees que voy a poder ser una buena reina? La mujer levantó

