La ciudad de Rovek lo recibió con pompa, música ensayada y una avenida limpia que no representaba su esencia. Las fachadas relucían, los jardines parecían recién sembrados y los rostros de quienes lo saludaban desde balcones eran casi todos los mismos que asistían a las recepciones del poder. Todo estaba cuidadosamente preparado. Demasiado.
Kael Draven, Rey de un pueblo que apenas conocía con sus propios ojos, descendió del vehículo real acompañado por su Beta Elías. Detrás, varios asistentes abrían paso, lo escoltaban, lo rodeaban de atenciones pero él no los escuchaba.
Sentía un nudo en el estómago. Una molestia sorda, como si el aire que lo rodeaba no le perteneciera. Algo no estaba bien y no se trataba solo de la ciudad de Rovek.
Esa tarde, lo agasajaron con un banquete repleto de manjares. Platos exquisitos, copas rebosantes, flores cuidadosamente dispuestas y discursos que sonaban vacíos, repetidos, falsos. Dormitorios lujosos, cortinas gruesas, perfumes en el aire. El Rey fingió cortesía. Asintió en silencio pero por dentro, hervía de rabia.
Cuando cayó la noche, pidió a Elías que permaneciera en la habitación asignada, simulando que él dormía. Su Beta entendió de inmediato.
—¿Querés salir, verdad? —preguntó en voz baja.
—Sí. Necesito ver la ciudad pero no lo que me están mostrando el consejo
Elías asintió.
—¿Querés que te acompañe?
—No. Quedate aquí, custodiando la entrada que todos piensen que estoy durmiendo. Me llevaré a Emiliano. Esta noche… no es para descansar.
Kael se vistió con ropas sencillas: pantalones de tela gruesa, camisa oscura, un abrigo largo con capucha, bufanda y gorro. Emiliano, su segundo Gama, lo aguardaba ya preparado, con mirada alerta y pasos firmes. Nadie los reconocería.
Salieron por una puerta lateral y fue entonces cuando el Rey comenzó a ver lo que nadie le mostró.
A pocas cuadras del centro brillante, la ciudad se deshacía en polvo. Casas sin ventanas, techos agujereados, barro en las veredas, niños sin calzado revolviendo entre desperdicios. Kael no hablaba. Miraba. Observaba. Absorbía cada escena como una herida nueva.
Entraron en la periferia de esa ciudad majestuosa que le habían mostrado .Allí nadie lleva a un rey. Tres casas idénticas. Cerradas y sin ventanas. Pero con ruidos dentro. Música baja y risas forzadas.
—Bares clandestinos —murmuró Emiliano.
Kael asintió. Entraron a uno.
Dentro, los adolescentes servían copas. Chicas jóvenes, algunas con moretones en los brazos, otras con miradas apagadas. Chicos detrás de las barras, limpiando vasos sin fin y hombres mayores con sonrisas sucias.
—Esto está podrido —dijo Emiliano en voz baja.
Pero Kael levantó la mano en señal de silencio. Quería memorizar cada rincón, cada rostro, cada dirección.
—Anotá todo —susurró—. Vamos a volver con el ejército.
Salieron por la puerta trasera. Callados y tan tensos que las manos le temblaban. La rabia del Rey ya no era silenciosa estaba contenida. En su garganta ardía la voz que, por primera vez, quería gritar como un lobo.
En el camino de regreso, tomaron un atajo por un barrio aún más oculto las ventanas cerradas y sin vidrios. Puertas astilladas y casas con los techos hundidos.
Entonces Kael se detuvo en seco.
—¿Oís eso? —preguntó.
—¿Qué?
—Llanto.
Se acercó a una casa de madera raída. Miró por una ventana rota. Lo que vio, lo paralizó.
Diez niños. Dormían en el suelo. Tan flacos y pálidos. La mayoría eran niñas, con el cabello cortado al ras, tapados con frazadas viejas.
Kael retrocedió un paso. El dolor le apretó el pecho y la garganta.
—¿Qué es esto…? —murmuró—. ¿Este es mi reino?
Emiliano bajó la cabeza.
—Lo escondieron, Majestad. Lo ocultaron todo.
—¿Y si mi reina está viviendo así? ¿Y si ella…? —su voz se quebró un segundo. La rabia contenida empezó a hacerse humo detrás de los ojos.
—Vamos a cambiarlo —dijo Emiliano.
—Sí. Pero no de a poco quiero matarlos a cada sabandija que hizo esto con esta gente ,mi gente.
No más banquetes,no más papeles firmados.
La cabeza de cada uno de los que permitieron esto va a caer y yo voy a ser quien lo haga.
Esa noche, Kael no volvió al lugar de descanso , como un rey en visita diplomática. Volvió como un hombre despierto. Como un líder al que la Luna le había abierto los ojos a través del dolor de su compañera.—¿Será que mi Reina está pasando esto?
En el corazón del Rey . mientras se quitaba la bufanda al regresar, solo una frase resonaba:
“Gracias a ella, ahora lo veo.
Y no va a quedar uno solo de los traidores en pie.”
***
Catalina y Eugenia estaban sentadas una frente a otra, con las piernas cruzadas y la mirada perdida. En medio de ambas, acurrucada contra la puerta, estaba Aitana. La veían encorvada, con la cabeza hundida entre sus rodillas lastimadas por el castigo del día anterior, el cabello rojo recogido en una coleta desprolija, pero aún así rebelde. Cada nudo en esa melena parecía ser un grito, un recuerdo, una herida.
Eugenia la miraba con el corazón apretado. Tantas veces Aitana había sido quien dio el cuerpo por ellas. Tantas veces se arrodilló antes que nadie.
Tantas veces fue golpeada en su lugar, en silencio y lo que más miedo les daba no eran los golpes. Era que, tal vez, Aitana estuviera demasiado cansada para seguir. Que en el fondo deseara irse de este mundo y dejarlas.
—Tengo miedo —susurró Catalina, sin mover los labios—. Miedo de que un día… no se levante más.
—No puede hacerlo —murmuró Eugenia, sin dejar de mirar a su prima—. Lo juramos.
Y entonces recordaron. Aquella noche que nunca se borró de sus pieles ni de sus huesos.
Era la primera noche en Piedra Gris. Las recibieron con palizas en lugar de abrazos. Las arrastraron por los pasillos hasta una pequeña puerta detrás de la cocina. Al abrirla, no había una habitación. Era un armario convertido en una celda. El aire estaba cargado de cloro y humedad. Había un solo colchón, tan viejo y aplastado que ya no era colchón, sino un recuerdo de lo que alguna vez pudo haber sido.
—Aquí dormirán las extrañas —escupió Sor Constanza, antes de cerrarles la puerta en la cara.
Esa noche, acurrucadas, rotas, con los rostros marcados y el alma temblando, sellaron un pacto.
—Si alguna se va… —dijo Aitana con la voz apenas audible— nos vamos las tres. Juntas. Siempre juntas.
Ese juramento fue su escudo.
Su fuerza,la única certeza en un mundo que había decidido destruirlas.
Ese día Aitana seguía con la frente apoyada en la puerta. Su oído era especial.
Oía más de lo que nadie sabía. Desde niña lo había sentido. A veces escuchaba cosas que pasaban del otro lado del orfanato pero nadie sabía eso.
Ni siquiera sus primas.
Por fuera parecía débil,la más flaca y desprotegida pero por dentro había fuego aunque no lo supiera todavía.
Su cabello,tan enredado y descuidado, era su símbolo de resistencia. No recordaba cuándo fue la última vez que lo había lavado. Una vez intentaron rapárselo, pero cada vez que lo cortaban… volvía a crecer más fuerte. Más rojo. Más indomable. Por eso dejaron de cortárselo porque parecía que el cabello de Aitana era más terco que el miedo.
Ella creía que cada nudo era una promesa.
Que cuando salieran de ese lugar, cada enredo sería liberado con una lágrima de victoria.
Ese día no era uno más. Era el cumpleaños de Catalina ,18 años y estaban encerradas.
—Hoy me duele todo, Aitana —murmuró Catalina, desde un rincón—. Me duele la mandíbula… como si se me desencajara sola, los hombros y todos los huesos.
Hasta las uñas. Siento como si me estuviera rompiendo desde adentro. Como si mi piel no me alcanzara. Como si… no sé qué soy ,que me pasa.
Aitana levantó la vista, lentamente. Sabía que algo estaba cambiando. Que ellas no eran normales,lo había escuchado de Sor Constanza cuando las insultaba . Que algo crecía en silencio.
Algo que ni siquiera podían poner en palabras.
—Vamos a pensar que no estamos acá —dijo Aitana en voz baja—. Vamos a volver allá… ¿se acuerdan del campo de nuestros padres ?
—Sí… —suspiró Eugenia.
—Las ensaladas de frutas de la tía —siguió Aitana, cerrando los ojos—. Con uvas, frambuesas, melón… y esa crema fría, blanca, dulce y la torta de merengue que se derretía en la lengua…
—Y el jugo… —dijo Catalina, apenas sonriendo—. El que hacía mamá… no sé qué tenía, pero era dulce, espeso… como si bebieras felicidad.
—Y los asados de papá —agregó Eugenia—. Cuando todos salíamos corriendo a buscar pan para mojar en el jugo de la carne.
Las tres cerraron los ojos y dejaron que el recuerdo las envolviera.
En su mundo imaginario, estaban comiendo y riendo.
Abrazando a sus padres. Sintiendo las manos fuertes de sus tíos, las rondas bajo el cielo abierto, la música, el perfume a hierba y a leña encendida. Se llenaron la panza de comida imaginaria y el corazón de memorias verdaderas.
—Yo quiero volver a tomar ese jugo —susurró Aitana.
—Yo también —dijeron las otras dos.
Y aunque en realidad no comieron nada, sus estómagos dolían como si estuvieran llenos y no de hambre, sino de amor y de esperanza.
Entonces Aitana extendió sus manos. Eugenia la tomó de un lado. Catalina del otro. Se unieron en un círculo, apretadas, calladas.
Una fuerza invisible las envolvió. Era cálida, antigua y era única.
—¿Lo sienten? —preguntó Aitana.
—Sí —respondieron, casi al unísono.
—Como decía tu mamá, Aitana… —murmuró Eugenia— la unión hace la fuerza.
—Nos lo hizo prometer —dijo Aitana—. Que si algo pasaba… corriéramos juntas. Que nunca nos separáramos.
Y esa noche, en un orfanato oculto por la vergüenza de quienes callan, tres niñas sostuvieron su promesa con el corazón.
Y en lo alto, aunque las nubes cubrían el cielo, la Luna tembló ligeramente porque la Reina había empezado a recordar quién era aunque no tenía idea de lo que era en realidad todavía ,pero no estaría sola,sus primas eran su familia y su fuerza.
Mientras tanto el agua helada se deslizaba por las mejillas de Kael Draven. Se había inclinado sobre la pileta de piedra del baño y se mantenía allí, apoyado con ambas manos, mirando el fondo como si pudiera encontrar ahí las respuestas que su alma no dejaba de gritar.
El rostro empapado no lograba calmarle la furia. Ni las gotas que resbalaban por su cuello. Ni el silencio de la madrugada. Nada podía borrar la imagen de aquellos niños durmiendo sobre el suelo.
De las chicas forzadas a servir copas. Del hambre que vio en cada esquina mientras caminaba oculto.
Entonces la puerta se abrió sin golpear. Solo alguien como su Beta, su amigo de infancia, podía permitirse eso.
—Estás así desde que volviste —dijo con voz grave, cerrando la puerta tras él—. No dijiste una palabra. Pero no hace falta. Puedo ver lo que viste. No con los ojos, pero sí con el alma. La misma que nos crió juntos… la misma que te está rompiendo ahora.
Kael apretó la mandíbula. Aún miraba el agua estancada.
—Soy un idiota —murmuró al fin—. Un ciego, Elías. Un maldito ciego. Confié en ellos,en sus informes. En sus discursos. ¡Confié en sus benditas estadísticas! Y mientras yo firmaba papeles con tinta dorada, mi pueblo comía de la basura.
Elías se acercó despacio. Le puso una mano firme sobre el hombro. No como beta si no como hermano.
—Sos un rey pero también sos un hombre. Uno solo y el mundo no cambia desde un trono... se cambia desde adentro. Y eso… eso es lo que acabás de empezar a hacer.
Kael levantó la mirada. Sus ojos estaban rojos pero no de llanto, era la rabia contenida.
—Si no hubiera sido por ella… por mi reina… por esta necesidad de encontrarla… seguiría sin ver nada. Me despertó algo y ahora ya no puedo volver atrás.
—Y no vas a volver atrás —afirmó Elías—. Pero escuchame, Rey. Ahora no es momento de furia ,es el momento de la inteligencia.
Kael frunció el ceño.
—¿Qué me estás proponiendo?
Elías respiró hondo. Se apoyó en la pared, cruzando los brazos, mirando a su amigo como quien sabe que está por decir algo que lo va a doler… pero que es necesario.
—Seguimos la gira. Pero más rápido, más aguda,como si no hubiéramos visto nada. Como si nos estuviéramos comiendo la mentira que nos están sirviendo. Jugamos el juego… hasta que sea el momento de romper el tablero.
Kael lo miró, confuso.
—¿Querés que actúe?
—No. Quiero que observes , escuches,que anotes todo y que lo identifiques .Que lo hagas sin que se den cuenta porque los que están mostrándote un reino perfecto son los mismos que lo están pudriendo desde adentro. Sabes que te necesitan distraído,dormido pero vos ahora tenés los ojos más abiertos que nunca.
Kael cerró los puños. La sangre le ardía pero las palabras de Elías eran como un muro firme al que podía aferrarse.
—Quiero limpiar todo esto, hacer justicia. Quiero que cada traidor… cada infeliz que permitiera que eso sucediera en mi tierra… pague.
—Y va a pagar —dijo Elías, con la mirada tan intensa como la suya—. Pero no hoy. Hoy, tenemos que ser más inteligentes que ellos.
Hoy, tenemos que fingir ceguera, mientras vemos todo.
Hoy, sos un rey que sabe más de lo que ellos quieren que sepas y eso los hace vulnerables.
Kael apoyó ambas manos sobre el borde de la pileta, como si tomara impulso.
—Mis padres soñaron con un reino limpio y justo. Yo fui un necio al pensar que eso ya existía pero ahora sé lo que tengo que hacer.
Elías se acercó y le tocó el pecho con dos dedos.
—Y vas a hacerlo porque no estás solo.Nos tenés a Emiliano ,a mí.
A tus consejeros del Reino a Carlos y a Diego aunque Roger no confía en ellos.
Porque la Luna eligió a tu reina… y ella te está guiando, incluso desde lejos.
Kael asintió. La furia no se apago pero cambió de forma y se convirtió en estrategia.
—Organizá la partida. Mañana nos vamos temprano,ni banquetes, ni discursos.
Que digan lo que quieran,ya no me importa.
—Eso es lo que necesitaba escuchar —dijo Elías, con una sonrisa apenas marcada—. Ahora andá. Lavate la cara. Descansá dos horas porque el próximo que intente mentirte… va a tener delante al verdadero Rey del Reino de Draven.
Kael se miró al espejo.
Ya no era el mismo.