Lara conducía un buen utilitario muy despacio, paraba en el semáforo pensativa, miró la calle por donde tendría que girar para ir a su casa, el semáforo se puso verde, puso primera, arrancó y pasó de largo, llegó hasta la rotonda que limitaba el final de la ciudad, desde allí podía entrar en la autopista o en una carretera secundaria con poco tráfico que se dirigía a un pueblo vecino que no estaba muy lejos, esa fue la que escogió, una carretera oscura y solitaria, a los seis kilómetros vio las tenues luces de un local trasnochado y viejo, en la puerta varias motos estaban aparcadas una al lado de la otra. Paró el coche alejado de las motos, miró fijamente el edificio, luego se miró la cara y los ojos en el retrovisor interior, finalmente salió y cerró el coche. Al abrir la puerta y entra

