Al terminar la clase, ante la mirada del extraño, guardo mis apuntes y lapiceros debajo de mi mesa. Dejo todo limpio y ordenado, rápidamente me levanto de mi asiento y me inclino ante el profesor en manera de respeto.
—Gracias por las clases del día de hoy… Profesor.
Enderezo mi postura, me doy media vuelta y salgo a pasos apresurados del estudio, para después subir rápidamente a mi alcoba, arreglar mi cabello y por último salir corriendo de casa.
Desde el día de ayer papá tuvo que retomar sus largas horas de jornada y como es de saber, habrá noches en que no regrese a casa. Su profesión le quita muchas horas de pasar con nosotras en casa. Y mi madre, bueno ella esta atendiendo su negocio y por el momento no hay nadie que me vigile.
Le aviso a madre que iré a comprar unos listones para mi largo cabello castaño y ella solo dice un si rápidamente, para después concentrarse de nuevo en la conversación con su clienta.
Con emoción, comienzo a caminar por las calles frecuentes de Oxford. Recuerdo el camino, gravado en mi cabeza, que lleva hacia mi escondite favorito. A dos cuadras más me encuentro con el puesto ambulante de la señora Pixon, con mi índice señalo la mesa repleta de frutas frescas, que en ocasiones de regreso a casa suelo comprar algunas frutas.
La mujer me reconoce y me saluda. Con respeto, le devuelvo el saludo, le sonrió y agito mi mano para seguir caminando a mi destino. No detengo los pasos y continuo. Más adelante me encuentro con el otro objeto que reconozco.
—Ahí está —señalo el anunció que lleva tiempo ahí desde que lo descubrí. Muestra a la familia real, nuestros gobernadores.
Continuo y más adelante me encuentro el establo del señor Yong, paso sonriente por su lado, al verme me sonríe y yo le devuelvo el saludo. El señor Yong siempre suele saludarme cada vez que pasó por su propiedad, a veces solemos comprarles algunas verduras que suele cosechar.
Poco a poco comienzo a visualizar el gran campo abandonado repleto de arboles y que sé, que al fondo se encuentra la cabaña. Dejando de lado la urbanización, me meto entre los arboles y corro con euforia. Algunas ramas se me atraviesan, pero con las manos las quito, mi vestido se atora con los troncos, pero aun así continúo corriendo hasta llegar a mi destino.
Un ligero rasguño rasga mi vestido al pasar por una rama de un frondoso árbol, pero no le prestó atención, tengo muchos más vestidos guardados en mi guardarropa.
Mis pies se detienen al mirar mi lugar favorito. Una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro y la adrenalina se apodera de mí. A pasos cortos me acerco a la cabaña.
Enfrente de mi escondite me tomo un momento para admirar la hermosa estructura que he decorado con mi propio esfuerzo.
Como decoración, en el techo cuelgan varias botellas de vidrio de diferentes colores; me fascino la idea al descubrir que los rayos del sol golpean fuertemente en el material de vidrio y hacen destellos de colores; quería algo brilloso como decoración, así que, cuando lleve una botella esta desato varios destellos de luz arcoíris, me fascino y con disimulo comencé a coleccionar varias botellas a escondidas de mis padres. Al poco tiempo de descubrir la cabaña y la hice mía, comencé a decorarla con materiales de sobra.
Con orgullo, miro la hermosa decoración que cree, algo a mi gusto, mi estilo; sin que mis padres me digan que no esta bien.
Debajo de la alfombra que traje de casa, el día que mamá se deshizo de ella, a escondides me la traje y la usé de decoración; y aquí es donde está la llave. Con cuidado la levanto y entre la grande hierva encuentro la llave. Después la inserto y el seguro se desbloquea.
Al entrar el olor a madera invade mis fosas nasales y me hace sentir la tranquilidad.
—Me encanta.
Con la mirada reviso que el lugar este como lo dejé la última vez que vine. Al confirmar que todo este en su lugar busco en el estante el libro que deje a mitad de leer. Tomo el libro y miro el título, Cumbres borrosas.
Contenta, lo llevo conmigo al viejo y limpio sillón. Me mejo caer en él, al momento de hacerlo el sillón rechina por lo viejo que está, pero para mi es cómodo.
Sin perder tiempo comienzo a leer.
Con el pasó de los minutos me pierdo en lo increíble historia y doy por determinado que es uno de mis libros favoritos.
Dejo de mirar por un corto tiempo el texto y me enfoco el las botellas que cuelgan del tejado. Su brillo a disminuido y eso quiere decir que el sol estar por ocultarse y yo debo regresar a casa antes de que mi madre se de cuenta que he tardado más tiempo de lo normal.
El tiempo se pasa muy rápido cuando leo.
Con tristeza cierro el libro, me levanto y lo dejo en su lugar, para después venir en unos días y retomar la lectura.
A prisa, salgo del bosque y en cuestión de unos cortos minutos me encuentro en las calles de regreso a casa. Visualizo mi casa a dos cuadras más, pero antes de cruzar la avenida para llegar, me encuentro con Isabella, una amiga de mi antigua escuela.
Ella tan amable y tierna como siempre, me saluda.
No pierdo nada con quedarme un par de minutos hablar con ella, ya estoy a pocos metros de casa.
— ¿Cómo te va Winter?
—Bien... y tú. ¿Cómo van tus estudios ahora que no tenemos escuela? —sus labios se fruncen ante mi pregunta.
Un carruaje pasa por detrás de mi asiendo ruido por el golpeteo de las patas de los caballos con el camino. Pasan rápidamente y el sonido se aleja de nosotros dejando solo un ligero ruido de las personas platicar entre sí.
—Como no encontramos otra escuela, mis padres decidieron mudarnos de país.
Me entristezco un poco por la noticia que acaba de decir.
— ¿A dónde se irán? —no dudo en preguntar.
—A Francia. Debo continuar con la profesión… ¿Y tú? Por lo que sé, tus padres son un poco más exigentes y me es raro verte sin estudiar por varios días.
Isabella es la única chica que sabe a profundidad el como son mis padres. La joven chica de piel pálida y labios rosado es amiga de la familia y en ocasiones sus padres y ella van a casa a cenar.
El sol poco a poco comienza a esconderse llevándose con él la luz.
—Tienes razón —sonrió con ironía —Mis padres son exigentes y es por ello que contrataron a un profesor privado exclusivamente para mí —frunzo los labios al recordar al extraño.
La joven de largos risos se impresiona por mis palabras.
— ¿Quién es? —dice, intrigada.
—Es el profesionista Gareth Rouxel Meyer —hago una mueca de desagrado al recordar lo serio que es —Vino desde muy lejos para darme clases privadas.
— ¡Oh dios! Lo conozco —se emociona mi compañera —. He oído hablar de él. Dicen que es uno de los mejores en medicina y otras ciencias. A su corta vida es muy reconocido.
Parece que todo lo conoce, menos yo.
— ¿Enserio? —ahora yo soy la que se sorprende.
—Si, mi padre a hablado de él con sus colegas. Dicen que a participado en varias investigaciones sobre la medicina. Es por ello que tiene muchos reconocimientos... Es excelente.
Me asombro por la información dado por la castaña.
—Eres bendecida por tener un profesor como él.
Le muestro una sonrisa falsa. Aunque tenga el mejor profesor del mundo, la medicina no es de mi agrado.
—Me tengo que ir Winter. Mis padres me deben estar esperando para empacar mis partencias.
Asiento y enseguida la abrazo a manera de despedida.
—Cuídate, Isabella.
—Lo haré. Espero vernos cuando regrese.
—Estaré aquí.
Ambas sonreímos y ella se pierde entre las calles polvosas de la ciudad. Reacciono y me encamino con gran velocidad a casa.
Al llegar, noto que aun mi madre aun continua en su negocio. Subo a mi habitación y rápidamente me quito el vestido y lo remplazo por un cómodo camisón.
Sin nada que hacer hasta que mi madre me llame para cenar, voy al estudio, en donde hace un par de horas tome clases.
«Por menos leeré un libro de ciencia o medicina. No hay otra cosa que leer aquí en casa.» Como quisiera tener el libro que leía en la cabaña y seguir hasta terminar la lectura.
Mis padres me tienen prohibido leer otro tipo de libros que no sea ciencia, medicina o matemática. Según ellos, no me benefician en nada.
A pasos lentos recorro el estudio en busca de algún titulo que capte mi atención.
Curiosa, me acerco al escritorio del extraño. Visualizo tres libros sobre la mesa y sin importarme los tomo. El primero es de medicina, el segundo es sobre la física y el tercero es… ¿Una novela?
Impaciente, agarro el último libro y lo observo. A simple vista, lo que me llama mi atención es la imagen. La imagen de una manzana en llamas, que deja mucho a mi imaginación. La curiosidad me gana, decido abrirlo.
Al encontrarme con las amarillas páginas leo el tercer texto escrito.
—Según la filosofía de Dante. La lujuria es un amor descarriado, pero no deja de ser amor. Por esta razón, lo considera el menos malo de los siete pecados capitales y coloca el circulo de la lujuria justo debajo del Limbo. La lujuria es uno de los placeres terrenales… El infierno de Gabriel.
Quedo paralizada con leer el pequeño párrafo.
Con miedo, dejo caer el libro al suelo haciendo un estruendo en la habitación.
No tenía idea que el extraño Rouxel lea este tipo de lecturas. Me petrifico ante el tema mencionado… La lujuria.
Rápidamente levanto el libro y lo cierro. Decido llevármelo, no porque me interese leerlo, no. Si mis padres ven este libro en casa se arma una guerra contra mí.
Rápidamente lo escondo y antes de que llegue mi madre corro hacia mi alcoba. Lo escondo debajo de mi colchón y me subo rápidamente a la cama al escuchar la voz de madre llamarme.
—Winter, baja a cenar.
—Voy en un momento.
Abro el libro de medicina por si pregunta mi madre qué hacía. Me tranquilizo y respiro hondo antes de salir.
El texto del libro me desconcertó y aun no salgo del trauma que me dejo. Leí algo que no debí hacer.
El día de mañana le entregaré el libro, no debe estar en mi casa…además, tengo algo importante que preguntarle.