Como todas las mañanas, los estrepitosos gritos de mi madre me despiertan. Antes de que Margaret eleve más su tono de voz, me levanto y a pasos rápidos me adentro al baño. Al termina de ducharme voy directamente a mi guardarropa, observo todos los vestidos y entro en debate de cuál es el indicado para vestir el día de hoy. De todos los colores que tengo decido por un de color coral. El escote tiene pequeñas rosas del mismo color, la falda es larga y con tul transparente y brilloso. Después paso a mi tocador y arreglo mi largo y castaño cabello. Terminado bajo a desayunar.
En el comedor me encuentro a mi madre, esta vez comeremos las dos solas, papá no regreso a noche, signos de que hay mucho trabajo en el hospital.
En silencio comemos y al terminar de beber el ultimo sorbo de jugo mi madre comienza a hablar.
—Winter, hoy saldré a comprar algunas telas que necesito para unos nuevos vestidos. Me llevaré a Mary.
Al escuchar la voz de mi madre por dentro me entusiasmo. Eso quiere decir que me quedaré sola en casa, perfecto. Tengo tiempo para ir buscar libros y llevarlos a la cabaña.
—Si, madre —digo contenta. Estoy fascinada con su ida.
—Confió en ti hija, pero, aun así, no salgas de casa… Haré las compras lo más rápido posible.
—Confía en mi mamá. No saldré de casa. Después de clases me quedaré aquí en casa, sola.
—Bien. Prepararé mis cosas para el viaje.
—Te ayudo —propongo.
—No —rápidamente se niega—. Tú tienes clases en unos minutos. Sube a lavarte los dientes que en diez minutos llega el joven Rouxel.
Con solo escuchar su nombre de inmediato recuerdo el libro que encontré en su oficina.
—Tienes razón, subiré a arreglarme.
Mary se encarga de levantar la loza sucia. Madre y yo subimos a la segunda planta, pero nos separamos en el pasillo, cada quien se va a su alcoba. Me adentro al baño y hago mi rutina diaria cada vez que termino de ingerir alimentos.
Después de tres minutos salgo del baño al escuchar la voz de Mary anunciando la llegada del profesor Rouxel, quien está esperándome en el estudio. Escondo de nuevo el libro debajo de mi colchón, bajo rápidamente las escaleras y me encuentro con mamá y Mary, ambas están listas para emprender su viaje.
—Winter, cuida la casa. No tardaremos —avisa, madre.
—Tranquila madre. No saldré, estaré aquí —miento.
—Bien.
Sus rechonchos labios besan mi frente y después junto a Mary salen de casa.
Al despedirme de mi madre recuerdo al extraño Rouxel y a prisa, voy hacia el estudio. Golpeo la puerta con mis nudillos por educación a la espera de su autorización para entrar, enseguida escucho su profunda voz dándome el acceso.
—Lamento la demora —me disculpo, tarde mucho en despedirme de mi madre. Cinco minutos tarde.
Suelto las palabras junto a una pequeña inclinación.
—Llega tarde, señorita Jerim.
—Estaba despidiendo a mi madre —me justifico.
—Esa no es excusa para llegar tarde.
—Pero…—no permite terminar.
—Tome asiento en su respectivo lugar. Comenzare con la clase —dice ignorando mis palabras, se da la vuelta y se dirige a la pizarra.
«Viejo amargado», pienso con molestia sin hacer algún gesto que me delate.
El defecto del extraño es su seriedad, si fuera un poco más amable sería el hombre perfecto que las doncellas desean. Un poco de alegría no le vendría mal a su aburrida vida.
Dejando de lado su mala actitud, abro el libro y me enfoco en las palabras que salen de su boca. Después de medicina pasamos a matemática y pierdo la cabeza haciendo operaciones. Levanto mi mano dos, tres, cinco veces para preguntar. Él sin problema alguno me explica, y por última vez levanto mi mano.
—El numero no coincide con mi comprobación y ya la he realizado muchas veces.
—Revisaré.
Deja de mirar el libro en sus manos y camina hacia mi lugar. Su aroma a hiervas invade mi ambiente dejándome deleitar su masculinidad. Se posa detrás de mí y se inclina hacia el frente sobresaliendo su cabeza por encima de mi hombro.
En ese momento, al instante dejo de respirar al sentir esa gran masa muscular muy cerca de mí. Nunca un hombre se me ha acercado tanto, el único ha sido mi padre, pero solo para abrazarme o besar mi frente y eso ocurre en raras ocasiones. El inhalar su frescura masculina me pone nerviosa y me intimida que las manos me comienzan a sudar. Bajo mi escritorio entrelazo los dedos de los nervios.
El tiempo se detiene, pasa muy lento y ni siquiera puedo moverme. No sé qué hacer.
Después de unos sofocantes y largos segundos, repentinamente extiende su brazo y con su largo dedo índice me indica el error. Sin poder evitarlo, volteo los ojos hacia mi derecha y observo su largo y grande brazo.
—Los resultados no coinciden porque el punto lo pusiste antes —al terminar de decir sus palabras salgo del trance y me enfoco en los números.
Miro hacia donde su dedo me indica y confirmo lo que dice. «Por un punto no salió bien la operación», me doy un golpe mental.
Espero a que se me quite de encima, pasan segundos y no lo hace. Comienzo a ponerme más nerviosa de los normal. Aunque ya me explico el error no se mueve, al contrario, agarra mi lápiz y él mismo comienza a modificar los números.
Sin dejar de mirar mis apuntes, me impresiono por la velocidad en que corrige la operación.
—Ya coinciden.
Su aroma a hiervas se dispersa en el ambiente haciéndose tenue en el aire que comienza a sofocarme, tengo miedo que me escuche respirar, hay un gran silencio a nuestro alrededor. Con lentitud y cuidado respiro para no quedarme sin aire.
—Es todo por el día de hoy, señorita Jerim. El día de mañana comenzaremos la clase con filosofía y requiero que comience a leer el libro “La historia de la filosofía” de Frederick Copleston. Por lo menos debe de leer cinco capítulos. Le realizaré preguntas respecto al tema.
—Si, profesor —unas ligeras e inaudibles palabras salen de mi boca.
Rápidamente guardo mis materiales para salir corriendo del estudio, estoy muy perturbada, pero el profesor Rouxel me gana y antes de que se marche debo regresarle el libro.
Me armo de valor, olvido la incomoda cercanía que tuvimos hace unos minutos y le llamo.
— ¡Profesor!
Él alto hombre se detiene ante mi llamado, se da la vuelta y fija esa mirada oscura sobre mi pequeño ser.
— ¿Qué se le ofrece señorita Jerim?
De nuevo su mirada me intimida, pero no lo hago notar. Respiro profundamente y le explico.
—Necesito entregarle algo.
Por primera vez veo la piel de su rostro arrugarse por los gestos. La confusión es notable después mis palabras.
—Espere unos minutos, no tardo.
Salgo corriendo del estudio, paso por la sala principal, subo las escaleras y al llegar a mi alcoba me detengo e inhalo el aire necesario para mis pulmones.
«¡Dios mío, me agite mucho!»
Estabilizo mi ritmo cardiaco y busco el libro, lo saco de mi cama y al tenerlo en mis manos recuerdo el texto lujurioso. Como si tuviera el pecado en mis manos lo llevo con repudio.
Al llegar al estudio, cierro la puerta detrás de mí y me acero al intimidante hombre a pasos lentos y cortos.
—El día de ayer viene a buscar unas cosas que deje —miento —. Y encontré esto sobre su escritorio.
Le extiendo el libro. Sin ningún gesto que lo delate, acepta el libro. Me pregunto, ¿ya lo leyó o no le importa que lo haya encontrado?
—Reviso mis cosas.
No es pregunta, es afirmación y me desconcierta su afirmación.
— ¿¡Qué!? No —rápidamente lo niego.
—Señorita Winter, usted reviso mis cosas personales sin mi consentimiento.
—No… yo, no…—sí le confirmo que así fue cómo pasó se molestará más de lo que sus gestos demuestran —. No, el libro estaba sobre el escritorio y leí el texto y yo…Usted tiene noción que si mis padres ven esto en casa me mete en problemas —cambio el tema.
Su molestia se va y es remplazado por la curiosidad.
— ¿Por qué?
—Porque es un libro del pecado —digo con molestia y sin poder evitarlo cruzo los brazos.
— ¿Cómo sabe eso?
Su pregunta me deja sin palabras.
—No lo leí —lo niego rápidamente.
— ¿Cómo sabe usted que habla del pecado si usted no lo ha leído?
No sé como explicarme, no sé qué decirle. Me ha atrapado.
—No se asuste señorita Jerim. No es un libro del pecado, es solo un libro —dice al notar mi mentira.
—No es un libro cualquiera.
Me tapo la boca con las manos al cometer otro error.
—Parece que usted es muy curiosa.
Me siento atrapada, como si mis padres me hubieran descubierto.
— ¿Me dice qué fue lo que leyó?
Me avergüenzo al recordar las palabras, el rubor es notable en mi cara, siento las mejillas calientes. De la vergüenza miro a otro lado para no verlo.
—No puedo decirlo.
— ¿Por qué no?
—En esta casa se tiene prohibido hablar sobre esos temas vulgares —explico.
—Para mí, este libro —levanta el libro frente a mis ojos — no es pecado.
—Lo es. Habla sobre la lujuria. Y la lujuria es uno de los siete pecados capitales.
Una pequeña sonrisa se forma en su rostro antes mis palabras. Sin poder evitarlo, con detalle observo sus aperlados dientes.
— ¿Usted ha probado la lujuria para decir que es un pecado?
¿Por qué pregunta eso?
Su pregunta me avergüenza más de lo que ya estoy.
Trato de esquivar su seria mirada, pero no puedo, sus ojos me llaman, me atraen.
—No.
—Bueno, entonces no opine nada si no sabe.
No puedo creer que este hombre me haya dejado sin palabras.
—Le pediré que deje de revisar mis cosas personales —la seriedad se mezcla con enfado.
—Yo no revise nada… Y, llévese ese libro, ya le he dicho que no puede estar en mi casa.
No dice nada y guarda el libro en su maletín de piel. Pasa por un lado de mi y se detiene, gira su rostro y de nuevo siento la penetrante mirada.
—Abra los ojos y la mente señorita Jerim.
Su aroma y presencia se esfuman de mi entorno al traspasar la puerta de madera.
Me quedo de pie pensando que Rouxel me dejo confundida, intimidada, nerviosa y apenada con el tema. Es la primera vez que me siento de esta manera, sin palabras.