1_El prodigio del zapato

4750 Words
Allá abajo en el valle hay un bosque encantado lleno de criaturas mágicas. Los hombres no entran allí porque piensan que es peligroso. En realidad es bastante seguro. Sólo le temen a las lejanías, pues en éstas merodean muchos monstruos.             Éste que ves aquí es el Bosque de los Olmos Viejos, y es tan viejo como el más gruñón de los abuelos. Allí (en un espacio sin árboles en el interior) yace Hojalarga, el Reino Gervasín, hogar de los señores gervasillos, una ciudad sobre el Río Worms, muy cerca de una cascada de aguas tan azules como el cielo. Es un lugar próspero, lleno de gente pequeña que no ha perdido la costumbre de darse los buenos días. En sus mercados abunda el jolgorio, donde los Caminos de Piedra, que van más allá de Olmotriste, reciben las caravanas de gnomos que venden cecina y licor de miel. Los vecinos intercambian chismes, los ancianos juegan naipes fuera de sus casas, y en los senderos floreados, los niños se divierten con sus cometas.             El aroma a pan recién horneado perfuma las calles desde la mañana. Muchos salen a barrer el pórtico mientras chismorrean con los viajeros. Los granjeros, en sus carretas destartaladas, traen numerosos tambos lecheros, ruedas de queso amarillo y tarros con mantequilla fresca. Los gnomos venden viandas al carnicero, sólo las mejores para su parrillada, y el cartero corre con urgencia cuando el reloj de la torre anuncia las nueve.             El viento allí también es amable: refresca a los leñadores que duermen a la sombra de los árboles luego de una larga jornada. En el hospital los médicos sanan dolores de barriga, y en las calles los comisarios ejercen la ley comiendo pastelillos. Las tabernas, hinchadas de música, sirven deliciosas recetas de faisán asado, ternera salteada y trucha a la mantequilla. Afuera, el abogado compra girasoles a la florista; los bomberos apagan el fuego del gorro del chef; y el peluquero trasquila a su cliente.             Como ves, todo en Hojalarga es bueno. Y si hay alguien a quien agradecerle dicha prosperidad, este sería el alcalde Wilfredo Pepperndli, quien trabaja esta tarde de marzo en el Ramadal, su oficina. ¡Y qué oficina! Si te fijas bien, los muros están revestidos con un papel tapiz precioso —y si te acercas más, verás diminutas bellotas dibujadas de arriba abajo—, donde cuelgan retratos de viejos parientes malhumorados. Hay una enorme biblioteca al fondo con libros antiguos que duermen bajo una costra de polvo plateado, volándoles encima polillas doradas que se transparentan con la luz del sol. El gran ventanal ilumina la estancia adornada con muebles anticuados, puestos sobre una hermosísima alfombra en cuya superficie hay numerosos pergaminos en desorden.             Wilfredo, con sus enormes gafas de botella, revisa con detenimiento los asuntos importantes de la ciudad. Lee contratos, sella documentos y, durante el ajetreo, sin querer observa su fotografía, cuando era un alcalde con más cabello. Su espalda le duele un poco; hace días que no duerme bien. Creo que ya ha olvidado que no es tan joven, y eso es terrible para alguien que siempre está trabajando.             Deja su pluma en el tintero, mira por la ventana el silencioso río, y gracias al reflejo de la mañana, nota con desánimo su calvicie, su barba grisácea, sus ojeras abultadas, sus mejillas saltonas, su nariz puntiaguda y torpe. Ajusta tristemente el nudo de su corbata y suspira con el reloj sonando en la pared tic-tac, tic-tac, tic-tac. Recuerda con nostalgia cuando el tiempo solía alcanzarle (Wilfredo era un gervasín muy puntual), sin embargo estos últimos días se ha retrasado a todas sus reuniones; se distrae fácilmente con cualquier recuerdo de su juventud. Ya no hace justicia a su apodo: Wilfredo “Siempreatiempo” Pepperndli. Quizá, después de todo, tantos años en verdad lo han hecho... viejo.             De pronto las puertas de su oficina se abren de par en par. Wilfredo se escandaliza y pega un brinco detrás de su escritorio.             —¡Señor alcalde! ¡Señor alcalde! —grita su asistente Cabeza de Nabo, que ya no parece un nabo sino un tomate.              —¿Qué sucede, muchacho? —Wilfredo se acerca con preocupación una vez que se repone del susto.             —¡Su esposa...! —Jadea Cabeza de Nabo, aflojando los botones de su camisa y abanicándose con una mano—. ¡Es urgente!             —¡Tranquilo, muchacho! —Wilfredo coge su hombro y le mira con intranquilidad—. ¿Qué sucede con mi esposa?             —¡Señor, ella...! —Cabeza de Nabo continúa jadeando, apoyando ambas manos sobre sus temblorosas rodillas—. ¡Es urgente!             —¡Por todos los cielos! Tranquilícese. —Wilfredo mueve las manos con impaciencia.             Cabeza de Nabo está tan exhausto que apenas si le oye. Toma una gran bocanada de aire y suelta un chillido bastante embarazoso. Wilfredo, temiendo que pueda desfallecer, le ofrece una taza de almendrón para apaciguarlo un poco.             —Vamos, respira. —Le da unas palmaditas en su espalda para tranquilizarlo—. Bebe un poco de almendrón. Está fresco. Mi secretaria lo preparó hace poco.             Cabeza de Nabo intenta coger la taza. Está temblando tanto que el alcalde sujeta su mano con firmeza, cerrándole los dedos con dificultad. Al final el gervasín consigue beber un poco. La almendra está deliciosa. ¡Tan deliciosa que casi olvida el mensaje!             —Ahora, dime qué noticia urge tanto. —Wilfredo esboza una paciente sonrisa con la esperanza de acabar con todo esto.             Cabeza de Nabo, cayendo en cuenta de que casi olvida lo que vino a decir, empina la taza, y lo hace tan rápido que por poco se ahoga. Le dice en medio de unos ruidosos tosidos: —¡Señor (tosido) su hijo (tosido, tosido), su hijo ya nació!             El alcalde, boquiabierto, deja caer la tetera. Siente un vigor que recorre todo su cuerpo, una especie de energía que lo hace sentir muchacho. Su celebración es tan escandalosa que los contadores en el Ramadal olvidan la cuenta y tienen que empezar de nuevo. Pega un brinco al escritorio y comienza a bailar, derribando todo cuanto hay encima. Pergaminos, lacre, plumas, tinteros, ¡todo sale volando hasta caer y desparramarse en la alfombra! Después busca en el armario un hermoso moisés de mimbre; coge unos puros de chocolate que había comprado días antes en el Herbazal. Le zampa uno en la boca a Cabeza de Nabo y, sin más dilaciones, corre de prisa por el pasillo, cantando viejas canciones de victoria. Al ver al recadero, le arrebata el cochecito del correo y se desliza sin cuidado por el corredor, obligando a la multitud escandalizada a hacerse a un lado mientras baja los escalones, seguido por una lluvia de papeles que flotan en el aire. Por fin —y luego de dar apretones de mano sin que nadie supiera por qué— sale disparado del edificio, empujando el cochecito de correos hasta Troncón Rugoso, y diciendo que el día es especialmente bueno para ser padre,             En el camino, mientras adorna su barba con florecillas que había arrancado de los jardines vecinos, Wilfredo llega a la torre del reloj y se detiene en seco. ¡Pero si son más de las once! Ya perdió mucho tiempo. Toma una atajo entre los setos que dividen el vecindario, y sin querer aplasta una que otra hortaliza con las ruedas del cochecito del correo. Los gervasillos de la aldea, que hace rato se asoman desde las ventanas de sus casas-tronco, creen que el alcalde perdió la razón. «¡Pobrecillo!», se dicen entre ellos. «Era de esperarse que tanto trabajo le atrofiara el cerebro». Lo que ellos no saben es que el día es especialmente bueno para ser padre.             Al doblar la esquina de un vallado, Wilfredo se estrella con una anciana que cojea. Y reanudando el impulso (pues poco le importa haberla tumbado), le dice:             —¡Agite sus pies, abuela! Bueno, sólo agite uno. Veo que el otro es de madera. Vaya a los Cinco Rincones y dé la noticia. —Wilfredo, en un acto de locura, le arrebata la peluca a la abuela, poniéndosela sobre su cabeza calva—: Que todo Hojalarga se reúna en Troncón Rugoso.             —¡¿Qué pasa?! —La anciana agita el bastón y gruñe desorientada—. ¡¿Ya vienen los ogros?!             —¡Ningún ogro, abuela! —La voz de Wilfredo se hace cada vez más chiquita—. ¡Es mi hijo que viene en camino!             La anciana, sin percatarse que le falta su peluca, se sube aprisa el vestido con todo y sus cinco enaguas, y corre por las calles anunciando sin dentadura: —¡Vamos a Troncón Rugoso! ¡Vamos todos al Altozano! ¡El alcalde es papá de nuevo!             Los gervasillos chismosos, al oír la noticia, se entusiasman tanto que los que están barriendo tiran sus escobas, los que están estudiando tiran sus libros y los que están comiendo tiran… Bueno, esos no tiran nada. Dejan el plato limpio. Pero una vez que tienen el estómago lleno, corren a comprar obsequios para el bebé. Gastan mucho dinero en galletas, pasteles y chocolates; sonajas, baberos y chupones. Luego salen a la avenida armando un alboroto rebosante de carcajadas y chiflidos y tarros con cerveza chorreándose.             Wilfredo detiene el cochecito del correo frente al colegio de la aldea. Irrumpe en el aula de su hijo mayor Wilton, aún con la peluca encima, y pronunciando unas cuantas palabras como hermanito, nació, casa, los alumnos desatienden la lección de álgebra y provocan un desorden a lo largo de los pupitres, lanzándole aviones de papel que chocan en su enmarañada peluca. La profesora pide orden, pero nadie obedece. Wilton, aprovechando el escándalo, alcanza a su papá y se sube a sus hombros. Lo abraza con tanta fuerza que casi deshace su peinado. Dejan el aula juntos mientras la diversión pasa a los corredores, y los alumnos vueltos locos se levantan a rayar las pizarras; a golpear con sus reglas los casilleros; a atar a la profesora a su pupitre.             Lejos de ese griterío, después de cien pasos al este, veinte al norte y diez al fondo, Wilfredo y Wilton miran Troncón Rugoso. ¡Si pudieras ver ese lugar! Tallado en lo profundo de un olmo tan grande que tú y yo cabríamos sin problema. En sus balcones zigzagueantes hay numerosas macetas con hortensias que dan la bienvenida a las abejas en verano. Su puerta, de roble macizo, tiene un picaporte de cristal reluciente que los rayos del sol alumbran con intensidad. Pasando la primera estancia embellecida con un candelabro de techo rústico y un piso enlosado y relumbrante, hay un salón espacioso, lleno de muebles antiquísimos, con estatuas de animales esculpidas en alabastro. También hay rincones con percheros atiborrados de abrigos, bufandas y sombreros; baúles con baratijas, reliquias y trastos; escritorios con pergaminos, mapas y libros. Le siguen corredores, muchos corredores con pequeñas ventanas que miran al jardín, donde arroyos diminutos rompen la delgadez de la tierra. Sobre las paredes tapizadas cuelgan cuadros de antiguos héroes y retratos de viejas abuelas con la mirada poco amigable. En el suelo se extiende una alfombra de terciopelo rojo que lleva a dos largas escaleras que se conectan en un balcón interior; y allá arriba, más de cincuenta puertas se abren con dormitorios, bibliotecas, pasadizos, cuartos de baño, oficinas, comedores y guardarropas.             Wilfredo y Wilton entran despacio al vestíbulo. El silencio de la mansión le da un aspecto lúgubre a las cosas.   —¡Wilmi! ¡Wilmi! —Grita el gervasín, prolongándose su eco hasta estancarse en los rincones más empolvados de la mansión—. ¡Ya llegué, mi amor! ¿Dónde está el bebé?             Al no haber respuesta, Wilton baja lentamente de los hombros de su papá, ayudándole con el moisés de mimbre que tiene bajo el brazo. Siente un miedo repentino cuando mira el retrato de su tatarabuelo Wolfen Pepperndli (cuyo rostro pálido y enjuto es igual al de un fantasma) y se oculta detrás de su padre a la brevedad. Ambos continúan con cuidado hasta las escaleras, donde en lo alto un reloj de péndulo señala el tiempo: tic-tac, tic-tac, tic-tac. De pronto una puerta se abre al final de las escaleras y una multitud de sirvientas los alcanzan en una enjundia espantosa. Todas gritan enojadas.             —¡Señoritas! ¡Señoritas! —suplica Wilfredo, hallando el escándalo abrumador—. ¡Deténganse! No puedo entender lo que dicen si hablan todas a la vez.              —Ya era hora de que llegara. —Le reclama una de ellas en el tono más grosero posible.             —¡Es un irresponsable! —exclaman furiosas dos de ellas mientras sus voces chillonas inician un tumulto que retumba en toda la mansión.             —Señoritas, por favor. —El alcalde levanta las manos y trata de tranquilizarlas—. El Ramadal está más allá del Altozano y mis pies no son tan rápidos como antes. Además, no podía faltar Wilton —Señala a su hijo detrás de él—. Si no les importa, llévenme con mi esposa ahora mismo.             —Qué excusa tan conveniente. —Le increpa una gervasín decrépita y jorobada, viendo con disgusto la peluca que lleva encima. Wilfredo se apura a quitársela—. Pero lamento decirle que la señora Wilmi no quiere ver a nadie. En especial a usted.             —¡Cómo de que no! —Wilfredo, bastante irritado, se lleva ambas manos a la cintura—. ¡Apártense, gervasillas entrometidas! Quiero mirar a mi hijo. ¿Acaso no ven que traigo un regalo para él? —Y Wilton levanta el moisés de mimbre, brillándole sus ojos enmielados con la más persuasiva inocencia.             —¡A otra ardilla con esa bellota! Hubiera sido puntual. —Se opone una sirvienta regordeta y malhumorada.             —Ya aclaré mi contratiempo. —Wilfredo se apresura a sonar tajante—. Háganse a un lado, por favor.             —¡No, señor! Deje en paz a su esposa. —Le cierra el paso una gervasín pecosa y chimuela—. Tal vez si no fuera tan olvidadizo ahora tendría al bebé en sus brazos.             —¡Pamplinas! —El alcalde se indigna cuando las palabras de la gervasín le recuerdan su vergonzosa vejez. Infla su pecho muy disgustado y comienza a abrirse paso a empujones. Pero las sirvientas abusivas responden con dolorosos pellizcos; chillan y jalan con tanta fuerza que casi lo hacen tropezar. ¡Quítense de en medio!, les grita varias veces, con una  gervasín montada en sus hombros mientras tira de sus orejas velludas. En eso, un llanto de bebé los congela a todos, el llanto de un bebé que tiene mucho sueño. Wilfredo aprovecha la conmoción (dejando caer a la gervasín de su espalda) y camina entre la multitud de sirvientas. Wilton, rendido por la curiosidad, se escabulle por debajo de las faldas de las gervasillas, causando que algunas peguen un débil alarido por la sorpresa.             Siguen una luz cálida que se desliza por el corredor, detrás de una puerta entreabierta, y llegan a una habitación donde escuchan el vago crepitar de la leña ardiendo en la chimenea. Es una alcoba muy agradable, tan grande y majestuosa como la oficina de Wilfredo bosque arriba. Está llena de fotografías familiares, utensilios de costura, reliquias valiosas que, se dice, fueron obsequiadas por los mismísimos elfos cuando vinieron a plantar los primeros árboles de Olmotriste. En el suelo, sobre una alfombra con liebres y golondrinas exquisitamente bordadas, hay pañales sucios, biberones vacíos, sonajas de madera con las que nadie quiso jugar. En los rincones hay varios juguetes de cuerda que van de aquí para allá, saltando y haciendo piruetas mortales sin entretener a nadie. Y en la cama, cubierta con sábanas esponjosas, está Wilmi con su pequeño bebé.             Wilfredo —con Wilton pisándole los talones— apenas puede contener la emoción al ver a su hijo recién nacido. Tiene cabello castaño y ondulado, piel tostada, unas mejillas cobrizas y con hoyuelos, y pies regordetes y juguetones. Sus ojos parecen dos bellotas bruñidas y su nariz un carnoso durazno.             —Mi amor, ¡es precioso! —Exclama el alcalde lleno de alegría, mirando a Wilmi con júbilo mientras pellizca suavemente la mejilla del bebé.             —¿Por qué llegas tan tarde? —Su esposa casi no puede hablar por el cansancio. Está desparramada sobre las almohadas, fastidiada por el llanto del bebé—. ¿Acaso olvidaste que tu hijo nacía hoy?             —Claro que no, mi amor. —Wilfredo luce bastante nervioso. Las sirvientas le sacan la lengua porque saben que sí lo olvidó—. Ya sabes cuán lejos está el Ramadal. Tomé algunos atajos, pero los mercados y calles eran una pesadilla. Te juro que tan pronto recibí la noticia corrí lo más rápido posible, pero...             —Olvídalo, Wilfredo. —Wilmi suspira decepcionada. No hay excusa que realmente la convenza—. Wilton, trae el moisés, por favor. Hace rato lo estoy esperando. Quiero que el bebé por fin duerma. No ha dejado de llorar ni un minuto.             Wilton deja ver el lujoso moisés de mimbre tejido por los mejores artesanos del reino, los cuales, bajo petición especial del mismísimo alcalde —y siguiendo las precisas instrucciones de su esposa, por supuesto— lo hicieron tan cómodo que haría dormir a los mismísimos búhos. Wilfredo, con sus enormes gafas de botella, sonríe emocionado, y junto con su esposa cobijan al bebé con una frazada de algodón, esperando que duerma por fin... Pero, para su mala suerte, éste no deja de llorar.             El alcalde traga saliva. Seguro que lo acomodaron mal y por eso no quiere dormir. Wilmi, arropándolo con más cuidado, le dice:             —Qué extraño. Este moisés se ve muy cómodo. No entiendo por qué no le gusta.             Wilfredo se encoge de hombros, sin ninguna explicación razonable que tranquilice a su esposa en ese momento. Afloja un poco su corbata y con la punta se limpia el sudor de la frente. Arropan nuevamente al bebé, esta vez con más delicadeza, pero el pequeño continúa llorando. Wilmi comienza a impacientarse.              —Los artesanos siguieron las indicaciones que te escribí, ¿verdad?             Wilfredo asiente nervioso. Todos saben que no hay nada peor que una mamá gervasín enojada.             —Seguro, mi amor. —Sonríe con intranquilidad—. Yo mismo se las señalé una por una—. Y se pica el pecho varias veces con el dedo índice.             Sin importar con cuánto cuidado lo arropen, el bebé no para de llorar. Las sirvientas, sin saber qué hacer, corren de un lado a otro como gallinas asustadas, chocando nerviosas entre ellas y llevando de un lado a otro sonajas y biberones. Wilton, desde un rincón de la alcoba, mira con preocupación cómo sus padres pierden la paciencia.                 De pronto alguien toca a la puerta. El reloj de péndulo se vuelve loco en la pared y Wilfredo se asoma confundido y adivina: ¡Los invitados! Si tan solo hubiera pensado en las consecuencias de su escándalo, habría recordado que los gervasillos jamás rechazan una invitación, incluso si no está dirigida a ellos personalmente. El alcalde sabe que no puede hacerlos esperar. Corre de un lado a otro jalándose la barba y los bigotes. Su mayordomo Jeremías, un gervasín presuntuoso y narigón que va camino a abrirles, escucha a Wilfredo gritar desde arriba: —¡Detente, Jeremías! Diles que no hay nadie en casa, que vuelvan mañana.             Jeremías asiente, moviendo su gelatinosa papada con solemnidad. Pero ni bien sale a dar el aviso, la aldea entera irrumpe con una aparatosa comitiva.             Wilfredo intenta detenerlos. Lamentablemente el alboroto había empezado siete olmos atrás, cuando la abuela con pata de palo convocó a la orquesta municipal y por una modesta propina rentó sus servicios el día entero. Las trompetas entran sonando, y con ellas las risas se extienden a lo largo de los corredores. Un gervasín con patillas enmarañadas exclama gustoso lo mucho que quieren ver al bebé. Al oírlo, la multitud vitorea, chocando sus tarros con cerveza y derramando espuma sobre sus chalecos. Y mientras discuten la apariencia del bebé —si tiene un solo ojo o pies abultados, o si su cabello es tieso o su nariz deforme—, el reloj de péndulo continúa en la pared con su tic-tac, tic-tac, tic-tac. Entonces el griterío sigue por doquier; la orquesta no cesa su ruidoso concierto de trompetas chirriantes y flautas desafinadas; y los invitados hablan, mastican, gritan, ríen, beben y aúllan sin parar.             —¡SI-LEN-CIO! —Wilfredo no soporta un minuto más el zigzagueo del reloj y la sorbería de cerveza y la arremolinada multitud gritando por toda la mansión. La chusma entera se queda callada. Los ojos de cientos de gervasillos lo miran desconcertados.             —Gracias. —Se disculpa Wilfredo, ajustándose la corbata que hace rato notó floja. Después carraspea un poco incómodo y continúa—: Agradezco a todos su presencia y sus magníficos obsequios, pero, lamento decirles que en este momento son inoportunos.             Hay una enorme conmoción en el rostro de todos los invitados.             —¿Por qué es eso, señor alcalde? ¿Alguien murió? —Se preocupa un gervasín larguirucho y se quita de inmediato el sombrero pensando lo peor. La orquesta, azorada por la confusión, toca entonces una pieza fúnebre.             —¡No! Nadie ha muerto. —Wilfredo detiene a los músicos con un ademán.             —Entonces, ¿cuál es el problema, señor alcalde? —pregunta otro gervasín barbudo y barrigón.             —La señora Wilmi no puede dormir al bebé —dice la sirvienta, asomándose la muy entrometida desde lo alto de las escaleras.             —Bueno, eso no será difícil. Pongámoslo en su moisés —sugiere Cabeza de Nabo con una sonrisa conciliadora—. Si bien recuerdo, usted le compró el más cómodo del reino, ¿verdad, señor alcalde?             Los gervasillos se animan al oír eso, reanudando los brindis y la cháchara sin sentido. Wilfredo se rasca la cabeza sin saber qué decir.             —Pues al bebé no le gustó el lujoso moisés del alcalde. —La sirvienta abre las fosas nasales y frunce los labios con desdén.             En el salón comienzan a oírse un montón de voces preocupadas.             —Pero no hay moisés mejor que ese, ¿o sí? —dice una gervasín pintarrajeada al fondo del pasillo.             Los invitados se miran unos a los otros y comienzan a susurrar mientras hacen suposiciones y reflexionan.             —Se me ocurre traer todos los moisés del reino —opina un gervasín bien trajeado en la estancia—. Seguro que en uno cae dormido.             La confusión continúa y muchos se encogen de hombros y no están convencidos con la propuesta.             —¿Y si ninguno le gusta? —suena angustiada una gervasín flacucha y temblorosa.             —¿Y qué si no deja de llorar aun cuando lo acostemos? —suponen unos gervasillos adolescentes en un rincón de la biblioteca mientras se pasan una pelota.             —¿Y qué tal si lo hace? —los contradicen al fondo unas gervasillas porristas.             —Bueno, ese no es nuestro problema, ¿cierto? —dicen unos gervasillos ancianos que emanan aros de humo con sus pipas alargadas.             —Claro que lo es —escupen unos gervasillos cuatreros que mascaban tabaco—. ¿A quién quieren engañar? Por lo menos es de todos.             —Hágannos un favor y no piensen por nosotros. —Se enojan varios gervasillos al pie de las escaleras.             Una acalorada discusión inicia entre los invitados, y lo que empezó como una celebración, ahora es un ruidoso pleito entre gervasillos entrometidos y egoístas. Wilfredo, desanimado porque el moisés resultó inservible, se sienta en su poltrona acolchada, escuchando enardecidos insultos y el imparable zigzagueo del reloj de péndulo: tic-tac, tic-tac, tic-tac. «Me equivoqué —suspira en voz baja, dejando caer unas gruesas lágrimas por sus mejillas peludas—.El día no es especialmente bueno para ser padre».             Cuando el griterío acaba por enfadarlo, se enjuga los ojos y pega un salto de la poltrona: —¡Basta!             Todos cierran la boca al instante. Jamás habían visto al alcalde tan molesto. Wilfredo se ajusta el chaleco con dureza y continúa diciendo:             —Regresen a sus casas, por favor. Lamento que perdieran su tiempo, pero como les dije antes, nos es un buen momento. Mi mujer y mi hijo necesitan descansar, y no podrán hacerlo si siguen con su escandalera.             Jeremías le entrega su bombín y Wilfredo se alista rápidamente para partir.             —Cabeza de Nabo, encárguese de despedir a los invitados. —Le dice con autoridad—. Cuento con usted para ver por mi familia en mi ausencia. Trataré de alcanzar la última caravana de gnomos. Espero tengan un moisés mejor. ¡Nos vemos!             El gervasín azota la puerta, y aunque nadie nota su desaliento del otro lado, están conmovidos con el silencio que se quedó después que la cerradura se atrancara. Entonces caen en cuenta del molesto zigzagueo del reloj de péndulo en la pared: tic-tac, tic-tac, tic-tac. Como si el tiempo hubiera recobrado fuerza ahora que se había extinguido toda esperanza.             Luego de varios tosidos y carraspeos escuchan una voz decrépita venir del comedor.             —Bueno. No se queden ahí parados —dice la abuela con pata de palo—. Vamos por todos los moisés del reino. ¡Ayudemos a nuestro alcalde!             —Está loca, anciana —refunfuña al fondo un gervasín banquero—. Si el bebé rechazó el que ya tiene, no habrá moisés en los Cinco Rincones que le guste. Ni más allá del Tejonal tendrían uno mejor.             —Eso no lo sabes —le contradice la anciana lamiéndose las encías—. Durante mis años, y vaya que han sido bastantes, he vivido bajo el gobierno de Wilfredo “Siempreatiempo” Pepperndli, y nunca, si mi memoria es correcta, llegó tarde cuando más lo necesité. ¡Y vaya que lo hemos necesitado todos! —Les dirige una mirada acusadora—. Pero ahora que él está en un aprieto, escucho excusas y más excusas. Debería darles vergüenza.             Los gervasillos están apenados; se miran unos a los otros sintiéndose culpables. La anciana agita su bastón nuevamente y exclama con sarcasmo:             —¡¿Siguen aquí?! ¡Vamos, vamos, vamos!             La multitud corre de un lado a otro como ratones de granero y choca entre ellos despavoridos. Pasan por encima y por debajo en una estampida de pies pequeños, apresurándose al mercado y a todo lugar que pueda tener el moisés más cómodo del reino. Incluso la anciana (con su nueva peluca mal acomodada) los persigue alentándolos a bastonazos. Se meten a casas, bazares, almacenes; a bodegas, tabernas, hoteles. Los más grandes traen varios moisés bajo sus brazos mientras que los más flacuchos los llevan en carretas. Algunos traen consigo hasta los cajones de la cocina y otros hasta la cama de sus suegras.             No muy lejos, Wilfredo alcanza a los gnomos y lo único que consigue comprar es un zapato de charol desgastado —hasta hoy los gnomos lo creen una ganga—, lo suficientemente grande como para que dentro quepa un bebé gervasín. ¡No imagino cómo eso puede resultar cómodo! Es un zapato muy feo, con manchas de barro, sin agujetas ni lustre y con un calcetín como sábana que tiene unas franjas naranjas y rosas.             Cuando Wilfredo regresa y abre con desanimo la puerta, sus ojos miran lo increíble: una chusma de gervasillos llevando moisés de madera, cajones de cocina, cestos de ropa, alhajeros de cristal, cajas de estambre, entre otros recipientes menos convencionales. Su hijo Wilton, lápiz en mano, lo va anotando todo mientras Cabeza de Nabo sirve a los invitados leche de almendra y galletas de girasol.             El alcalde, luego de tallarse los ojos, casi se desmaya al ver a todos divertidos y contentos, empinándose tarros con leche espumosa, trabajando al compás de las chirriantes trompetas de la orquesta. Su mayordomo Jeremías, al verlo boquiabierto, coge su bombín, encaminándolo luego hasta su poltrona acolchonada. Sin más, Wilfredo se tira sobre ella, y algunos gervasillos (sin que él los note) le cambian sus zapatos por pantuflas y le acercan una taza humeante llena de avena. Entonces escucha una canción muy graciosa.   Traigan juguetes y pastelillos; al trabajo y al bocadillo. ¡Una sorpresa para el bebé! Lleven sonajas y mucho pastel   Traigan hilos y cacahuates; un descanso y al pistache. ¡Una sorpresa para el bebé! Lleven chupones y mucha miel
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