Wilfredo no puede creer lo que está sucediendo. Jamás se sintió tan agradecido. Por fin reacciona y se levanta de un salto, corriendo de prisa con Wilmi para darle la buena noticia.
—¡Mi amor, no lo vas a creer, es un milagro! —exclama el alcalde, seguido por un grupo de gervasillos escandalosos que comparten su alegría.
Su esposa, al ver que la ciudad entera entra en su dormitorio, llevando consigo un montón de “moisés” de diferentes tamaños y formas, se queda estupefacta.
—¡¿Qué diantres está pasando aquí?! —Abre los ojos sorprendida.
—Son nuestros invitados, querida. —Wilfredo la tranquiliza con un beso en la frente—. Han venido a conocer al bebé.
Los gervasillos sonríen medio confundidos, asomándose sobre los hombros de los otros porque están curiosos y emocionados.
—Pues lamento su largo viaje, señores. —Wilmi adopta un aire desdeñoso—. Como ven, mi bebé no puede dormir. Y mucho menos lo hará con su griterío. Por favor, les pido que se vayan. —El bebé comienza a patalear.
—Pero, pero mi amor… —Wilfredo se aferra a su camisón con un gesto suplicante.
—¿Acaso no entiendes que el bebé necesita dormir? —Wilmi le mira con tal dureza que los gervasillos se compadecen del alcalde—. ¡Buenas tardes!
—Espera, mi amor. Mira. —El alcalde señala a los gervasillos—. Han traído muchos moisés con ellos. No seas descortés. Quizás en uno de esos nuestro bebé pueda dormir.
Wilmi aprieta los labios y abre las fosas nasales. Wilfredo, al notar lo furiosa que está, corre a esconderse detrás de los invitados, los cuales suplican e insisten diciéndole que no sea tan estricta, que no pierde nada con acostar al bebé, que es de mala educación rechazar un regalo.
Al final la persuaden y empiezan a probar cada uno de los moisés que trajeron. Pero, para su mala suerte, el bebé no para de llorar.
Prueban con almohadones de pluma y colchones esponjosos; lo arropan entre sábanas de satén y cobertores de lana. Lo ponen en cajones, arquetas, cofres y maletas; baúles, estuches, bomboneras y jaulas. ¡Nada funciona! Ni siquiera las muecas chistosas, las sonajas o los chupones pueden hacerlo callar. Eso desanima bastante a los invitados, los cuales se turnan para arrullarlo mientras le ofrecen papilla o se ponen a entretenerlo con marionetas.
—No lo entiendo. —Wilmi luce agotadísima. El bebé continúa en lágrimas—. Ni los mismísimos búhos resistirían el sueño con tantas atenciones.
En eso Wilton sube a los hombros de su padre para animarlo, tumbando así el saco donde Wilfredo guardó el zapato de charol que compró a los gnomos. El bebé, inmediatamente al verlo, se agita entre los brazos de Wilmi, queriendo agarrarlo.
La gervasín, extrañada porque el bebé dejó de llorar, se acerca lentamente, inspeccionando la fealdad del zapato. Mira con desagrado las manchas de lodo, la suela descosida, el calcetín que bien pudo pertenecer al pie apestoso de un ogro. Aun así, el bebé se emociona, agitándose entre sus brazos porque quiere jugar con la lengüeta. Wilmi, apurada porque no reanude el llanto, no tiene más remedio que arroparlo con el calcetín. Una vez adentro el bebé sonríe, cierra los ojos muy despacio y comienza a dormir.
Los invitados están confundidos. No entienden por qué el bebé rechazó los mejores moisés de Hojalarga por un zapato cualquiera. Wilfredo también se rasca la cabeza, mirando bastante extrañado cómo su hijo se abriga con el calcetín. Al notar que todos sienten ternura cuando el bebé ronca entre el tacón y la lengüeta, suspira aliviado (en parte porque fue el responsable de comprar el zapato, y en parte porque nadie quiere que su esposa lo sermonee) y piensa: «Bueno, después de todo, siempre fue un día especialmente bueno para ser padre».
Wilmi alcanza el zapato de charol y le da un beso al bebé en la frente.
—¡Eso es! —Se entusiasma, mirando a los invitados muy animada—. Lo llamaremos Waslow. Waslow Pepperndli.
Y eso, en la extraña y antigua lengua del bosque significa calcetín. Entonces todos se contentan con su nombre tan acertado, sintiendo enorme alegría por la sola satisfacción de verlo dormir.