Esta es una historia muy antigua. Los sucesos que leerás aquí, fueron escritos por Percival, el Cuentacuentos, luego de la desaparición del Brujo de Hierro.
Como cuentacuentos conozco muchas historias sobre dragones y princesas, caballeros y brujos, castillos y torres. Pero la historia que voy a contarte hoy tiene como protagonistas a los seres mágicos más inusuales: los gervasillos.
Los gervasillos (contrario a los duendes, y esto tenlo muy en cuenta) son criaturas muy, pero muy pequeñas. A simple vista —no importa lo mucho que se esfuercen poniéndose de puntillas— parecen un montón de gatos panzones que caminan torpemente sobre sus patas traseras. Los adultos, quienes pocas veces ponen atención a lo que tienen debajo, no los ven con tanta frecuencia como suelen hacerlo los niños cada vez que curiosean en un rincón. ¡Y vaya que es todo un problema verlos! Los gervasillos son buenísimos cuando de jugar a las escondidas se trata; sus ropas, del color del bosque, les sirven de mucho para camuflajearse con el mundo exterior. Usan cucuruchos y barretinas adornadas con plumas largas, frutos secos, ramitas, maleza y flores silvestres recién cortadas; también usan corbatas estampadas, chalecos de peluche, bombachos de lino verde y camisas con botones de carey.
Aunque la mayoría suele vivir en las entrañas del bosque, hay algunos gervasillos que hace tiempo se mudaron a las colinas y otros que se asentaron en las praderas; incluso hay unos más audaces que tienen su domicilio en la ciudad, y que se adaptaron sin mayor problema al ritmo apresurado de los Hombres. Algo muy raro tratándose de criaturas despreocupadas que jamás se agitan más de lo necesario ni se mueven menos de lo requerido.
Es difícil adivinar cuántos años tienen realmente los gervasillos. La mayoría (excepto por los más sucios) cuidan bastante su piel para que cualquier chismoso, por vergüenza a preguntar, se la lleve suponiendo si está entre la adolescencia o la crisis de la mediana edad. Lo cierto es que su lozanía no se debe a cremas rejuvenecedoras o dietas rigurosas, sino a una magia ancestral y olvidada que sólo proporcionan los bosques encantados. En cuanto a su aspecto físico, los gervasillos tienen numerosas apariencias. Los hay larguiruchos y barrigones; morenos y lechosos; patilludos y lampiños. Pero su rasgo más chistoso son los bigotes en la forma de antenitas que le salen de las cejas y las mejillas.
Otra cosa muy interesante sobre los gervasillos es que son muy curiosos. Les gusta olfatear cualquier objeto que acerques a sus narices, y hasta se meten en hondos agujeros para descubrir lo que esconden. Cualquiera supondría que una ciudad llena de gente sería divertida para estas criaturas tan fisgonas, pero lo cierto es que no es así. Los gervasillos (con excepción de los más presuntuosos) encuentran la ciudad demasiado desordenada y escandalosa. Y como sus orejas afiladas y velludas son en extremo sensibles, prefieren mantenerse lejos, acostumbrados a los ruidos menores que hay en la intemperie.
Sin importar lo pequeños que puedan ser —algunos gervasillos apenas alcanzan la rodilla de alto—, son tan fuertes que podrían tumbar a un adulto si se lo proponen. Dicha corpulencia la demostraron en la Primera Guerra Tumultuosa, cuando se enfrentaron a garrotazos contra una tropa de ogros venidos del pantano del oeste. Hasta entonces nadie había sido testigo del valor de los gervasillos, y mucho menos de que una criatura tan inofensiva (por lo menos en aspecto) pudiera tener esos despliegues de fortaleza e intrepidez.
Te sorprenderá saber que los gervasillos conocen el idioma de todos los animales del bosque, incluso el de las bestias y los pájaros. También hablan la aburrida lengua de los robles y los abetos, pero es tan lenta que sólo la usan cuando quieren conocer las noticias más allá de su país. Dicho conocimiento se remonta muchos años atrás, en el tiempo en que los gervasillos vivían al aire libre y tenían una convivencia más íntima con los viejos poderes de la naturaleza.
¿Te dije que preparan pócimas y ungüentos mágicos que otorgan curaciones increíbles? Pues lo hacen. Los historiadores aseguran que los volúmenes más antiguos sobre herbolaria fueron escritos por ellos. Y hasta hoy ni siquiera los boticarios más expertos conocen todas las propiedades medicinales de las plantas, mucho menos tienen la habilidad suficiente para sintetizar sus beneficios como ellos.
Por desgracia (y sin importar la información que se divulgue) muchas personas siguen creyendo que los gervasillos son sabandijas holgazanas que se la llevan acostados en camas hechas de hojarasca y ramitas secas. ¡Pamplinas! Los gervasillos son entendidos en la disciplina de la construcción. Sus casas son grandes troncos huecos con paredes tapizadas y pisos enlosados, alacenas repletas de bocadillos, armarios con la ropa sobre sus ganchos y habitaciones amplias, silenciosas y confortables. Lejos están los años cuando los gervasillos vivían en madrigueras y se acurrucaban al lado de los conejos en invierno. Con la llegada de los gnomos al bosque, los gervasillos tuvieron la oportunidad de aprender muchas cosas, y una de las más importantes fue el levantamiento de hermosas residencias para recibir a los viajeros.
Cualquiera que tenga un amigo gervasín, sabe muy bien que son personitas muy agradables que aman la cortesía y el buen trato. Son cuidadosos con sus modales y jamás alientan discordias ni desacuerdos. Pero cuidado. Debo advertirte que las bromas son su pasatiempo favorito. Si se les toma demasiada confianza empezarán a esconder el par izquierdo de tus calcetines, o a mover las llaves de tu pantalón, o a perder papeles importantes minutos antes de ir a la escuela. Sin importar lo que hagan, sígueles el juego, y mientras buscas allá lo que dejaste aquí, encontrarás valiosos obsequios que dejaron en el camino.
Ahora, lo que más le gusta a los gervasillos además de gastar esas ridículas bromas, son las fiestas. Cada vez que en el calendario hay un onomástico cualquiera, las tabernas de la región se hinchan de música y los gervasillos entran a beber grandes cantidades de cerveza espumosa mientras intercambian chismes que acaban en risotadas. Esa fama de parranderos ha hecho que la gente le atribuya a los gervasillos otra naturaleza menos mágica. Creen que son criaturas despilfarradoras y que tienen ollas de oro bien escondidas en el sótano de sus casas-tronco. ¡Por favor! Los gervasillos no guardan tesoros como los enanos o los duendes. Esas cosas brillan. Y los objetos brillantes son muy peligrosos para ellos: ¡Al provenir de la avaricia tienen una magia oscura que los hipnotiza! Lo que sí guardan son numerosos costales de patatas, barriles de cerveza, manojos de cilantro, ruedas de queso, barras de pan, cecina de puerco, tazones con fresas, entre otros manjares igual de suculentos, que saborean en los abundantes desayunos y almuerzos que tienen a lo largo del día.
La gente debe saber que los gervasillos son criaturas gentiles, capaces de una cordialidad que merece admiración. No son amuletos de la suerte ni engendros maliciosos. Su principal regodeo es el cultivo de sus hortalizas caseras, beber limonada en las horas de más calor, caminar en las entrañas del bosque recogiendo setas, limpiar sus casas-tronco para recibir a los parientes. Es cierto que algunos pueden ser latosamente testarudos, hostiles, ariscos, refunfuñones y recelosos, pero también los hay comprensivos, simpáticos, lisonjeros, cándidos y chistosos.
Bien. Ahora que ya sabes algo más sobre los gervasillos, continuaré con mi historia.