Pero Sadrac no había terminado. Se posicionó sobre ella, cuidadoso de no aplastarla, y comenzó a besar y chupar sus senos, sus labios y lengua jugaban con sus pezones endurecidos. Mientras tanto, sus dedos encontraron su clítoris, aún sensible, y comenzaron a frotarlo con una destreza que la hizo jadear. La humedad entre sus piernas era una mezcla embriagadora de sus fluidos y los de ella, y Sadrac, incapaz de resistirse, deslizó dos dedos dentro de Brielle, sintiendo su calor. Pero no fue suficiente. Su pene, ya erecto de nuevo, pedía más, y sin darle respiro, volvió a penetrarla, deslizándose con facilidad en su interior resbaladizo. Brielle gimió, atrapada en una tormenta de placer, mientras Sadrac la llevaba una vez más al borde del abismo de la excitación, sin descanso, sin piedad, so

