Por su parte, Sadrac caminaba en completo silencio detrás de su padre y su hermano, el único que le quedaba. Sus pensamientos permanecían guardados mientras descendían la pendiente rocosa. Pero en las alturas del monte, cerca de donde el Pyroclastes se había echado nuevamente para descansar, algo extraordinario comenzaba a suceder. El montículo de cenizas grises que quedó del cuerpecito de la pequeña Zira empezó a reagruparse poco a poco. Conforme eso sucedía, el color cenizo se transformaba gradualmente en un tono arena dorada, similar a la arena de mar. El proceso fue largo y silencioso. Durante horas, mientras la familia real completaba su descenso, la arena continuó fusionándose y reformándose. Cuando finalmente tomó una nueva forma, una pequeña loba de pelaje color arena y ojos verd

