Zelek, a pesar de su agotamiento y el dolor persistente de su herida cerrada, se incorporó en la cama con una preocupación inmediata reflejada en su expresión. —¿Estás bien? ¡Vera! —preguntó con una urgencia que atravesó su fatiga para enfocarse en el bienestar de su esposa. Vera, aun procesando el episodio de náusea mientras se limpiaba la boca, dirigió una mirada hacia él que combinaba confusión con un intento de tranquilizarlo sobre su condición. —Sí, estoy bien, grandulón —respondió con una voz que sonaba ligeramente temblorosa—. Quizás vomité por todo lo que pasó hoy. Ha sido un día muy intenso para todos. Su explicación reflejaba una lógica razonable que atribuía el malestar al estrés emocional y físico que había experimentado durante esos momentos tan agetreados que había requer

