Lyanna se arrodilló para estar a su altura, tomando su rostro entre sus manos y secando sus lágrimas con sus pulgares, viendo como los ojos de su hijo, llorosos y llenos de sufrimiento la veían. —Mi querido niño —murmuró—, tienes que ser fuerte ahora. Tienes que cuidar de tu hermano, y él tiene que cuidar de ti. Prométeme que se cuidarán mutuamente. —Te lo prometo —sollozó Zelek—, pero prométeme tú que volverás a visitarnos algún día. Lyanna intercambió una mirada rápida con Sadrac, sabiendo que ambos comprendían que las tradiciones Volcaris no permitían tales visitas porque significarían traición a las tradiciones. El Castillo de las Viudas era un retiro permanente, no un destino temporal. —Prométeme que serás un buen príncipe —respondió Lyanna en lugar de eso—, y que ayudarás a tu he

