—El frío, Su Majestad —añadió Korven—. Es imposible de soportar para lobos que no hayan nacido en esas tierras o que no tengan la magia de fuego como usted y su majestad el príncipe. Nuestros cuerpos estaban comenzando a fallar de maneras que habrían comprometido nuestra capacidad para proteger al Príncipe Zelek si hubiera habido necesidad de combate. La explicación golpeó a Sadrac de una manera que no había anticipado. Su primera reacción fue de ira: ira hacia estos lobos por demostrar debilidad, ira hacia Zelek por permitir que tal debilidad comprometiera su misión, ira hacia la situación entera que había resultado en esta falla aparente. —¿Me están diciendo —murmuró Sadrac con una voz que había adquirido una calidad letal— que no pudieron cumplir con sus deberes básicos de protección

