Es por eso que, sin molestarse en secarse, tomó su lanza de su posición habitual junto al agarradero dorado y salió del baño goteando agua. Su pierna le dolía por el movimiento súbito, pero la adrenalina y la furia superaron cualquier molestia física. Conocía su palacio como la palma de su mano, incluyendo todos los pasadizos secretos. Si alguien había estado espiándolo desde esa dirección, solo había una forma de haber llegado ahí. «¿Habrán matado a mi Elfa? Espero que no, justo me está ayudando a curarme, ¡Maldición!», pensó Sadrac enfurecido, sin jamás creer que era Brielle la que estuvo mirándolo. Con movimientos rápidos y decididos, a pesar de su cojera, Sadrac se dirigió hacia el pasadizo que sabía conectaba con esa área. Cada paso resonaba con furia contenida mientras perseguía a

