«Que no lo haga, porque este matrimonio con el rey Sadrac será temporal, en el instante que le cure la pierna, me iré lejos de este reino caluroso tan cruel y hostil», pensó Brielle mirando de reojos a sus doncellas, pensando si podría llevarlas también, para salvarlas de ese destino cruel que podrían tener aquí. Mientras conversaban, habían llegado a una zona del palacio que daba a uno de los patios de entrenamiento. Desde allí, Brielle pudo escuchar sonidos que la hicieron detenerse: el relinchar de caballos, gritos de mando, y lo que sonaba como metal chocando contra metal. —¿Qué es ese ruido? —preguntó Brielle cerrando su abanico, dirigiéndose hacia la ventana más cercana. —¡Oh! Debe ser su majestad en su entrenamiento vespertino con los caballos de guerra —explicó Vera con naturali

