CAPÍTULO 44 OLIVER DONOVICK La pequeña gran mujer me ha retado a un duelo silencioso del que saldrá perdedora con creces y quién sabe si puntos menos en su inminente derrota. Su respuesta airada al ver nuestras maletas listas para las sorpresivas vacaciones que planeé aunque me ofendió, me fascinó. Sólo ella podía causar el desorden que jamás había experimentado. O estaba ofendido. O me hallaba fascinado. Nunca las dos a la misma vez. Solo Abigail Werner, señoras y señores. Y allí estaba ella, cuan sirena haciéndome tambalear frente a la orilla del mar para terminar lanzándome con miedo, aunque sin reticencias. No dejaría de compararla con una sirena. No. Ella me puso a sus pies con su canto para mis oídos. Me pregunté porqué había estado tan furiosa por creer que huiría a Italia, ¿Po

