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Elegida por el Jeque

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Amira Awad, joven de 17 años criada desde la niñez por sus abuelos, por ser la procedencia de una relación prohibida que llevó al destierro a su madre, criada en un mundo de tradiciones, deberá defender todo por lo que su madre ha luchado, enfrentándose a un mundo de tradiciones al que su abuelo la somete, comprometiéndola con un desconocido, quien resulta ser el hombre con el que tuvo una disputa la noche anterior, en la que se supone que ella debería estar en su habitación castigada. Dispuesta a ignorar la petición de su familia, ella intenta escapar de su compromiso, sin saber que ese hombre es el más poderoso del emirato, un Jeque que se deslumbró por su belleza y está dispuesto a todo por tenerla, sin saber que Amira no será tan fácil de dominar. En su mente y en su corazón crece un fuego indomable que la hace luchar contra todo en su mundo de secretos, en el que hará lo necesario para hacer valer sus derechos y sus deseos, una tarea que para muchas es imposible cuando está sometida a las leyes que insisten en reprimirte.

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Capítulo 1. Encuentro.
Capítulo 1. Encuentro. La respiración de Amira se quiebra en su garganta, convirtiéndose en un silbido agudo mientras sus piernas se mueven con una desesperación frenética sobre el pavimento frío. El tiempo se ha convertido en su verdugo; cada segundo que transcurre la arrastra con más fuerza hacia el abismo de un castigo inminente. Sus pensamientos, atropellados y caóticos, repiten una sola idea con la intensidad de un martillo golpeando un yunque: Si no llego a tiempo, el precio será insoportable. Visualiza las paredes de su habitación, el encierro prolongado, la soledad absoluta y la mirada severa de su abuelo esperando cualquier desliz para quebrantarla por completo. ¿A qué costo vive esta farsa? Aunque el cansancio muscular quema sus pantorrillas y le roba el aliento, el miedo a ser descubierta actúa como un escudo protector que mantiene su cuerpo en movimiento. No solo se trata de ella; la sombra de su desobediencia se extiende amenazante sobre su madre y su abuela, las únicas personas que entienden el dolor y la esperanza que habitan en su pecho. La ansiedad nubla sus sentidos, reduciendo su mundo a una meta fija: llegar. En su ceguera momentánea por el pánico, ignora por completo el entorno, los murmullos de la calle y el peligro latente que se desliza a su alrededor. Al dar un paso en falso para cruzar la avenida principal, su mente no procesa el peligro inminente. Una caravana de vehículos de alta gama corta el aire a una velocidad aterradora. No hay tiempo para frenar por completo; solo se percibe un chirrido ensordecedor de neumáticos friccionando contra el asfalto caliente, un eco metálico que retumba en sus oídos, y una pared de luz cegadora proyectada por los faros delanteros que la obliga a detenerse de golpe. El corazón de Amira experimenta una pausa absoluta, un latido que se ahoga en el silencio de la sorpresa antes de desbocarse. Se siente completamente emboscada por la mole de metal que se detiene a escasos centímetros de sus pies. Su cuerpo, bañado en sudor frío y paralizado por el impacto del susto, reacciona por instinto: sus manos temblorosas se apoyan con fuerza sobre el capó del automóvil para mantener el equilibrio. Sus ojos azules, anchos y repletos de una vulnerabilidad asustada, se alzan para mirar hacia el interior a través de los vidrios oscuros del vehículo. Ahí está él. En el asiento trasero, resguardado en la penumbra del habitáculo, un hombre de presencia imponente la observa fijamente. Su expresión es una mezcla perfecta de asombro y desconcierto, como si el mundo entero se hubiera detenido de manera abrupta ante su ventanilla. Por un segundo eterno, el bullicio de la ciudad desaparece; sus miradas se anclan en un reconocimiento instantáneo que desafía toda lógica. Una conexión magnética, una sacudida eléctrica invisible recorre el espacio entre ambos. El vaivén acelerado de su pecho comienza a sincronizarse con el ritmo de su propio corazón, volviéndose impaciente, ansioso, incapaz de romper el contacto visual. La puerta del automóvil se abre con suavidad y él desciende, permitiéndole contemplarlo con absoluta claridad. Es un hombre que supera el metro noventa de estatura, de tez clara y una complexión acuerpada que denota fuerza y disciplina. Sus ojos color café, profundos y enigmáticos, guardan una tormenta de curiosidad. Posee unos labios gruesos y atractivos, marcados por un rojo natural que contrasta con la seriedad de su rostro, una nariz respingada y una simetría que bien podría recordar a las facciones esculpidas de un dios griego. Pese a que un kufiya cubre parcialmente su cabeza y parte de su rostro, su atractivo resulta innegable, desprendiendo una elegancia magnética que la hechiza al instante. Ella, por su parte, es una visión etérea. Con su metro ochenta y cinco de altura, su piel clara y sus ojos azules que imitan la inmensidad del cielo abierto, proyecta una belleza tan natural como imponente. Sus labios finos y sus mejillas encendidas por la carrera se complementan con una nariz delicada y respingada. Está cubierta por completo con su tradicional atuendo azul con n***o, una tela fina que resalta el brillo de su rostro y deja sin aliento al hombre que la contempla. Amira lo mira con los ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo el miedo regresa al notar la silueta de los guardaespaldas que se aproximan con paso firme. Un escalofrío recorre su espalda; retrocede lentamente mientras su respiración se acelera de nuevo. El instinto de supervivencia le ordena huir, y sin pensarlo dos veces, gira sobre sus tallones y corre. Corre con todas sus fuerzas, sin percatarse de que el fino turbante que cubría su cabeza se ha deslizado hacia atrás, soltándose por completo. La ligera tela vuela a través del aire nocturno como una pluma caprichosa, siendo atrapada con delicadeza por los dedos de Ahmed. —Búsquenla —ordena Ahmed con una voz grave, imponente, mientras su mirada se oscurece y se niega a perder el rastro de la fugitiva—. Quiero saber quién es ella, lo quiero saber todo. —Sí, señor —responde uno de sus hombres de inmediato. La mandíbula de Ahmed se tensa y su mirada se profundiza, observando la dirección en la que ella desapareció, mientras empuña con firmeza el hiyab azul que sostiene en su mano derecha, como si temiera que el viento pudiera arrebatarle el único rastro físico de aquella aparición. Ecos del Pasado: Dieciocho Años Atrás Flashback —Vamos, Amaya, tú puedes, concéntrate, puja con todas tus fuerzas, Amaya —alienta Dachira, con las manos temblorosas pero firmes, sosteniendo a su hija en medio de una habitación iluminada únicamente por la luz temblorosa de las velas. —¡Aaah! Dachira, por favor, ayúdame, no puedo más, duele demasiado —suplica Amaya, con la voz quebrada por el cansancio y las lágrimas surcando sus mejillas. —Respira hondo, niña Amaya, el bebé ya viene, solo un poco más de esfuerzo, no te rindas ahora, puja. Amaya siente que la vida se le escapa del corpo, que cada fibra de su ser se desgarra, y en medio del delirio del dolor, su mente se aferra desesperadamente al recuerdo de su amado, el único hombre que habita en su corazón y a quien le ha entregado su alma. —Felipee… —El grito se apaga en un susurro desesperado, y de inmediato, el llanto agudo y cristalino de una bebé rompe el silencio de la habitación, inundando el espacio con una conmoción inmediata. > —Eres una auténtica deshonra —truena una voz fría y despiadada desde la entrada de la estancia—. ¡Una mujer baja y miserable al atreverse a nombrar a ese hombre bajo este techo! > Aminal contempla a su hija con la expresión más repulsiva y despectiva posible; para él, la niña de sus ojos se ha convertido en la mujer más aborrecida de la familia. > En el corazón del emirato, una pequeña criatura acaba de nacer. Es una hermosa bebé provista de unos ojos azules tan profundos como el mar, un milagro de la naturaleza que, a los ojos de su madre, representa una gema preciosa brillando en medio de la oscuridad más absoluta. Para Amaya, es una bendición celestial; sin embargo, para el resto de la familia, su llegada constituye la evidencia irrefutable de la deshonra. Una estirpe marcada por principios rígidos y costumbres inquebrantables se ve manchada por el nacimiento de una niña portadora de la supuesta impureza y la traición, una maldición viviente según las leyes del clan. > Amaya sostiene a su pequeña contra su pecho, observándola descansar con una paz infinita mientras el mundo a su alrededor se derrumba. Su hija llena su existencia de una esperanza inquebrantable, convirtiéndose en el símbolo puro del amor verdadero. > —Tu nombre será Amira, porque estás destinada a ser mi princesa soberana —susurra Amaya, besando la pequeña frente de la recién nacida con devoción—. Te bendigo con las estrellas y la luna como testigos silenciosos; eres la prueba viviente de un amor que ninguna ley podrá destruir jamás. > Las palabras de Amaya resuenan en la estancia cargadas de una profunda inquietud. Si bien este nacimiento representa la manifestación de un afecto sincero, ante los ojos estrictos de la sociedad y los preceptos del Corán, constituye el pecado más grave. Amaya se había enamorado perdidamente de un hombre extranjero, un forastero con el que vivió una pasión desbordante que desafiaba las normas de su estatus. Al ser descubiertos y rechazados por su padre debido a su incompatibilidad de mundos, Amaya fue encerrada como castigo ejemplar. Durante meses, aquel hombre la buscó incansablemente sin éxito, ignorando por completo la existencia de la criatura que crecía en el vientre de su amada. > Apego estricto a las normas de su honorabilidad familiar, Aminal tomó una drástica decisión tras el alumbramiento. Amaya fue desterrada de su hogar y de su familia, pues su sola presencia bajo el mismo techo representaba una afrenta imperdonable. Incapaz de tolerar tal mancha, el patriarca llegó a un acuerdo cruel con su hija: una vida a cambio de otra, arrebatándole a su pequeña de apenas unos días de nacida. Convencida de que su hija recibiría al menos los cuidados básicos en aquel palacio, Amaya no tuvo otra alternativa que ceder, aunque su alma se desgarrara en el proceso. No obstante, una madre jamás abandona a su sangre. Con los años, Amaya encontró la manera de vigilar a su pequeña a escondidas desde los riscos de las montañas. A partir del momento en que Amira cumplió diez años, su madre se convirtió en una presencia constante en su vida secreta, llevándola clandestinamente a las alturas para danzar al compás de los mismos ritmos que la unieron a Felipe. Madre e hija compartían un ritual sagrado de amor bajo la luz de las estrellas, albergando la secreta esperanza de que algún día las restricciones sociales se desvanecieran. Sin embargo, la tragedia golpeó cuando Aminal descubrió a Amira practicando aquella danza prohibida en su propia habitación, luciendo un atuendo que los rígidos códigos del abuelo consideraban una vulgaridad insoportable. A partir de ese momento, los castigos se multiplicaron: largas horas de encierro en la oscuridad, la imposibilidad de probar alimento y la obligación de leer el Corán de memoria decenas de veces como penitencia. Para Amira, tales castigos carecían de valor real frente a la inmensa dicha de volver a ver a su madre, ingeniando siempre mil formas de burlar la seguridad familiar para encontrarse con ella. —Camina, eres idéntica a tu madre, una maldita deshonra para esta estirpe —gruñe Aminal, arrastrando con violencia a una Amira aterrada hacia las frías paredes de la habitación de castigo. —Abuelo, por favor te lo ruego, no quiero entrar ahí, te lo suplico —llora la joven, sintiendo el pánico helarle las venas. > —Eso debiste pensarlo antes de desafiar mi autoridad y mancillar nuestro apellido, jovencita. Aprenderás a comportarte por las malas; juro por Allah que lo harás, pagarás hasta el último de los pecados de tu madre. Fin del flashback La Huida Nocturna y las Confesiones Bajo el Cielo Estrellado Años más tarde, los patrones de la clandestinidad se han convertido en la única rutina tolerable para Amira. Como cada noche, la joven se prepara para desafiar una atmósfera gélida que corta la piel. En su hogar, su madre la aguarda con el corazón encogido de angustia hora tras hora. Sin embargo, en esta ocasión, el tiempo transcurre con una lentitud desesperante y Amira no logra cumplir con el horario estipulado para el encuentro. Mientras los sirvientes recogen las pertenencias, Amira disimula con astucia; toma de la bandeja de la cena un pequeño cuchillo para mantequilla y lo oculta entre sus ropas. Espera pacientemente a que su abuela Dachira se retire con los utensilios, y permanece inmóvil durante más de dos horas en la oscuridad de su estancia hasta cerciorarse de que el silencio absoluto inunda la casa y todos los miembros de la familia duermen profundamente. Con una agilidad felina y un dominio absoluto de los rincones oscuros, Amira desliza el picaporte de su puerta, abandonando su hogar abrigada con su chaqueta y su hiyab, apresurándose hacia el punto de reunión en las montañas. Cuando finalmente llega al claro acordado, el terror la paraliza: su madre yace desmayada sobre el suelo húmedo y rocoso. Con las manos temblorosas, Amira la toma entre sus brazos, acunando su cabeza con desesperación y susurrando palabras de aliento hasta lograr que recupere la consciencia. Al verla abrir los ojos, las fuerzas abandonan a la joven y se desploma a su lado, con el llanto ahogándose en su pecho. —Voy a huir de esta casa para siempre, madre —declara Amira con una firmeza inquebrantable en su voz, a pesar del temblor de sus labios—. Ya casi cumplo dieciocho años y no pienso soportar un día más en ese lugar donde me tratan como a una escoria y una deshonra constante. —Mi adorada princesa Amira, entiéndeme, por favor —responde Amaya con extrema debilidad, acariciando el cabello de su hija—. No tengo un refugio seguro a dónde llevarte. Sé perfectamente que tu abuelo es un hombre inflexible, demandante y cruel que te impone obligaciones absurdas, comparándote injustamente con tus primas todo el tiempo. Pero si huyes, él te buscará hasta en el rincón más recóndito y lejano de los Emiratos. No podemos exponernos a que nos encierren de por vida; créeme, este no es el momento adecuado. —¡Ya no lo soporto más, mamá! —exclama Amira con una frustración contenida que estalla en un sollozo desgarrador—. ¡Tú no cometiste ningún crimen imperdonable, y sin embargo te condenan y te juzgan únicamente por atreverte a amar! Las palabras de la joven resuenan cargadas de un dolor profundo y visceral, como si el simple acto de sentir afecto genuino se hubiera convertido en el peor crimen concebible sobre la faz de la tierra. —Las leyes de nuestra tierra son implacables, mi niña —susurra Amaya con amargura, cerrando los ojos con dolor—. Está estrictamente prohibido contraer nupcias con personas ajenas al emirato que no compartan nuestros principios, nuestra sangre y nuestras estrictas tradiciones. Cualquier decisión sobre nuestro futuro recae exclusivamente en la voluntad del patriarca o del monarca, a menos que un alto mando gubernamental decida intervenir de manera excepcional, algo que equivaldría a un verdadero milagro. Ningún jeque en su sano juicio nos otorgaría su favor conociendo los antecedentes de nuestra historia. —Madre, no quiero seguir contemplando tu sufrimiento día tras día —replica la joven, negando con la cabeza—. Además, te lo juro, no pienso casarme jamás bajo esas condiciones. Mi abuelo ya está moviendo influencias para pactar matrimonios arreglados con sus socios, pero me niego rotundamente a entregar mi vida a un hombre al que no amo. No lo haré, y nadie en este mundo tiene el derecho de obligarme. —Comprendo tu resistencia, mi niña, pero los matrimonios arreglados bajo el amparo de las nuevas normativas ofrecen ciertos márgenes de conocimiento previo —intenta consolarla su madre con infinita ternura—. Hoy en día se te permite socializar con tu prometido, compartir espacios con su familia, conversar y aprender a conocerse antes de dar el paso definitivo. Tú puedes lograrlo, mi Amira; te aseguro que tu corazón encontrará la manera de enamorarse, y cuando eso suceda, tu perspectiva del mundo cambiará por completo. Amira guarda silencio, incorporándose lentamente para caminar unos pasos sobre el sendero de tierra mientras la brisa nocturna mece sus ropas. Amaya observa fijamente el rostro de su hija, notando una expresión inusual en su mirada. La joven alza los ojos hacia el firmamento, perdiéndose en el parpadeo constante de las estrellas. Durante las últimas horas, ha batallado con la persistente sensación de que lo ocurrido en la avenida la tarde anterior fue producto de un sueño febril; sin embargo, la imagen de aquel misterioso hombre se niega obstinadamente a abandonar su mente. Su rostro altivo, su mirada penetrante y la intensidad de su presencia continúan grabadas en su memoria, provocando que su pulso se acelere con tan solo recordarlo. —Conocí a alguien, mamá —confiesa Amira en un susurro apenas audible, con una ligera sonrisa involuntaria dibujándose en sus labios. Amaya se endereza de inmediato, experimentando una turbulenta mezcla de asombro, desconcierto e incredulidad absoluta. —¿Cómo dices? —pregunta su madre, conteniendo el aliento—. ¿De dónde es ese muchacho? ¿A qué familia pertenece? Amira sonríe con timidez, jugueteando nerviosa con el borde de su túnica. —Casi me atropella con su automóvil en medio de la calle principal. —¡Por todos los cielos, Amira! —exclama Amaya, llevándose las manos al pecho con desesperación—. ¿Qué estás diciendo? ¿Te encuentras bien? ¿No te hizo ningún daño? —Estoy bien, mamá, te lo aseguro —se apresura a calmarla la joven, con los ojos brillando bajo la luz estelar—. Iba cruzando la pista corriendo y sin prestar atención; apareció de la nada, pero por fortuna logró accionar los frenos a tiempo para evitar una tragedia. Lo más extraño es que iba custudiado por varios hombres de seguridad que impedían que los curiosos se acercaran. Tenía el porte de alguien sumamente importante y poderoso. Cuando sus ojos color café se clavaron en los míos, sentí que la piel se me erizaba por completo y el aire abandonaba mis pulmones. Era extraordinario, tan hermoso que parecía un ángel, una fantasía imposible. Tenía que marcharme porque iba retrasada y el temor a ser descubierta me consumía, así que lo dejé atrás. En la huida mi hiyab se desprendió y quedé completamente expuesta ante su mirada, pero no podía detenerme. Sentí terror al pensar que sus hombres venían tras mis pasos, sin embargo, su imagen se ha quedado atrapada en mis pensamientos. Soñé con él toda la noche, madre. —Eso es una locura, Amira, un peligro inminente —advierte Amaya con la voz temblorosa de genuina preocupación, tomándola de los hombros con fuerza—. Debes tener sumo cuidado, mi niña. Un hombre con ese nivel de influencia y poder puede resultar extremadamente peligroso para alguien de nuestra posición. Por favor, te lo suplico, cuídate mucho, debes regresar a casa antes de que noten tu ausencia. —No, mamá, no quiero dejarte aquí sola soportando esta pesadilla. —Tienes que hacerlo, el alba está cerca y temo lo que puedan hacerte si te descubren fuera de la alcoba. Vuelve, cariño. —Mamá, entiéndeme, mi miedo más grande es abandonarte a tu suerte. —No temas por mí, mi amor, yo estaré bien resguardada, esperando tu regreso con paciencia —insiste Amaya, regalándole una sonrisa llena de resignación mientras la envuelve en un abrazo protector y le deposita un beso tierno en la frente—. Corre, Amira, regresa antes de que sea demasiado tarde para ambas.

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