Freya subió las escaleras del jet con pasos medidos, intentando no parecer tan impresionada como se sentía. Pero fue inútil. El interior era demasiado. Asientos de cuero blanco, amplios y reclinables. Cortinas beige perfectamente alineadas. Una alfombra mullida bajo sus pies. Pantallas empotradas, cava de vinos y una mesa de trabajo de nogal con acabados dorados. Todo silencioso, perfumado a maderas y cítricos. Intimidantemente limpio. Alexander subió detrás de ella y, como si fuera el dueño del cielo (porque, bueno, lo era), señaló hacia uno de los sillones junto a la ventana. —Siéntate ahí. La vista es buena y es el asiento más seguro —dijo, sin titubeo. Freya obedeció, pero no sin soltar una risita nerviosa. —¿Así que también eliges en qué lado del cielo debo mirar? Alexander se

