Alexander sale de la habitación de Freya y ella cerró la puerta con suavidad, aunque por dentro quería azotarla. Se apoyó en ella un segundo, los ojos cerrados, intentando calmar la tormenta que llevaba por dentro. Él no la había tocado. No la había besado. Y eso la enloquecía más. En el pasillo, los pasos de Alexander se alejaban. Firmes. Medidos. Hacia su propia habitación. Ella pensó en salir, en decir algo, en detenerlo. Pero no lo hizo. Alexander llegó a su puerta, la abrió sin prisa… y antes de entrar, lanzó una última frase, con la calma peligrosa que lo caracterizaba. —Buenas noches, Freya. No siempre tener acceso significa tener derecho. Y tú aún no entiendes esa diferencia. Cerró la puerta. Ella se quedó mirando el techo de su habitación, con el corazón desacompasad

