Alexander se puso de pie, rodeó la mesa con pasos lentos y seguros, y le ofreció la mano. Freya la tomó. Estaba tibia, firme… y temblaba apenas, lo suficiente para revelar que ni siquiera el CEO de hielo estaba inmune a lo que estaba por pasar. Subieron las escaleras en silencio. Al entrar a la habitación, Alexander cerró la puerta con un suave clic y se giró para enfrentarla. La música aún resonaba en su mente, como si marcara el ritmo de lo inevitable. Él se quitó el saco, lo dejó caer sobre el sillón y se acercó a ella sin prisa, como un lobo midiendo cada movimiento. —Te ves hermosa —murmuró mientras le acariciaba el cuello con los nudillos, deslizándolos hacia su clavícula. —¿Esto es parte del contrato? —intentó bromear Freya, pero su voz salió en un susurro. —No. Esto es parte d

