Freya apareció en la entrada del elegante edificio con dos maletas grandes, una mochila y una caja con stickers de gatitos. El chofer que la ayudaba intentó no sonreír al ver el contenido: una planta, un peluche salchicha, y un portarretratos sin foto. Cuando subió al penthouse, Alexander ya la esperaba. Impecable. De pie. Con un café en mano. Y cara de CEO que no tolera el caos visual. —Te dije que no trajeras tanto —fue lo primero que dijo, mirando las maletas con desaprobación meditada. Freya soltó un suspiro dramático, dejándolas en el suelo con un golpe suave. —Son cosas necesarias. Sentimentales. Vitales. Alexander alzó una ceja. —¿Un peluche con forma de embutido es vital? —Emocionalmente, sí. Además, ¿no se supone que esto es un matrimonio funcional? Necesito sentirme cóm

