CAPITULO 58

1062 Words

Freya le abotonaba la camisa negra con movimientos seguros, meticulosos, como si su sola presencia pudiera sostener la compostura que Alexander estaba perdiendo por dentro. —No pienso ir —gruñó él por tercera vez, mirando hacia otro lado, el ceño fruncido, la mandíbula apretada. Freya no se detuvo. Acomodó el cuello de la camisa y alisó con sus dedos la tela sobre sus hombros anchos. —No se trata de lo que piensas —dijo, sin levantar la voz, pero con esa firmeza que lo desarmaba—. Se trata de lo que eres. Y tú no eres la maldita silla. Tú la manejas a ella. No al revés. Alexander apretó los labios. Se sentía vulnerable. Humillado. Expuesto. Odioso, incluso para sí mismo. Su reflejo en el espejo lo mostraba impecable, elegante como siempre… hasta que bajabas la vista. Hasta que veías la

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