Capítulo 3 "Una amarga realidad"

1855 Words
La oscuridad nunca es lo que he deseado tener a mi alrededor, la bruma aumenta en cada momento, no puedo pensar en otra cosa sino en la oscuridad que me consume hasta el interior. Una de mis manos está en el volante y la otra acaricia levemente mi cabello, tirando levemente de algunos mechones que se quedan entremetidos en mis dedos, veo como el amanecer comienza hacer acto de presencia. Las tonalidades naranjas junto al amarillo hacen que sienta calidez en mi interior, es como si una luz apareciera en medio de la nada. Estaciono el auto en un callejón como puedo, evito que cualquiera pueda mirar hacia el lugar escondido, salgo del auto y mordiendo levemente la parte interna de mi mejilla camino fuera del lugar. Mis manos dentro de los bolsillos del jeans. Miro a cada lado y casi nadie está por estos lares, así que doy vuelta en la cuadra y camino por el mismo sitio hasta dar de nuevo con el lateral en donde escondí el auto. Un hombre quizás de unos treinta y tantos años viene caminando en mi dirección, tiene un teléfono celular con el que está llamando, lo escucho vociferar maldiciones cuando pasa por mi lado, sonrió para mis adentros porque lo veo de arriba hacia abajo y me giro para seguirlo. Me quedo mirando una tienda que está aún cerrada y cuando veo que está por pasar al lado de donde tengo el auto, miro a los lados y camino con más rapidez, me aseguro que nadie esté presente, y aun con mi cabeza agacha lo tomo del cuello y presiono con fuerza quitándole la oportunidad de tomar respiraciones. El teléfono que estaba deslizándose por el bolsillo termina cayendo de golpe al suelo cuando arrastro al dueño que forcejea hasta tirarlo en el callejón. Me mira desde arriba y cuando se intenta levantar pateo su cabeza con fuerza logrando que impacte con la pared de cemento. Siento un poco de sudor en mi frente. -Cállate- susurro pateando con fuerza su costilla. Me siento desubicado, inestable y algo molesto, no es mi forma habitual de actuar, pero tampoco es que ahora tenga alguien que me contrate para matar. Ya da igual que es lo que hago con total libertad. El hombre me mira desde abajo, tiene temor en sus ojos y ladeo mi cabeza. -Si no dices nada estarás bien, sino que te prometo que te buscaré y asesinaré- confieso. El hombre asiente mientras veo como está intentando tomar respiraciones profundas –Quítate la ropa- él asiente y con rapidez se desviste y me da su ropa. -No me haga nada- murmura quedándose en una camiseta y los pantalones cortos que llevaba puesto debajo del jeans. Tomo todo, incluido la gorra y la chamarra deportiva para subir al auto. Doy una última mirada al hombre y arranco desapareciendo del lugar con rapidez. Busco un sitio alejado y me cambio dentro del auto. Lanzo la camiseta al asiento del copiloto y coloco la nueva, me subo los nuevos jeans y saco la cartera, reviso que tiene efectivo suficiente, ato los cordones de las zapatillas deportivas y dejo la chamarra a un costado. Ubico la gorra en mi cabeza y tomo toda la ropa que traía para lanzarla dentro de un contendedor de basura que seguro será usado al inicio de la jornada laboral. Arranco el auto, manejo hasta el siguiente pueblo para poder detenerme a comer. Miro el pequeño restaurante con aspecto moderno, cuento de nuevo el dinero de la billetera y por lo menos trae consigo unos 200 dólares. No voy a utilizar su tarjeta, así que las dejo allí guardadas. Me coloco la chamarra y ordeno mejor la gorra antes de entrar al restaurante, escucho el sonido de la campanita y no puedo evitar recordarla. Me siento en una de las mesas y al mirar detrás de mí es como ver aquel lugar, Debra con el pequeño traje, su amiga buscando algo de café para llenar mi taza, y las sonrisas cómplices. -Buenas tardes ¿Qué desea ordenar?- la voz de la mujer me saca de mis pensamientos. Agito mi cabeza con molestia pero trato de evadirla. -Un almuerzo, el que sea- me encojo de hombros y giro mi rostro. Ella se retira y yo decido que lavarme mi rostro y manos, es una mejor idea. El agua golpea mi sudada y sucia mejilla, frente y mentón, dejando que el resto del agua termine de recubrir mi rostro. Enjabono y enjuago mis manos, hago lo mismo con mi rostro y saco todo antes de ubicar de nuevo la gorra en su sitio. El almuerzo no es nada que me agrade, no está mal, pero si me dan la oportunidad, no volvería a repetirlo. Dejo el dinero y me retiro en silencio, la campana nuevamente cerrando la puerta detrás de mí, busco un sitio para llenar gasolina y mirar de nuevo el mapa, suspiro con impaciencia porque las cosas no están pasando tan rápido. Dejo el dinero en las manos del hombre antes de tomar el último tramo que me resta, el que creo es necesario para pisar lo que me pertenece. Es de día nuevamente cuando me bajo con rapidez a lo que en algún momento llame hogar. Mis manos van a mi cabeza y arrastran con ellas la gorra logrando que la tome en mis manos y la lance al suelo con violencia, con molestia, con ira. Corro rápidamente y lo único que veo son escombros, madera quemada y restos de lo que fue mi casa con Debra. Miro alrededor como buscando algo que no voy a conseguir, algo que ya ha desaparecido y ni siquiera sé el verdadero camino que debo seguir. Mi respiración se agita mientras caigo en el suelo sintiendo la necesidad de llorar. La arena en mis manos no hace calmar mi maltratado corazón, mi sentir es cada vez más agonizante, es una tortura. Miro al cielo en busca de una maldita respuesta que me sirva, pero nadie me va a ayudar. Estuve solo cuando el diablo vivía en mi casa ¿Ahora que se supone que haga? ¿Busco a Dios cuando él no me pudo cuidar cuando más lo necesite? -¡NOO!- golpeo con fuerza la arena, mis puños impactan dos, tres, seis y diez veces. La sangre gotea de ellos junto a mis lágrimas –No- dejo caer mi cuerpo. Mis piernas están débiles, limpio mis lágrimas dejando rastros de sangre en mi mejilla, camino por encima de los escombros, veo algunas cositas que podían mantenerse, pero ¿Por qué las necesito? -Debra- jadeo sutilmente cuando tomo entre mis manos el conejito de peluche que le había regalado, mis manos lo llenan de sangre cuando lo aprieto con fuerza en mis brazos –Debra- Todo está desolado, es como si nadie vio nada, es como si este pequeño lado del mundo no existiera, no formara parte del planeta. Mi vida con Debra debía ser eso, un mundo alejado de todos para nosotros, para tener la esperanza de que dormiríamos con tranquilidad. Evito buscar algo más que me una a Debra, así que enganchando entre mi cuerpo y la cinturilla de los jeans, meto el conejito, paso la camisa por encima para que no se ensucie más de lo que ya está. Me alejo lo mejor que puedo para tener la vista perfecta de la casa, destrozada y todo, pero necesito poder visualizarla. Alejo las lágrimas de mis ojos, miro lo mejor que puedo y ladeo mi cabeza, la referencia es perfecta. Sonrió caminando hacia un lugar en específico, me detengo encima de ese espacio y comienzo apartar la madera, los pocos escombros y todos los desechos. Tiro a un costado la chaqueta y limpio mi frente con la camiseta para luego volver a cubrir al pequeño conejito con ella. Hago lo mejor que puedo, incluso cuando me clavo en los dedos pequeñas astillas y corto parte de ellos con los cristales rotos. El dolor no puede ser en este momento una verdadera prioridad. Tengo muchas cosas corriendo por mi cabeza, tengo miles de escenarios tratando de formarse y un mundo de planes comenzado a tomar direcciones. Cuando no puedo más, cuando mis dedos están adoloridos es cuando aparto el último trozo grande de cemento, lo empujo con fuerza y es que veo lo que ansiaba encontrar. Sabía que allí no estaría quien más amaba, lo sabía a ciencia cierta, pero con esto podre encontrarla. Veo de nuevo todo a mi alrededor y sigue tan desolado como cuando lo pisamos, como cuando nos arrebataron nuestro precioso mundo, como cuando volví a pisar estas tierras. Limpio con mi zapato hasta encontrar la pequeña compuerta, me agacho y tomo el pequeño aro incrustado para alzarlo, tiro de él y la puerta se abre. Mi respiración se queda allí y dejo salir con un suspiro tranquilo. -Allí está todo- me siento en el borde y apoyándome de mis brazos comienzo a bajar las escaleras. Llego a un tramo subterráneo y luego abro otra puerta que me deja entrar al espacioso cuarto. Enciendo la bombilla como puedo, pero recuerdo que ya no existe una instalación de electricidad. Busco la mochila inicial y veo que allí dentro tengo algunas armas, aquellas que había guardado cuando escape con Debra. Dejo el bolso a un lado y camino hacia el otro extremo de la habitación y busco el paquete de bolsas negras que Debra me había hecho guardar en caso de emergencia. Tomo el paquete y saco varias bolsas y en cada una lanzo pequeños fajos de dinero que había conseguido sacar del banco cada cierto tiempo. Lleno por lo menos unas cuatro bolsas, las anudo y las lanzo al primer compartimento junto a la mochila con las armas. Busco un pequeño bolsito que tenía guardado en una cajita incrustada en la pared. Nuestra propia caja fuerte, según mi mujer. Con ello en mis manos, hago lo mismo que con el conejito solo que lo ubico en el otro costado de mi jeans. Salto y halo la compuerta para cerrarla, dejo las cuatro bolsas y la mochila en la superficie y salgo. Me ajusto la mochila, tomo dos de las bolsas y camino rápidamente al auto, abro la puerta trasera y meto las bolsas, me devuelvo a tomar las otras y las lanzo antes de cerrar la puerta. La mochila la dejo en el asiento de copiloto, pero antes de arrancar el auto y volver al bullicio de la ciudad, aquella que jure dejar en el pasado, la abro. Saco mi arma favorita, el revólver. Reviso que tenga sus seis balas y lo dejo en mi regazo. Termino de comprobar que tenga algunos cartuchos, veo las bolsas y saco la bolsita. La identificación verdadera y falsa tanto de Debra como la mía está allí. Asiento con una sonrisa mirando la foto de mi chica antes de guardarlo en la guantera. Dejo el conejito en el tablero y el arma entre mis piernas antes de cerrar todo y arrancar el auto. -No sé por dónde empezar, pero haré lo mejor que pueda- murmuro volviendo al mundo real.
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