Capítulo 2 "Un lugar muy alejado"

1821 Words
. Me siento como puedo en la pequeña mesa de madera bajo la atenta mirada de los dos hombres de aquel pequeño lugar. El sándwich delante de mí no se ve mal, pero el apetito no es el fuerte personal en este momento. -No había nadie más en el agua, joven- la voz del hombre es gruesa, y un poco ronca, sin embargo, no logra una molestia en mi cabeza, no como lo hace la voz del joven. -¿Estás seguro de que existe una tal Debra?- miro de reojo al chico que se levanta de golpe para ocultarse detrás del hombre, creo que debe ser su padre porque tiene un ligero y sutil parecido. Dejo las palmas de mis manos por sobre la mesa, veo cada uno de mis dedos y la aprieto haciéndola un puño. Miro al reloj que está en la punta alta de la cocina y puedo escuchar con detenimiento el leve sonido de la aguja. Tic toc. -Tu maldito reloj me hará cortarme la cabeza- no puedo evitar decir con rudeza. Aprieto mis manos con fuerza y cierro los ojos dejando que mi cabeza se gire un poco a la izquierda. -¿Estás bien?- la suave pregunta me hace abrir mis ojos. Estiro mi mano y alejo el plato con el sándwich. -No- lo miro y es como si viera de nuevo aquel hombre que no logre asesinar. –Mi mujer ha sido secuestrada ¿Estarías bien con eso?- no puedo evitar preguntar. Lo veo dejar salir un suspiro y niega –Yo tampoco- -¿A qué se dedica?- el chico pregunta detrás de su padre. -Riquelme- el hombre lo reprende, pero no alza su voz como debería de hacer cualquier padre, como lo hacía mi padre. -Si te lo digo, no creo que quieras seguir vivo- me levanto de la mesa y miro alrededor. -¿Puedo ducharme?- asiento agradecido y camino por el pasillo de la pequeña casa y abren la puerta. -Mi hijo mayor es de tu talla, puedo ofrecerte algo de ropa- agradezco con aun asentimiento de nuevo y el hombre se marcha de la habitación con rapidez. Lavo mi rostro, mi cuerpo y mis desgracias. Me siento en el váter con la toalla en mi cintura, húmedo y tomando mi cabello. Cierro mis ojos y lo único que puedo hacer es dejar caer mis lágrimas, ellas recorren mis mejillas como si supieran su camino. No soy un hombre sensible, no lo soy, soy un asesino que cobra para matar, o lo hacía. Mi vida había cambiado, cambiado para bien, para darle una mejor vida a la única mujer que había logrado darme la verdadera paz, pero ¿Ahora qué hago? Reprimo mis sollozos y abro la puerta del baño cuando siento unos toques en ella, el hombre mira mi torso y el niño expresa su asombro en la lejanía cuando me giro para entrar a la habitación. ¿Qué se supone que soy? Río sin ganas vistiéndome. Veo como la noche está empezando hacer su aparición. -Riquelme- llamo al niño, se acerca temeroso a mí -¿Qué quieres ser de grande?- le hago la pregunta revolviendo sus cabellos. -No lo sé, señor Erick- miro hacia el océano –Pero quiero tener mucho dinero- -También quería eso, pero sobre todo- sonrió mirando hacia el chico –Ansiaba la paz, mi paz- palmeo su hombro y me acerco a él -¿Harías algo por mí?- el chico alza su ceja y mira el espacio vacío en donde debería estar su padre. -Si- asiente. -¿Quién tiene un auto por aquí?- miro fijamente su rostro. Él no puede mantener su mirada directa hacia mí, por lo que la gira y miro por encima de mí hombreo y luego apunta a un lugar. -El señor de la pescadería, él tiene varios autos, son bonitos- golpeo mi lengua con el lateral de mi mejilla interna y asiento. -Pero sabrás que yo no soy de aquí ¿Cómo sabré quien es el de la pescadería? Riquelme- alzo mi ceja. -Cuando usted camine por ese sendero, podrá ver los tres autos, señor- miro por encima de mi hombro hacia donde él está mostrando. Asiento y le giro para sonreírle. -¿Sabes algo Riquelme?- él niega –Si tengo hambre de ese pequeño sándwich- le dio causando que él sonría y corra de nuevo hacia su casa. Dejo salir un suspiro y me levanto mirando hacia donde el chico me había apuntado, recuerdo cada una de las palabras del chico y miro alrededor antes de entrar y comer el sándwich de mermelada. -Señor- la voz suave del chico me hace girar el rostro cuando estoy por abrir la puerta. -¿Qué haces aquí?- le pregunto miro hacia el pasillo para ver si su padre venía detrás de él. -¿Ya se va?- asiento rápidamente -¿Usted es bueno?- miro al costado y no sé qué responder exactamente. -Depende de la posición que lo veas- es lo único que puedo decir mientras me agacho para verlo frente a frente. –No soy bueno Riquelme, pero soy agradecido ¿Entiende eso?- él asiente –Ustedes me han dado su mano, y no los voy a meter en problemas- -¿Usted me puede dar empleo?- busco algo en su mirada, pero el chico solo mira a mis ojos –Quiero dinero para sacar a mi padre de este lugar- boqueo varias veces –Nadie nos quiere aquí, señor Erick- ladea una sonrisa y puedo verme claramente a mí luchando por mi madre. -No puedo prometerte algo bueno, Riquelme. L a única persona que me veía como alguien bueno está perdida, la deje ir de mis manos sin siquiera saber- le confieso. -La encontrará señor Erick- asiento tomando esa esperanza. -También espero eso- tomo su mano –Pero me tengo que ir- -Solamente no se olvide de mí, por favor- miro esos pequeños ojos pardos, con su piel acanelada y un toque de esperanza. -Prometo no olvidarme de ti- estiro mi mano cuando me he levantado y él la estrecha –Soy Erick Park. No te olvides de mi nombre- -Riquelme dos santos, tengo 14 años- sonríe y abro la puerta. Cierro mis ojos cuando he cerrado la puerta detrás de mí y siento la calidez de la playa inundar mis fosas nasales y lo hermoso que era tener a Debía en mis brazos. Aprieto mi mandíbula con fuerza y camino con pasos sigilosos pro todo el lugar, algunas luces de las casas estaban encendidas y otras tienen música a gran volumen. Miro por todo el sitio y trato de pasar desapercibido hasta que me topo con la casa que posee tres autos. Me detengo y miro el último auto disponible, alzo mi ceja y veo hacia los lados y nadie está presente, abro la reja con cuidado y la dejo abierta, camino de puntillas hasta llegar al auto, intento abrir la puerta, pero no cede, así que hago lo mejor que puedo y me arrodillo, saco lo que había conseguido de la casa de Riquelme y forzó la cerradura del auto dejándome entrar. No me sorprende que no tenga alarma, el hombre tiene autos, pero todos son de segunda mano, cierro la puerta del auto y me inclino a buscar los cables para prenderlo de esa forma. Sonrió cuando escucho el sonido del auto y no espero hacer rugir de nuevo el auto cuando ya le he dado retroceso y sacado rápidamente de la casa. Acelero el auto a todo lo que da, pero cuando veo el retrovisor puedo ver a un hombre en ropa interior correr fuera de la casa, sonrió apretando el reproductor de música con fuerza para que las noticias me dejen al día. Muerdo la uña de mi dedo mientras el recorrido que hago no lo conozco, pero al escuchar el nombre del pequeño puedo me hace sentir un poco más ubicado, el problema es cuando dicen la fecha. -Ha pasado una semana- niego con fuerza viendo un poco borroso la vía por donde conducía –Una semana desde que paso aquello- enfoco como puedo la vía -¿Tanto tiempo he estado vagando?- Mis pensamientos me consumen cada vez que la vía se vuelve más eterna, no puedo detener lo que ha tenido que pasar Debra durante este tiempo ¿Estará viva? Quizás es la única pregunta que me hace rondar cada segundo. No puedo concentrarme, menos cuando siento mis sentimientos a flor de piel, cuando siento mis lágrimas burbujean, cuando siento como todo dentro de mí está siendo arrancado. “Te lo dije, eres un maldito que nunca será feliz” niego con molestia, apretando mi mandíbula. “¿Cuándo hemos sido felices?” agito con fuerza mi cabeza y el auto se descarrila. Vuelvo a tomar el control. -¡Cállate!- respondo a la voz de mi cabeza –Cállate- “No, no lo haré. No tienes a nadie ¿Quién más quiere hablar contigo?” Detengo el auto con fuerza dejando que mi pecho y cabeza golpee el volante. Paso mis manos por mi rostro y siento como mi pecho se comprime con fuerza, siento como el nudo en mi garganta se vuelve peor, mis manos no dejan de apretar mi cabello, sino hasta que comienzo a golpear con fuerza el volante. -¡Cállate!- me molesto conmigo mismo -¡Cállate MALDITA SEA!- sigo golpeando con las palmas abiertas el volante hasta que veo como a unos metros un letrero brilla. Agito mi cabeza y arranco de nuevo el auto para estacionarlo en el lugar. -¡Hey!- una voz aparece detrás de mí. Es de madrugada y un chico con una camiseta roja me ve con algo de miedo. -Gasolina y un mapa- digo ladeando mi cabeza para verlo de arriba hacia abajo. Meto las manos dentro del bolsillo y solo consigo 20 dólares. Me encojo de hombros y el chico suspira rendido. Él hace todo rápido, deja llenando el tanque del auto mientras entra al sitio y trae consigo un mapa. -Tienes cara de asesino- alzo mi ceja y sonrió. -Puede ser- confieso tomando el mapa y abriéndolo sobre el capo -¡Tú!- le digo y el chico suspira para venir hasta donde mí. -¿Qué?- niego y apunto el mapa. -¿En dónde estamos?- veo como él mira un momento el mapa y apunta una ciudad, recuerdo el hombre de pueblo y luego apunta un sitio alejado del pueblo. -Aquí- muerdo la carne interna de la mejilla. –Si sigues ese camino, saldrás del pueblo y entras a este- asiento a lo que él dice mirando el perfil de su rostro. -Gracias- él asiente y yo me subo al auto luego de que él terminara de llenar el tanque –Buenas noches- digo alzando la mano y arrancando el auto. -Falta poco mi amor, falta poco-
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