Elegida
Raven se encontraba empacando sus maletas con una rapidéz increíble, sus fosas nasales se agrandaban a cada nada por la vehemencia que la embargaba.
—¡Aprende a ser responsable! ¡No estás lista para tener un bebé! —exclamó su madre mientras entraba.
—Pero tampoco impides que me vaya —ironizó la hija, lanzando otro par de prendas a la maleta.
—Por favor, Raven. Piensalo bien. Nuestros recursos son limitados. Podemos pagar una pastilla o ir a un hospital para realizar un aborto clandestino.
—¡No pienso matar a mi bebé! —rugió la susodicha—. ¡Si no puedes preocuparte por entenderme, entonces me largo! ¡No pienso traer un bebé al mundo y pretender que viva en una casa donde lo verán como un estorbo!
—¡Tienes tan solo dieciseis, no estás lista para esto!
—¿Y tú lo estabas, mamá? —inquirió la menor con un tono burlista—. Te recuerdo que tu edad no difería mucho con la mía cuando decidiste darme la vida.
—¡Me obligaron, Raven! —los ojos de la madre se cristalizaron—. ¡Abusaron de mí! Y tu abuela era tan culta que me obligó a tenerte, aún cuando era un embarazo de alto riesgo y podíamos morir las dos.
»¡Yo intento salvarte de un peso que cargarás toda tu vida, hija! ¡Tenía tan solo trece años cuando me obligaron a ser madre, y hasta el sol de hoy sigue siendo complicado para mí!
Con la maleta ya hecha, Raven dio la espalda a su progenitora tras decir:
—A partir de ahora, no tendrás más complicaciones. Adiós, madre.
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Raven caminaba sin fe por las sinuosas calles de la ciudad, el sol ya había desaparecido y el cielo comenzaba a tornarse cada vez más y más oscuro hasta bañar el ambiente en una absoluta penumbra sin estrellas, la luna tímida oculta entre la neblina.
Se había perdido entre tantas calles, aunque no quisiese admitirlo en voz alta. No tenía a dónde ir, sólo caminaba con un debate interno de si dormir en una banca o a los piés del próximo árbol que se atravesara en su camino. Como fuese, volver a casa no era una opción. De paso, ya hasta había olvidado cómo regresar.
De lo único que se arrepintió, fue de no haber empacado una cantimplora antes de partir. Los jadeos que emanaban de su boca gritaban sed y cansancio, mientras que la taquicardia en su pecho sólo significaba miedo y adrenalina.
«Siete plagas, siete pecados capitales...»
Se detuvo un momento, dejando la maleta sobre el asfalto y llevándose ambas manos a la cabeza.
«Dante te ha elegido...»
Su cuerpo débil cayó sobre la ascera, una punzada de dolor atravesó su cráneo como una bala inofensiva.
«El imperio...»
Esa voz extraña emitiendo aquellos susurros estaban comenzando a desequilibrar su fuerza. Estaba mareada. Aunque intentaba reconocer dónde la había escuchado antes, sólo difusas lagunas mentales cruzaron por su mente en un efímero viaje.
«Minupularán tu voluntad...»
Presionó las palmas de sus manos contra sus oídos para no oír más, pero la voz se proyectaba desde su cabeza, imposibilitando su intento de ignorar.
Cerró sus ojos un momento para concentrarse en los escasos recuerdos que se manifestaban en su memoria, pero no fue capaz de eludir el desmayo que la dejó tendida ipso facto sobre las ascera.
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Raven pestañeó un par de veces con lentitud, sentía los ojos pesados. Lo único que recordaba era haber estado caminan por la calle sin rumbo fijo.
—Hola, humana.
Frunció el ceño cuando esa voz masculina llegó a sus oídos, y la desconcertó aún más cuando espabiló por completo y divisó a un hombre de pié frente a ella.
—¿Quién eres tú? —pronunció la chica, incorporándose sobre el suelo y detallando el cielo, seguía oscuro—. Espera, ¿cómo me has llamado?
—Soy un guardián de Ludxaven, mi número de serie es 003. El amo me ha asignado venir al año 2023 en tu búsqueda para llevarte a la realidad virtual —su voz era robótica y monótona. Cosa que la dejó anonadada.
«Ludxaven» ante esa mención, pudo recordar la causa de su repentino desmayo. Pero no lograba discernir si ya había despertado, quizás aún estaba absorta en una extraña pesadilla.
—¿Qué? —emitió, abrazándose a sí misma por el clima gélido que hacía.
—Soy un guardián de Ludxaven, mi número de serie es 003. El amo me...
—¡Ya te oí! —exclamó la chica, escudriñando al hombre sin disimulo.
Llevaba puesto un traje enterizo de color gris verdoso que le cubría hasta la punta de los piés, no estaba hecho de tela, era extraño que se amoldase a su musculatura de manera perfecta. Parecía estar hecho de una extraña fibra...
—Tu nombre, ¿cuál es? —cuestionó la chica al hombre moreno que, de manera asombrosa, medía casi tres metros de altura.
—Un segundo —el hombre permaneció mirando al frente con un gesto pensativo, hasta que completó:—. Esa información no existe en mi sistema. Lo más cercano que tengo a un nombre es 003. Por favor, acompáñeme.
—¿Por qué debería acompañarte? No estoy entendiendo una mierda.
—Mi amo te ha elegido, me veo en la obligación de llevarte con él. Si te resistes, tendré que llevarte a la fuerza como se me ha ordenado.
Cada vez entendía menos, y la idea de que alguien la tomase a la fuerza para un fin desconocido la aterrorizaba.
—¿Quién es tu amo?
El hombre volvió a repetir la acción de minutos atrás.
—Resultado obtenido: Dante. Hombre albino. Cuatro mil ochocientos treinta y tres años de edad. Amo supremo de El imperio y creador de la realidad virtual denominada Ludxaven. Dueño de los cinco mundos de destrucción y creación. Nacionalidad desconocida. Pasado o información de nacimiento no identificada.
Raven aferró los dedos de su maleta y dio dos pasos hacia el frente para ignorar al hombre aparentemente mal de la cabeza y continuar con su camino, pero el tipo extendió su brazo izquiero, impidiéndole seguir caminando.
—Será mejor que me acompañe voluntariamente —reiteró con su voz robótica.
Suspirando con pavor, Raven dejó botada la maleta y se echó a correr por la calle, pero cayó de espaldas cuando el hombre moreno se teletransportó para quedar justo frente a ella.
—¡Déjame en paz!
Ante la resistencia, el tal 003 extendió su mano enguantada hasta que sus dedos quedaron justo a centímetros del rostro de la chica. De sus dedos brotó un polvo verde somnífero que la dejó inconsciente apenas se mezcló con su oxígeno, sumiéndola en la oscuridad una vez más.