CAPÍTULO 3: EL AROMA DE LA SUMISIÓN

1402 Words
POV DE AURORE Mis manos no dejaban de temblar mientras vertía los aceites esenciales en el agua humeante de la tina de mármol. El aroma del sándalo y el jazmín llenaba el cuarto de baño privado del Príncipe, un lugar tan lujoso que me hacía sentir como una mancha en un lienzo de seda. Cada vez que el agua salpicaba, recordaba el roce rudo de Theron en la despensa apenas unas horas antes. Todavía sentía el escozor entre mis muslos, un recordatorio palpitante de su semilla y de su fuerza. Me sentía sucia, pero no de una forma que el agua pudiera lavar. Era una suciedad que se me metía en los poros, una necesidad pecaminosa de volver a sentir su peso sobre mí, de escuchar cómo me llamaba "suya" mientras me destrozaba la poca dignidad que me quedaba. —¿Está lista el agua, Aurore? Su voz, profunda y cargada de una autoridad que me hacía flaquear las rodillas, resonó tras de mí. Me giré lentamente, bajando la cabeza. Theron estaba de pie en el umbral, ya despojado de su chaqueta. Su camisa de seda estaba abierta hasta la mitad del pecho, revelando la piel bronceada y el vello oscuro que tanto me gustaba acariciar en secreto. —Sí, Su Alteza... —susurré, sin atreverme a mirarlo a los ojos. Él caminó hacia mí, y el aire pareció desaparecer de la habitación. Con una calma exasperante, empezó a desvestirse. Mis ojos, traidores y hambrientos, siguieron cada uno de sus movimientos. Vi cómo sus pantalones caían, revelando sus piernas largas y musculosas, y finalmente, su hombría, que ya empezaba a despertar ante mi presencia. Me sentí arder. El calor que emanaba de la tina no era nada comparado con el fuego que se encendía en mi vientre. —Entra —ordenó él, señalando el agua. —¿Señor? Yo... debo lavarlo desde afuera... —He dicho que entres, Aurore. Con el uniforme puesto. Mi corazón dio un vuelco. ¿Con el uniforme? ¿Esa ropa que él tanto disfrutaba manchar? No me atreví a desobedecer. Me subí los bordes de la falda y entré en la tina. El agua caliente empapó la tela de inmediato, pegándola a mi piel como una segunda capa. El peso del vestido mojado me hacía sentir vulnerable, pesada, totalmente a su merced. Theron entró después de mí, sentándose frente a mí, obligándome a quedar entre sus piernas. —Lávame —siseó, entregándome la esponja—. Y usa esa boquita que Dios te dio para recordarme por qué no puedo casarme con esa Duquesa sin pensar en ti. Mis dedos temblaron cuando empecé a pasar la esponja por sus hombros anchos. El contraste entre la suavidad del jabón y la dureza de sus músculos me hacía jadear. Él me observaba con esos ojos hambrientos, fijos en mis pechos, que ahora eran totalmente visibles a través de la tela blanca y mojada del corpiño de mi uniforme. Los pezones se me marcaron con una agresividad que me avergonzó, pero él solo sonrió con malicia. —Te gusta, ¿verdad? —me susurró, agarrándome de la nuca y acercando mi rostro al suyo—. Te gusta ser mi juguete, ser la criada que el Príncipe usa antes de su boda. —No... yo... —intenté protestar, pero sus dedos se hundieron en mi cabello, tirando con fuerza. —No me mientas. Estás tan excitada que puedo olerlo por encima del jazmín. Theron me obligó a bajar. Mis manos abandonaron la esponja y buscaron su m*****o bajo el agua caliente. Estaba duro como el acero, palpitando bajo mi tacto. Me sentía pequeña, insignificante ante su poder, pero al mismo tiempo, sentía una chispa de triunfo al saber que yo, una simple criada, podía poner de rodillas al heredero al trono. —Úsala, Aurore. Ahora. Me sumergí bajo el agua, el calor envolviéndome mientras mis labios envolvían su hombría. El sabor del agua jabonosa y su esencia masculina me llenaron. Lo hice con desesperación, con el miedo de que cada segundo fuera el último. Theron soltó un gruñido profundo que vibró en el agua, sus manos apretando mis hombros con una fuerza que me hizo gemir bajo la superficie. La "cachondez" era una marea que nos arrastraba a ambos. Él me sacó del agua del cabello, su rostro una máscara de lujuria pura. —Suficiente —jadeó. Me agarró de la cintura y me sentó sobre él, con mis piernas a cada lado de su cadera. El uniforme mojado era una barrera mínima. Sentí su dureza golpeando contra mi entrada, que ya estaba empapada y lista. Con un movimiento brusco, él mismo se guio dentro de mí, desgarrando cualquier rastro de duda. Solté un grito que él ahogó con un beso salvaje, su lengua explorando mi boca con la misma ferocidad con la que su cuerpo invadía el mío. El agua salpicaba fuera de la tina con cada uno de sus movimientos rítmicos y poderosos. —Eres mi perra —decía contra mis labios, sus manos apretando mis pechos a través del uniforme mojado—. Mi pequeña y sucia perra real. El placer era tan intenso que empecé a ver estrellas. Mis uñas se clavaron en sus hombros, dejando surcos rojos en su piel. Me movía con él, entregada a la locura de la tina, olvidando que en cualquier momento alguien podría entrar. La sensación de la tela mojada rozando mis partes íntimas mientras él me penetraba con esa furia posesiva era más de lo que podía soportar. Estaba a punto de estallar, mis paredes apretándolo con fuerza, suplicando por su semilla. —¡Theron! —gemí, echando la cabeza hacia atrás, mi cofia cayendo al agua olvidada. Él aumentó la velocidad, sus ojos clavados en los míos, reclamando no solo mi cuerpo, sino mi alma. Estábamos en el clímax de nuestra impureza, un príncipe y su criada entregados a un deseo que quemaba más que el agua de la tina. De repente, un golpe seco sonó en la puerta principal de los aposentos. ¡Toc, toc, toc! —¡Theron! ¡Hijo! ¿Estás ahí? La Duquesa Celestine acaba de llegar al salón de recepciones. Debes bajar de inmediato. Era la Reina Madre. Su voz, elegante y autoritaria, atravesó la madera de la puerta y llegó hasta nosotros como un cubo de agua fría. Me quedé paralizada, con el corazón martilleando contra mis costillas. Si la Reina entraba y nos veía así... si veía a su hijo reclamando a una criada empapada en su propia tina, mi vida se acabaría en ese mismo instante. Theron, sin embargo, no se detuvo. Al contrario, enterró su rostro en mi cuello y dio tres estocadas finales, tan profundas que sentí que tocaba mi corazón. —¡Theron! ¿Por qué no respondes? —insistió la Reina, y escuchamos el chirrido del picaporte de la antecámara. Estaba entrando al dormitorio. —¡Un momento, Madre! —gritó Theron con una voz sorprendentemente firme, mientras su cuerpo se sacudía dentro del mío, llenándome con su calor ardiente en una liberación explosiva. Él me apretó contra su pecho, su respiración agitada quemándome el hombro, mientras yo intentaba no soltar ni un solo sollozo de terror. Estábamos unidos, empapados, en medio de un charco de agua y pecado, mientras la mujer más poderosa del reino caminaba a solo unos metros de nosotros. —Me estoy vistiendo —continuó Theron, su mirada fija en la puerta del baño—. Baja tú, me reuniré con la Duquesa en diez minutos. Escuchamos los pasos de la Reina alejarse, seguidos por el cierre de la puerta principal. El silencio que quedó era pesado, cargado con el olor de nuestro encuentro y el peligro que acabábamos de esquivar. Theron me miró, y en sus ojos no había arrepentimiento, solo una posesividad aterradora. —Límpiate, Aurore —dijo, dándome un pequeño empujón para que saliera de la tina—. Y prepárate para servir el vino en el banquete. Quiero que me mires a los ojos mientras ella intenta seducirme. Quiero que recuerdes este momento cuando ella me toque la mano. Salí de la tina, con el uniforme pegado al cuerpo y mi dignidad hecha jirones. Pero mientras caminaba hacia la puerta de servicio, sentí el calor de su semilla escurriendo por mis muslos, y supe, con una certeza que me asustaba, que volvería a hacerlo una y mil veces.
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