CAPÍTULO 2: EL MANDATO DEL REY

1495 Words
POV DE THERON El sonido de las trompetas reales resonaba en las paredes de granito del gran salón, pero para mí, cada nota era como un clavo siendo martillado en mi ataúd. Mi padre, el Rey, estaba de pie en el estrado, con su corona de oro brillando bajo las lámparas de cristal, anunciando con una sonrisa de suficiencia la llegada de la Duquesa Celestine. —¡Una unión que sellará la paz de nuestros reinos! —proclamó, mientras los nobles aplaudían como focas amaestradas. Yo permanecía a su lado, con la mandíbula tan apretada que sentía que mis dientes se iban a pulverizar. Llevaba el uniforme de gala, rígido y sofocante, pero lo único que sentía era la humedad residual de Aurore en mi mano, un secreto quemante que se burlaba de toda aquella pompa aristocrática. Mis ojos no estaban en la puerta por la que entraría mi "prometida", sino en los pasillos laterales, buscando una mancha negra y blanca entre la multitud de sirvientes. La vi. Estaba al fondo, sosteniendo una bandeja de plata, con la mirada clavada en el suelo. Estaba pálida, y desde aquí podía ver cómo sus hombros temblaban levemente. Saber que ella sufría por este anuncio me provocó una mezcla retorcida de agonía y triunfo. Quería que le doliera. Quería que supiera que, aunque yo tuviera que ponerle un anillo a otra, ella era la única que poseía mi verdadera y sucia devoción. En cuanto terminó el anuncio y la orquesta empezó a tocar, no esperé a que los nobles se acercaran a felicitarme. Me giré y caminé hacia la salida con pasos de gigante. Mi padre me llamó, pero lo ignoré. Tenía una presión en el pecho que solo una cosa podía aliviar. —Aurore —siseé al pasar por su lado, apenas un susurro que nadie más escuchó. Vi cómo sus ojos se abrían con pánico. Ella sabía lo que significaba ese tono. Me dirigí hacia las cocinas, bajando por las escaleras de piedra que llevaban a los niveles inferiores del castillo, donde el aire era más frío y olía a especias y humedad. Me metí en la despensa trasera, un lugar oscuro, atestado de sacos de grano, barriles de vino y estantes cargados de conservas. Era un laberinto de sombras donde la luz de las antorchas apenas llegaba. Cerré la puerta de roble pesado y esperé. Diez segundos después, la puerta se abrió un centímetro y ella entró, deslizándose como un fantasma. —Su Alteza... no debería estar aquí, lo buscarán... —susurró, con la voz quebrada. No respondí con palabras. Me lancé hacia ella, atrapándola antes de que pudiera dar un paso más. La empujé contra los estantes de madera con tal fuerza que los frascos de vidrio tintinearon peligrosamente. El olor de la despensa —canela, clavo y polvo— se mezcló con el aroma de su miedo, y mi "cachondez" estalló de nuevo, más salvaje que en mis aposentos. —¿Escuchaste a mi padre, verdad? —le rugí al oído, hundiendo mi rodilla entre sus muslos para separarle las piernas a través del uniforme—. ¿Escuchaste cómo me entregaba a esa mujer como si fuera una maldita propiedad? —Sí... —sollozó ella, intentando apartar la cara, pero yo la agarré del cabello, obligándola a mirarme en la penumbra. —Mírame, Aurore. Mírame a los ojos mientras esa zorra llega a mi palacio. Tú crees que esto cambia algo, pero te equivocas. —Solté su cabello para bajar mi mano con violencia, desgarrando el delantal blanco de un tirón. El sonido de la tela rompiéndose fue como música para mi rabia—. Ella podrá llevar mi apellido, pero tú vas a llevar mi marca. Voy a dejarte tan llena de mí que, cuando ella me toque, solo sentirá tu rastro en mi piel. Me deshice de mi chaqueta de gala, dejándola caer sobre el suelo sucio. No me importaba la seda ni el oro. Me desabroché los primeros botones de la camisa, sintiendo la necesidad de aire, de piel, de ella. Aurore estaba temblando contra la pared de piedra, pero sus manos no me empujaban; se aferraban a mis antebrazos con una desesperación que me decía que ella también necesitaba este castigo. —Levántate la falda —ordené, mi voz sonando como un animal herido. —Theron, por favor... los guardias están cerca, están patrullando los pasillos de servicio... —¡He dicho que te levantes la maldita falda! —la interrumpí, mi paciencia evaporada. Ella obedeció con dedos temblorosos, subiendo la tela negra hasta que quedó amontonada en su cintura. Debajo, solo llevaba unas medias de lana fina y su piel blanca, que brillaba en la oscuridad como la luna. Sin preámbulos, me desabroché los pantalones. Mi hombría saltó, tensa y dolorosa, golpeando contra su vientre. No hubo preliminares suaves esta vez. La ira me dictaba cada movimiento. La giré bruscamente, obligándola a apoyarse contra un barril de vino. Sus manos buscaron apoyo entre los sacos de harina mientras yo me posicionaba detrás de ella. La imagen era lo más sucio y excitante que había visto jamás: mi pequeña y pulcra criada, doblada en una despensa oscura, esperando ser reclamada como una esclava. —Si gritas, nos descubrirán —le siseé, bajando mi rostro para lamer la curva de su espalda, justo donde el uniforme terminaba—. Y si nos descubren, me cortarán la cabeza. Pero antes de que eso pase, voy a asegurarme de que nunca puedas volver a caminar sin recordar cómo se siente mi peso sobre ti. La penetré de una sola estocada, sin avisar, sin lubricación, solo con la fuerza bruta de mi obsesión. Aurore soltó un grito que ahogó contra la madera del barril. El dolor inicial se transformó rápidamente en un placer agudo y punzante mientras yo empezaba a embestirla con una cadencia salvaje. Cada golpe de mis caderas contra sus nalgas resonaba en el silencio de la despensa. —Eres mía —decía con cada embestida, mi voz entrecortada—. Mía, Aurore. Ni de Dios, ni del Rey, ni de nadie. Solo mía. La "cachondez" se volvió insoportable. Mis manos buscaban sus pechos por debajo del uniforme revuelto, apretándolos con una fuerza que sabía que dejaría huellas. Ella gemía de forma rítmica, un sonido húmedo y desesperado que se mezclaba con el crujido de la madera y el tintineo de los frascos en los estantes. Estábamos en el límite de la cordura, a pocos metros de donde la corte celebraba mi futuro matrimonio, cometiendo el acto más impuro que un príncipe podría imaginar. —Dilo... —le exigí, dándole un tirón al cabello para que echara la cabeza hacia atrás mientras seguía moviéndome dentro de ella—. Dime que no quieres a ninguna otra mujer en mi cama. Dime que eres mi perra personal. —¡Soy tuya! —gritó ella, olvidando el peligro, entregada al éxtasis que yo le estaba provocando—. ¡Solo tuya, Theron! ¡Ahhh! En ese momento, el sonido de botas pesadas resonó en el pasillo exterior. Los guardias reales estaban haciendo su ronda nocturna. Se detuvieron justo frente a la puerta de la despensa. —¿Has oído eso? —preguntó una voz de hombre al otro lado de la madera. Aurore se congeló. Sus ojos se abrieron con un terror absoluto. Estábamos a centímetros de la muerte social, de la ejecución. Pero ver su miedo, sentir cómo sus paredes vaginales se contraían alrededor de mí por el susto, solo hizo que mi clímax se disparara. No me detuve. Al contrario, enterré mi rostro en su cuello y di las últimas tres estocadas con una profundidad destructiva. —¿Habrá sido una rata? —dijo el otro guardia. Me corrí dentro de ella con una fuerza que me hizo temblar, llenándola hasta el borde, reclamando cada centímetro de su interior mientras los guardias seguían charlando al otro lado de la puerta. Aurore estaba paralizada, con las uñas clavadas en la madera, soltando sollozos silenciosos mientras sentía mi semilla caliente inundarla. —Sí, debe ser una rata. Sigamos. El sonido de las botas se alejó lentamente. Nos quedamos en silencio, solo con el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el goteo de un barril cercano. Me retiré lentamente, sintiendo el vacío que dejaba en ella. Aurore se desplomó contra el barril, sollozando, con el uniforme manchado y la mirada rota. —Límpiate —dije, recuperando mi frialdad mientras me subía los pantalones—. Y prepárate. Mañana tienes que bañarme antes del baile. Y quiero que uses esa boquita para terminar lo que hoy empezaste. La dejé allí, en la oscuridad de la despensa, con el olor de nuestro pecado rodeándola. Salí al pasillo, me acomodé la camisa y subí las escaleras. Mi "prometida" me esperaba arriba, pero yo ya tenía lo que quería: el alma y el cuerpo de la mujer que el mundo llamaba criada, pero que yo llamaba dueña.
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