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Embarazada del Enemigo de mi Padre

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Blurb

Valeria Marquez caminó hacia el despacho de su enemigo para salvar a su padre. Lo que no esperaba era quedar atrapada en la obsesión de Mateo Rossi.

El joven capo despiadado ve en ella más que a una mujer: ve a una reina digna de su imperio oscuro. Una noche en su cama se convierte en 30 días de cautiverio de lujo. Una noche se convierte en un embarazo secreto. Un embarazo secreto se convierte en la fuga más peligrosa de su vida.

Pero Mateo Rossi no olvida lo que es suyo.

Cuando la encuentra años después, con su hijo en los brazos, no hay negociación. No hay escape. Solo la promesa de fuego, sangre y un matrimonio forzado que podría salvarlos o destruirlos a ambos.

Porque en el mundo de la mafia, el amor no es una emoción, es una arma.

Y Valeria está a punto de descubrir que es mucho más peligrosa de lo que jamás imaginó.

Dark romance. Forced proximity. Secret pregnancy. Enemies to lovers. Una sola noche cambió todo. Ahora nada volverá a ser igual.

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EL DESPACHO DEL ENEMIGO
El ascensor del rascacielos Rossi subía con una velocidad que hacía que los oídos de Valeria crujieran. Piso 47. La cifra parpadeaba en números dorados, y cada número que pasaba sentía como si fuera atravesando capas del infierno hacia el trono del demonio. Se miró las manos. Estaban temblando. Mantén la compostura. Se lo repetía como un mantra, como un rezo a un dios que no creía que existiera. Tu padre depende de ti. Solo tienes que entrar, negociar y salir. Simple. Cuidado. Imposible. Los espejos del ascensor la devolvían un reflejo que casi no reconocía. La Valeria que veía era una mujer de veinticuatro años, cabello castaño oscuro recogido en un moño perfecto, vestida con un traje de negocios gris que había costado más de lo que podía permitirse. Los ojos, sin embargo, esos ojos que miraban hacia atrás eran los de alguien que no había dormido en tres días. Porque no había dormido en tres días. Cuando su padre le había dicho las palabras —“Estoy en deuda con Mateo Rossi. Me debo cinco millones de dólares en treinta días o me mata”— ella había sentido como si el piso se abriera bajo sus pies. Su padre, Vincenzo Marquez, había sido una vez el capo más temido de la costa oeste. Ahora era un hombre destrozado, bebiendo su furia en whisky caro, viendo cómo su imperio se desmoronaba ladrillo a ladrillo. Y de alguna manera, eso lo había vuelto más peligroso. Pero Mateo Rossi… Mateo Rossi era diferente. Era la nueva generación de depredadores en este mundo, el tipo de hombre que no solo ganaba guerras sino que las reescribía en su favor. Su padre le había contado historias en susurros borrachos. Cómo Mateo había tomado una familia pequeña de traficantes y la había transformado en un imperio que rivalizaba con la suya. Cómo había destruido competidores no solo matándolos, sino humillándolos, dejándolos vivos para que otros vieran lo que sucedía cuando desafiaban a los Rossi. Y ahora Valeria iba a caminar directamente a su despacho. El ascensor emitió un sonido suave. Piso 47. Las puertas se abrieron a un vestíbulo que parecía diseñado para intimidar. Pisos de mármol n***o y blanco, techos altísimos con lámparas de araña de cristal que reflejaban la luz de la ciudad de San Francisco a través de enormes ventanales. Una recepcionista, rubia y hermosa de una manera peligrosa, levantó la vista. “¿Valeria Marquez?” preguntó, como si no fuera una pregunta. Como si ya supiera exactamente quién era Valeria, por qué estaba aquí, y qué la había impulsado a atravesar esa línea de fuego. Valeria asintió. “Él está esperando. Última puerta a la derecha.” Por supuesto que está esperando, pensó Valeria mientras sus pies la llevaban hacia adelante. Ha estado esperando esto. El pasillo se extendía interminablemente. Sus tacones de aguja hacían clic contra el mármol, y cada sonido parecía una cuenta regresiva para su propia perdición. Pinturas caras adornaban las paredes —arte moderno que probablemente valía más que la vida de su padre. Esto era lo que significaba ganar en este mundo. Esto era el trofeo. La puerta al final del pasillo era de roble oscuro, macizo, con un marco de oro antiguo. Valeria levantó la mano para llamar, pero antes de que sus nudillos pudieran tocar la madera, la puerta se abrió. “Entra,” dijo una voz desde el interior. Profunda, sedosa, peligrosa. Ella entró. El despacho de Mateo Rossi era exactamente lo que ella había imaginado: arquitectura de poder. Las paredes eran negras, con molduras doradas que brillaban bajo la luz de apliques elegantes. Su escritorio era un monolito de vidrio y acero, limpio, precisamente organizado. Detrás de él, una pared de ventanales mostraba la ciudad que se extendía como un reino conquistado. Y sentado en la silla de cuero n***o detrás de ese escritorio estaba él. Mateo Rossi. La primera cosa que notó fue que era más hermoso de lo que ella esperaba. En las fotos que había visto —noticias de negocios, publicaciones de crimen organizado, artículos sobre la familia Rossi— se veía peligroso. En persona, era devastador. Tenía el cabello oscuro, casi n***o, cortado corto en los lados pero lo suficientemente largo en la parte superior para verse deliberadamente descuidado. Sus ojos eran el color del ámbar oscuro bajo la lluvia, intensos de una manera que hacía que se sintiera como si la estuviera diseccionando mentalmente. Su mandíbula era cuadrada, perfectamente definida, con una sombra de barba de un día que le daba un aire de maldad contenida. Llevaba un traje que probablemente costaba más que el coche de Valeria —n***o, perfecto, con una corbata de seda roja oscura que parecía un río de sangre. Se levantó cuando ella entró, un gesto de cortesía que parecía completamente incongruente con lo que sabía sobre él. “Valeria Marquez,” dijo, sus ojos recorriendo su cuerpo desde los pies hasta la cabeza. “Finalmente nos conocemos.” Su voz era exactamente como había imaginado: peligrosa, sedosa, el tipo de voz que te hipnotizaba mientras te clavaba un cuchillo en el pecho. “Señor Rossi,” respondió ella, escogiendo cuidadosamente sus palabras. “Agradezco que haya aceptado reunirse conmigo.” Él sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa de depredador que ve a su presa caminar voluntariamente a su trampa. “¿Agradecer?” Rodeó el escritorio, y Valeria tuvo que luchar contra el instinto de retroceder. “Tu padre no te enseñó buenos modales. No deberías agradecer a un hombre que tu padre intenta estafarme.” El corazón de Valeria aceleró. “Mi padre quería pagarle. Tuvo algunos reveses en los negocios—” “Reveses,” interrumpió Mateo, riendo suavemente. Pasó junto a ella, lo suficientemente cerca para que pudiera oler su colonia —algo oscuro, con notas de ámbar y cuero— y se apoyó contra el escritorio. “Es una forma elegante de decir que tu padre apuesta dinero que no tiene en caballos que pierden. Es una forma elegante de decir que es un hombre desesperado que ya no es lo que una vez fue.” “Él puede pagarle,” insistió Valeria, peleando contra el temblor en su voz. “Solo necesita tiempo.” Mateo volvió a reír, esta vez más suavemente. “¿Tiempo? Hermosa, he visto a hombres como tu padre durante años. Hombres que fueron grandes una vez. Hombres que ahora son solo ecos de lo que solían ser. El tiempo no los ayuda. Los consume.” Dio un paso hacia ella. Valeria se sostuvo firme, aunque cada centímetro de su cuerpo gritaba que corriera. Su padre le había enseñado a negociar. Le había enseñado a nunca mostrar miedo, sin importar cuánto estuvieras aterrado. Ahora, mirando a este hombre —este hermoso, peligroso, mortal hombre— entendía por qué esa lección era tan importante. “¿Cuál es el punto de esta reunión?” preguntó Mateo, levantando una mano y tocando su barbilla con un dedo. Su toque era suave, deliberado. “Ciertamente no es para decirme lo que ya sé. Tu padre debe dinero. No puede pagarlo. Pronto estará muerto. ¿A menos que…?” Sus ojos se encendieron con diversión malvada. “¿A menos que tengas algo que ofrecerme que valga cinco millones de dólares?” El aire en la habitación pareció espesarse. Valeria sabía que era esto. Sabía por qué su padre le había dicho que fuera ella quien se reuniera con Mateo, no él. Sabía que su padre esperaba que ella hiciera esto, aunque nunca lo diría en voz alta. Sabía que, en este mundo oscuro en el que habían nacido, las mujeres eran exactamente un tipo de moneda. Reunió todo el coraje que tenía. “¿Qué quiere, señor Rossi?” Mateo sonrió. Fue una sonrisa lenta, predatoria, hermosa. “Eso es mejor,” murmuró. “Al menos tienes algo de inteligencia. Tú eres lo que va a salvar a tu padre, Valeria. Tú serás el pago.” No dijo cómo. No necesitaba hacerlo. Sus ojos lo decían todo mientras la observaban, posesivamente, como si ya la reclamara. “¿Y cuál es exactamente el pago que espera?” preguntó Valeria, aunque sabía la respuesta. La sabía con cada fibra de su ser, con la forma en que sus pulmones se apretaban y su corazón acelerado la delataba. Mateo dio un paso más cerca. Estaban casi tocándose ahora. Ella podía ver la línea de su mandíbula, el pequeño lunar en su cuello, la cicatriz fina que corría por su sien izquierda. Cicatrices de guerras que había ganado. “Una noche,” dijo suavemente. “Una noche, en mi cama, haciendo exactamente lo que yo quiera. Y entonces, la deuda de tu padre se cancela. Él vivirá. Su imperio no, pero él vivirá.” Valeria sintió como si su corazón hubiera dejado de latir. “Eso es…” comenzó a decir, pero no podía terminar. Porque no era ilegal, no en este mundo. Porque era exactamente lo que ella había preparado su mente para hacer si era necesario. “¿Degradante?” completó Mateo, levantando su mano y tocando su mejilla con la punta de su dedo. Su contacto era suave, pero su mirada era como fuego. “Probablemente. ¿Traumático? Tal vez. ¿Lo suficientemente valioso para salvar la vida de tu padre?” Dio un paso atrás. “La elección es tuya, hermosa. Pero tienes veinticuatro horas para decidir.”

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