CAPÍTULO 16 "Los que comparten el peso"

1041 Words
La mañana llegó sin calma. El Consejo se reunió antes de que el sol tocara las ventanas altas. Nadie habló de descanso. Nadie habló de dudas. Solo de resultados. —Hoy se intenta el ritual —anunció Serin—. Pero con una diferencia: no vamos a forzar el vínculo. Vamos a dejar que nazca. Damián miró a Elías. Ninguno dijo nada. Pero los dos sabían lo que significaba: uno de ellos iba a convertirse en segundo portador. Y tal vez… no habría marcha atrás. La portadora cicatrizada extendió dos bandas de cuero oscuro, grabadas con símbolos casi invisibles. —Esto no es protección —explicó—. Es memoria. Guarda el dolor… para que no olviden que están eligiendo. Aria tragó saliva. El juramento en su piel vibró, como si escuchara. El ritual no se haría en la torre. Sino en el santuario subterráneo: allí donde una luna artificial brillaba siempre, suspendida sobre el altar. El lugar parecía respirar. Velas, agua clara, y un círculo de piedra que había visto demasiados sacrificios. —Aria al centro —ordenó Serin. Ella avanzó. El suelo estaba frío bajo sus pies. El peso del juramento comenzó a despertar. Elías dio un paso hacia adelante… Pero Damián lo hizo también. Los dos, uno a cada lado de ella. El silencio cayó pesado. —Los dos no pueden —advirtió Serin. Damián sostuvo la mirada de Aria, sin esconder nada. —No quiero verte morir. Elías, quieto, agregó: —Yo tampoco. La portadora cerró los ojos, meditando algo que sólo ella parecía entender. —El juramento puede probar —dijo despacio—. Elegirá él. Aria sintió un vuelco en el estómago. Probar. Eso significaba dolor. Eso significaba riesgo. Pero asintió. —Acepto. El círculo se encendió. Luz suave. Un pulso lento. Serin pronunció palabras antiguas. La portadora colocó las bandas de cuero, una en la muñeca de Elías, otra en la de Damián. El aire se tensó. El juramento se abrió dentro de Aria. Una corriente. Un río oscuro que buscaba cauce. El primer latigazo golpeó a Elías. Su cuerpo se arqueó. No gritó, pero la mandíbula tembló. El segundo golpe fue hacia Damián. Él apretó los dientes. Un susurro se escapó: —Dale. Aria sintió ambas presencias. Elías: cálido, protector, lleno de miedo… pero dispuesto a entregar todo. Damián: firme, brutalmente honesto, dispuesto a quemarse si eso la salvaba. La marca ardió. El juramento eligió. Un haz de luz —fino como aguja— se dirigió… a los dos. Serin se quedó sin aire. —Eso… eso no es posible. La portadora abrió los ojos, asombrada. —Está dividiendo el peso. El vínculo empezó a tejerse. Hilos invisibles entre los tres. Aria sintió sus corazones. Sus pensamientos más crudos. Sus miedos. El amor de Elías, claro, abierto… casi doloroso en su pureza. La lealtad de Damián, feroz, silenciosa… como un lobo que muerde su propio costado para seguir de pie. Su respiración se aceleró. Era demasiado. Demasiado profundo. Demasiado íntimo. La sombra lo sintió. Y vino. La luna artificial se oscureció. El círculo vibró. Un murmullo llenó el santuario, como miles de voces repitiendo el mismo deseo. Puedo hacerlo mejor que ustedes. Aria sintió una mano helada rozarle la mente. Vio un futuro. Ella, vieja antes de tiempo. Elías roto. Damián vacío. El mundo en silencio. Sin guerras. Sin dolor. Sin libre albedrío. La sombra habló, dulce: —Soltá. Yo cargo con todo. Elías gritó: —¡No lo escuches! Damián tiró del vínculo, trayéndola de vuelta. La marca brilló con un dolor hermoso. Aria levantó el rostro. —No confío en vos. La sombra se detuvo. Sorprendida. Lastimada. Ya aprendí tanto… —Pero todavía no sabes perder —dijo Aria—. Y quien no puede perder… no puede cuidar. El juramento rugió. La energía retrocedió, cortando el contacto. La luna volvió a brillar. Y el círculo se estabilizó. La portadora exhaló, temblando. —Se selló. Serin miró los símbolos. —El vínculo está hecho. Los tres comparten el peso. Elías se desplomó sobre una rodilla. Damián cayó apoyando una mano en el suelo. Aria sintió algo increíble: no perdió nada. Las semanas robadas se detuvieron. Su cuerpo, cansado… pero entero. Elías levantó la vista, sudor en la frente. —Seguís acá. —Seguimos —corrigió Aria. Damián soltó una risa breve, incrédula. —Entonces que venga lo que sigue. Pero el triunfo duró poco. Cuando subieron de nuevo a la torre, Serin encontró un pergamino roto junto a la sala de runas. Un sello arrancado. Un nombre. Uno que Aria no esperaba. El anciano del Consejo —el mismo que la había defendido— había sido el saboteador. No por maldad. Por miedo. —Si la puerta entra —dijo él, al ser descubierto— el mundo sufre. Si la puerta muere… sufrimos nosotros. Yo solo estaba retrasando lo inevitable. Aria lo miró. Y no vio un enemigo. Vio un hombre que llevaba demasiado tiempo decidiendo por otros. —Ya no decide usted —dijo suavemente—. Decide el juramento. Y decidimos nosotros. El anciano bajó la cabeza. Aceptó. Y, sin embargo, Aria sintió cómo algo se movía detrás de sus ojos: No arrepentimiento. Resignación. Como si supiera que todavía faltaba la herida más grande. Esa noche, cuando el castillo quedó en penumbras, Elías y Aria se quedaron solos en la galería alta. El vínculo nuevo brillaba tenue, como brazalete invisible. —¿Cómo te sentís? —preguntó él. —Ligera —respondió ella—. Y al mismo tiempo… más responsable que nunca. Elías tomó su rostro entre sus manos. —Entonces vamos a cargarlo juntos. El beso fue distinto. No desesperado. No temeroso. Sólido. Real. Y cuando se separaron, Aria apoyó la frente en su hombro. —Prométeme algo. —Lo que quieras. —Si el juramento pide algo imposible… me decís la verdad. Aunque me duela. Elías cerró los ojos. —Te lo prometo. A unos pasos, sin que ellos lo notaran, Damián los observó en silencio. Algo le ardía en el pecho. No celos. Sacrificio. La certeza de que, llegado el día… él sería el que tendría que sangrar primero. Y bajo la torre, invisible y paciente… la sombra aprendía. Más rápido. Más humano. Más peligrosa.
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