Amaneció sin canto de aves.
Solo viento.
El santuario parecía contener la respiración, como si también supiera que algo estaba por romperse.
Serin habló primero:
—Tenemos dos opciones: entregar una respuesta… o irnos antes de que el Consejo venga.
Elías negó, seco.
—Si nos vamos, nos siguen. Y si nos quedamos, nos cercan.
Damián miró a Aria.
—Entonces decidimos con ella. No por ella.
La marca se calentó bajo su piel, como aprobando.
Pero Aria no habló.
Todavía no.
Cuando terminaron de debatir estrategias que no parecían estrategias, Elías salió a tomar aire. Aria lo siguió sin pensarlo.
El bosque olía a lluvia que no caía.
—No dormiste —dijo él, sin girarse.
—Vos tampoco.
Se quedaron en silencio, mirando el mismo punto invisible entre los árboles.
Finalmente, Elías habló.
—Antes del juramento… hice algo que el Consejo no me perdonó.
Aria lo miró.
—¿Qué?
Su mandíbula se tensó.
—Elegí salvar a alguien… aunque el protocolo decía que debía dejarlo morir. —Rió sin humor—. Y tenía razón. Sobrevivió… pero el sello quedó inestable. Y esa persona… no volvió a ser la misma.
Una sombra cruzó sus ojos.
Culpa.
—Desde entonces, me ofrecí para portador. Pensé que… si entendía el juramento, si aprendía a controlarlo… tal vez un día arreglaría el daño que hice.
La miró, directo.
—Pero con vos no puedo pensar como guardián. No puedo ser frío. No puedo dejarte sola, aunque sea lo correcto.
Su voz se quebró apenas.
—Me importas. Mucho más de lo que debería.
Aria sintió el mundo inclinarse.
Lo había intuido. Pero escucharlo… lo volvía peligroso.
—Entonces no me mientas —susurró—. Decime si crees que el Consejo tiene razón.
Elías cerró los ojos un segundo.
Y dijo la verdad:
—Sí. —Tragó—. Creo que podés romper algo que nadie sabe arreglar. Pero también creo que sos la única que puede evitarlo.
La contradicción dolía.
Y era honesta.
Aria respiró hondo.
—Gracias por no decidir por mí.
Él sonrió, triste.
—Ese es el punto. Que vos elijas… aunque me destruya.
Un trueno lejano retumbó.
Y supo que era hora de decir lo siguiente.
Damián estaba en el patio de piedra, entrenando solo. Rabia contenida. Precisión brutal.
Aria lo observó unos segundos.
—Siempre peleas contra algo —dijo, acercándose—. Aun cuando no hay nadie.
Él bajó la mirada.
—Si paro, pienso.
Ella se cruzó de brazos.
—Quiero que pienses.
Damián dejó caer el arma.
—No debería estar acá —murmuró—. Un Alfa no abandona a su manada.
—No la abandonaste. Te expulsaron por protegerme.
Su silencio confirmó más de lo que dijo.
Aria dio un paso más.
—Quiero que me digas la verdad. Toda.
Damián respiró hondo, como si se preparara para una pelea que ya sabía perdida.
—El Consejo no me obligó a rechazarte. Yo… lo pedí primero.
Aria sintió un golpe en el pecho.
—¿Por qué?
Sus ojos, por fin, la miraron sin barreras.
—Porque te vi. No como portadora. No como arma. —Su voz se hizo áspera—. Te vi como mi destino. Y el destino de un Alfa arrastra a todos los que ama. Si algo te pasaba… mi manada se habría desangrado por seguirme.
Se apartó.
—Prefiero que me odies… antes de condenar a todos.
Las palabras la atravesaron.
No era cobardía.
Era sacrificio.
Cruel.
Imperfecto.
Real.
—No te odio —dijo ella, con un hilo de voz.
Damián rió, incrédulo.
—Deberías.
Aria negó.
—Te lastimaste para salvarlos… y me lastimaste para salvarme. Pero no decidiste conmigo. Me dejaste sola.
Eso sí dolía.
Damián asintió, derrotado.
—Y me voy a arrepentir toda la vida.
Hubo un silencio que pedía algo más.
Algo que él ya no pudo contener.
—Todavía te elijo —confesó, bajo, peligroso—. Aunque no me quieras. Aunque lo elijas a él. Aunque tenga que verlos.
Sus manos temblaron.
No la tocó.
Pero lo dijo.
Y el aire cambió.
Esa noche, Aria no huyó de las palabras.
Se sentó frente al sello, respiró… y habló con ambos.
—No soy una reliquia para encerrar. Tampoco un premio para que se peleen. —La marca brilló—. Voy a enfrentar al Consejo. Pero no para obedecer… sino para preguntar qué me están ocultando.
Elías asintió, orgulloso y asustado.
Damián apretó los puños.
—Si intentan tocarte—
—Negociamos primero —lo interrumpió ella—. Luchamos después.
Serin suspiró.
—Entonces mañana… viajamos a la Torre Alta.
Nadie lo dijo en voz alta.
Pero todos entendieron lo mismo:
esa decisión no tenía marcha atrás.
Cuando se dispersaron, Aria se quedó sola un instante.
La sombra se movió suavemente bajo su piel.
Y, por primera vez, fue ella quien habló primero.
—No quiero perderlos —susurró.
El juramento latió.
No amenaza.
No hambre.
Otra palabra.
“Elección.”
Aria cerró los ojos.
Y respondió:
—Entonces abrimos la puerta… en mis términos.
El sello palpitó más fuerte.
Como si aceptara.
Como si, por primera vez, no estuviera en contra.
A lo lejos, en algún lugar del mundo,
la otra puerta respondió.
Y el eco llegó…
como una promesa.
O una advertencia.