Amaneció sin canto de aves. Solo viento. El santuario parecía contener la respiración, como si también supiera que algo estaba por romperse. Serin habló primero: —Tenemos dos opciones: entregar una respuesta… o irnos antes de que el Consejo venga. Elías negó, seco. —Si nos vamos, nos siguen. Y si nos quedamos, nos cercan. Damián miró a Aria. —Entonces decidimos con ella. No por ella. La marca se calentó bajo su piel, como aprobando. Pero Aria no habló. Todavía no. Cuando terminaron de debatir estrategias que no parecían estrategias, Elías salió a tomar aire. Aria lo siguió sin pensarlo. El bosque olía a lluvia que no caía. —No dormiste —dijo él, sin girarse. —Vos tampoco. Se quedaron en silencio, mirando el mismo punto invisible entre los árboles. Finalmente, Elías habló.

