CAPÍTULO 12 "La torre que escucha"

988 Words
El camino hacia la Torre Alta no tenía pájaros. Ni insectos. Ni vida. Solo una quietud tan densa que hacía crujir los huesos. El edificio apareció primero como una sombra… luego como un colmillo de piedra clavado en el cielo. Runas blancas rodeaban la torre, respirando como si fueran pulmones antiguos. Serin habló en voz baja: —Una vez que crucemos, el juramento nos delata. Nos sentirán. Elías miró a Aria. —Podemos dar media vuelta ahora. Damián no dijo nada. Pero sus ojos ya habían elegido: sí entraban, él entraba con ella. Aria dio un paso. —No nací para esconderme. Las runas se abrieron como un párpado. Y la torre los dejó pasar. En el interior, los pasillos eran altos, fríos, llenos de ecos que no correspondían a voces humanas. La primera sala estaba ocupada por figuras encapuchadas, sentadas alrededor de un círculo de plata. No parecían soldados. Parecían cansados. Uno de ellos habló: —La portadora. Su voz no tenía odio. Tenía miedo. Aria no bajó la mirada. —Vine a hablar. No a rendirme. Las capas se movieron. Murmullos. Otra figura, más vieja, levantó la mano. —Nosotros no pedimos tu creación —dijo—. La heredamos. Damián frunció el ceño. —Entonces ¿quién lo hizo? La respuesta cayó como una piedra al agua: —Las primeras manadas. Elías se tensó. —Eso es imposible. —No —dijo el anciano—. Los Consejos nacimos después. Cuando comprendimos que los juramentos se volvían salvajes. Señaló el suelo. Grabados antiguos mostraban círculos rotos, cuerpos arrodillados, lunas fragmentadas. —Intentamos corregir lo que ya existía. Aria sintió la sombra latir bajo su piel, inquieta… como si recordara. —Entonces yo… —susurró— no soy un arma del Consejo. —No —respondió el anciano—. Sos su intento desesperado de frenar una catástrofe. Un silencio afilado. Elías dio un medio paso hacia ella, como si pudiera sostenerla con solo estar cerca. Damián apretó la mandíbula. —¿Qué catástrofe? Las luces temblaron. Y, por un instante, todos escucharon algo: un latido, profundo, distante. No de ella. No de la torre. Algo más allá. —La otra puerta —dijo Serin, pálido. El anciano asintió. —El primer juramento que se rompió… no se disipó. Se corrió. Buscó otro cuerpo. Otra luna. Otro mundo si fuera necesario. Miró a Aria. —Y ahora te reconoce. La marca ardió. No con dolor. Con reconocimiento. Aria respiró hondo. —Entonces díganme la verdad completa. El anciano cerró los ojos, agotado. —Si la puerta del “hambre” encuentra la tuya… no te devora. Te usa. Y el mundo no muere… se arrodilla. Elías tragó. —Por eso la encierran. —Por eso la protegen —corrigió el anciano—. Aunque parezca lo mismo. Aria sintió algo quebrarse. No un hueso… una certeza. Serin miró al Consejo. —Entonces necesitamos un plan que no la sacrifique. Un murmullo indignado cruzó la sala. Y fue allí cuando una voz diferente intervino: —No existe. Todos voltearon. Una mujer joven, sin capa, cicatrices en el cuello, los observaba con una mirada tranquila. —Yo fui portadora —dijo. Elías se quedó helado. Damián tensó los hombros. La mujer se acercó a Aria. —Sobreviví. Pero no elegí. Me eligieron. Tocó su pecho, justo donde estaría una marca apagada. —Lo que te hace peligrosa… es precisamente lo que puede salvarte: decidís. Aria quiso hablar. Pero en ese instante, la torre tembló. Las runas gritaron. El aire se rajó. El anciano palideció. —Es demasiado pronto. Elías se adelantó. —¿Qué pasa? La mujer portadora respondió sin parpadear: —La otra puerta… te encontró. La sombra bajo la piel de Aria se retorció, ansiosa. Como un animal que olía hogar. Damián se acercó a ella, instintivo. —No te la lleves —le dijo al aire—. No mientras yo respire. La marca respondió. Un latido contra su palma. Aria apretó los dientes. —No voy a abrir nada. Y entonces, la voz habló. No desde afuera. Desde adentro. —No vengo a romperte. Vengo a completarte. Las paredes se agrietaron. Algunos miembros del Consejo huyeron. Otros rezaron. La portadora cicatrizada tomó el rostro de Aria entre sus manos. —Escucha… pero no obedezcas. Son cosas distintas. Elías ya estaba a su lado, su mirada fija, transparente. —Estoy acá. Elegí conmigo si dudas. Damián apoyó la frente en la de ella, apenas un segundo —límite frágil, pero real. —Si te perdés… voy a buscarte. El mundo se volvió más quieto. La sombra se arqueó. Y Aria habló, al fin: —No sos mi destino. Sos mi prueba. El aire explotó con luz. No blanca. No negra. Algo que no tenía nombre. El juramento ardió… pero no se rompió. La otra puerta retrocedió. Herida. Intrigada. Esperando. Aria cayó de rodillas, jadeando. Elías la sostuvo. Damián la ancló. El Consejo se quedó en silencio, derrotado y admirado a la vez. La portadora cicatrizada sonrió, cansada. —La retrasaste. Nadie había hecho eso. Aria levantó la vista. —Entonces no estoy condenada. El anciano negó suavemente. —No. Pero ahora… está mirando solo vos. Un peso nuevo cayó sobre el aire. No amenaza. Responsabilidad. Elías cerró los ojos, como quien sabe que lo que siente ya no puede guardarse: —Si esto nos destruye, prefería haberlo dicho —susurró—. Te amo. Damián apretó los ojos, dolido… pero no se apartó. —Y yo… no sé vivir sin vos —confesó—. No como Alfa. Como hombre. Aria no respondió. No aún. Porque en su pecho, entre dos corazones y una sombra que aprendía… otra verdad estaba germinando. No podía salvarlo todo. Y tendría que elegir. No a quién amar. Sino a quién perder. La torre se quedó quieta. Solo por un instante. Antes de que el siguiente movimiento del destino empezara.
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