La noche cayó demasiado rápido sobre la Torre Alta.
Como si alguien hubiera apagado el cielo.
El Consejo selló las puertas con capas de runas nuevas, pero el aire seguía vibrando… como si algo caminara afuera, midiendo el lugar, oliendo grietas.
Serin revisaba pergaminos y placas, tirando de su cabello.
—Nada fue preparado para esto —murmuraba—. Sellar, contener… pero no dialogar con una puerta viva.
Damián vigilaba el corredor principal, los sentidos en alerta.
Cada ruido lo hacía erizarse.
Elías estaba cerca de Aria.
Siempre a un paso.
No la tocaba, pero su presencia era ancla.
La portadora cicatrizada, sentada en silencio, observaba a Aria como quien mira una tormenta y aprende sus nubes.
—Sentís algo raro —dijo de pronto.
Aria se sobresaltó.
Porque era verdad.
Un cansancio denso, que no era solo fatiga.
El juramento, cada vez que lo usaba… parecía arrancar algo interno y guardarlo en un lugar que ella no podía ver.
—Estoy… más lenta —confesó.
Serin levantó la vista —y por primera vez, no ocultó el temor.
—Eso es el precio.
Todos se volvieron.
—¿Qué precio? —preguntó Elías, con voz tensa.
El consejero señaló la marca.
—Cada vez que contienes a la sombra… parte de tu tiempo se va.
Aria parpadeó.
—¿Mi… tiempo?
La portadora asintió.
—No envejeces más rápido. Pero tu cuerpo recuerda el desgaste… como si hubiera cruzado una guerra cada vez.
Damián apretó los dientes.
—¿Cuánto pierde?
Serin no pudo mentir.
—Horas. Días. Tal vez semanas. Nadie lo sabe.
Elías dio un paso adelante.
—Entonces no lo hace más. Se acabó.
Aria respiró hondo.
—Si no lo hago… el mundo paga el precio por mí.
Hubo silencio.
Doloroso.
Honesto.
La discusión se interrumpió con un estruendo.
Como un golpe contra la realidad.
Las runas de la torre se oscurecieron una tras otra, en cadena.
El anciano del Consejo palideció.
—Ya está aquí.
Una grieta enorme se abrió en el aire, no en las paredes.
Como si la noche, cansada de quedarse afuera, decidiera entrar.
Del otro lado, no había paisaje.
Había… movimiento.
Sombras que caminaban como recuerdos torcidos.
Rostros que parecían ser de personas que habían existido alguna vez, deformadas por promesas rotas.
La “otra puerta”.
Y buscaba.
A ella.
—Centro —ordenó Serin—. Formación de sello.
Los consejeros trazaron figuras, pero las líneas se rompían antes de completarse.
El juramento tiraba de Aria como una marea.
Un paso hacia adelante.
Dos.
Elías la sujetó.
—No.
Damián se puso a su otro lado.
—Con nosotros.
La voz volvió.
Más clara.
Más humana.
—No quiero destruirte. Quiero volver a casa.
Aria cerró los ojos.
Y vio.
Vio un Alfa arrodillado —no Damián, no Elías, alguien antiguo.
Vio el Consejo primitivo, lleno de terror.
Vio la luna volverse roja.
El juramento rompido… y todo lo que no pudo morir, transformándose.
Hambre. Miedo. Poder sin dueño.
—Si me dejás entrar —susurró la voz— el mundo se arrodilla y descansa. No hay guerra. No hay dolor. Yo cargo con todo.
El ofrecimiento era dulce.
Tentador.
Elias lo sintió en el cuerpo. Su respiración se volvió pesada.
Damian apretó la mandíbula como si sostuviera una puerta física.
—No la toques —gruñó.
La grieta se ensanchó.
Y de pronto, algo más ocurrió.
El Consejo… brilló.
No por magia.
Por decisión.
Los encapuchados que parecían tan fríos, tan lejanos, extendieron sus manos hacia Aria… pero no para amarrarla.
Para sostener.
—No te creamos —dijo el anciano—. Pero te debemos. Y si caés, caemos con vos.
Un círculo imperfecto.
Roto en partes.
Pero real.
Aria sintió la fuerza.
El juramento vibró.
Y esta vez, no la vació del todo: la distribuyó.
Serin gritó palabras antiguas. La portadora cicatrizada completó el símbolo que él no podía.
Elías cerró los ojos, prestando su propia voluntad como si fuera piedra.
Damián plantó los pies y ofreció algo silencioso, feroz:
No te dejo sola.
La grieta rugió.
La puerta empujó.
Y Aria habló —no como niña del Consejo ni como experimento.
Como juez.
—No volvés acá —dijo—. Todavía no. Aprendes primero.
El juramento se encendió.
Se escuchó el sonido de algo que se estira sin romperse.
Una queja larga, antigua.
La puerta retrocedió… desgarrando el aire… y se cerró de golpe.
El silencio volvió.
Pero no alivio.
El cuerpo de Aria se dobló.
Cayó.
Elías la sostuvo antes de que golpeara el suelo.
La piel de Aria estaba fría. Los labios, pálidos. Las manos temblaban.
Damián tocó su cuello.
—Su pulso…
Seguía ahí.
Pero más débil.
Serin se llevó las manos al rostro.
—Pagó semanas.
Elías lo miró con una furia contenida.
—Entonces las voy a recuperar.
—No se puede —susurró el anciano.
Aria abrió los ojos lentamente.
Sonrió —no de felicidad. De aceptación.
—Estoy… acá.
Damián dejó escapar el aire que no sabía que retenía.
Elías apretó su mano.
—Nunca más sola —dijo.
Ella lo miró.
Y algo cambió.
No el amor.
La verdad.
—Si sigo haciendo esto —murmuró— no voy a llegar al final.
El Consejo guardó silencio.
La portadora se arrodilló frente a ella.
—Entonces busquemos alguien más que comparta el peso.
Elías se tensó.
Damián también.
—¿Qué significa eso? —preguntaron casi al mismo tiempo.
La portadora apoyó su mano sobre la marca de Aria… sin activarla.
—Un segundo portador.
El aire pareció fracturarse con esa sola idea.
—Alguien que jure con vos —explicó—. Y que pague una parte del precio.
Los ojos de Aria se abrieron.
Elías respiró hondo.
Damián dio un paso adelante.
—Yo.
Elías, al mismo tiempo:
—Yo.
Se miraron.
No con odio.
Con miedo.
Porque cualquiera que compartiera ese juramento…
arriesgaba todo.
Serin tragó saliva.
—No podemos decidirlo ahora. Si se hace mal, los mata a los tres.
Aria sintió el peso de la elección acercándose como una ola.
No sobre amor.
Sobre sacrificio.
Miró a Elías.
Miró a Damián.
Y el mundo pareció quedarse sin ruido.
La luna, afuera, se deslizó detrás de una nube.
Como si tampoco quisiera mirar.
Esa noche nadie durmió.
El Consejo dibujó planes.
La portadora escribió rituales.
Serin calculó probabilidades imposibles.
Elías se quedó sentado junto a Aria, en silencio, vigilando su respiración.
Damián se apoyó en la pared, a pocos metros.
Guardia.
Sombra.
Promesa muda.
Cuando todos al fin se alejaron, Elías habló en voz baja.
—Cuando dije que te amaba… sabía que podía perderte.
Aria lo miró.
—Yo también tengo miedo —admitió.
Damián, sin moverse, agregó:
—Y aun así, si el juramento me pide algo… lo pago.
Aria cerró los ojos.
Por primera vez, sintió ganas de llorar.
No por dolor.
Por la certeza de que, haga lo que haga…
alguien va a sangrar.
Y, bajo la torre, invisible a todos menos a ella…
la sombra sonrió suavemente.
Aprendiendo.
Esperando.
Contando lunas.