El valle no se veía. Ese era el primer problema. Desde las murallas, el terreno donde antes se abría el sendero era ahora… normal. Hierba, piedras, viento. Nada que gritara “prohibido”. Nada que explicara por qué treinta personas habían quedado atrapadas del otro lado. —Esto es lo que más me inquieta —murmuró Serin—. El sello no se manifiesta como barrera. Aria no respondió. Tenía los ojos fijos en el horizonte, donde el aire parecía apenas más denso. No un muro. No una puerta. Una negación. —Si no se ve —dijo Elías—, no se puede atacar. Y si no se puede atacar… tampoco se puede abrir. —Pero sí atravesar —respondió Aria. Él la miró. —No. —No de forma estable —corrigió ella—. Pero sí de forma momentánea. Serin frunció el ceño. —Eso es teoría antigua. Cruces parciales. Nadie lo

