Damián no despertó. Ese fue el primer signo de que algo estaba mal. No inconsciente común. No agotamiento. No herida visible. Respiraba. El pulso era estable. La piel, tibia. Pero no estaba ahí. —Está… lejos —murmuró Serin, con los dedos apenas apoyados en la sien del hombre—. No desconectado. Profundamente adentro. Aria permanecía sentada a su lado, sin soltarle la mano. El vínculo estaba extraño. No dolía. No ardía. No respondía. Era como si una parte de él hubiera quedado atrapada en un lugar donde el juramento no tenía jurisdicción. Elías observaba desde la pared opuesta, los brazos cruzados, el rostro inexpresivo… pero el vínculo lo delataba. Tenía miedo. No por Damián. Por lo que Damián pudiera traer de vuelta. —¿Puede despertar? —preguntó Aria. Serin dudó. —Sí. P

