El amanecer encontró a Aria cubierta de rocío, con el cuerpo agotado y la mente en guerra.
Había pasado la noche junto a Elias, refugiada en una cueva oculta por raíces y rocas antiguas. El fuego aún chisporroteaba cuando él se incorporó, silencioso como una sombra.
—Debemos movernos antes de que nos rastreen —dijo.
—No tengo a dónde volver —respondió ella, apretando los labios.
Elias la observó unos segundos. No con lástima… sino con respeto.
—Entonces aprenderás a sobrevivir conmigo.
Salieron al claro. El bosque olía a tierra húmeda y a peligro. Elias se colocó frente a ella.
—Tu poder no se despierta con rabia —explicó—. Nace cuando aceptas lo que eres.
Aria sintió el peso de su mirada. Su pulso se aceleró.
—¿Y qué soy exactamente?
Él dio un paso, acercándose. Demasiado.
—Una heredera lunar —susurró—. Y si no lo controlas, otros lo harán por ti.
Tomó su mano y la guió hasta su propio pecho. Bajo la piel caliente, el corazón de Elias latía firme, hipnótico.
El calor se deslizó por el brazo de Aria, bajando por su vientre.
—Escucha —dijo él—. Deja que tu lobo responda al mío.
El aire se volvió espeso.
Aria cerró los ojos, respiró su aroma… y algo dentro de ella despertó: una oleada de energía, salvaje y dulce al mismo tiempo.
Su marca rota ardió.
—Eso es —murmuró Elias, su voz ronca—. No lo reprimas.
Una ráfaga de poder se expandió desde el cuerpo de Aria. Las hojas temblaron, el suelo vibró. Elias apretó su cintura para sostenerla mientras el impulso la mareaba.
Su proximidad la quemaba.
—Me estás… distrayendo —dijo ella, con las mejillas encendidas.
—Tal vez lo necesitas —respondió él, sin apartarse.
Por un instante, sus miradas se encontraron.
El deseo no era un juego: era una tormenta contenida.
Elias se inclinó apenas, su aliento rozando los labios de Aria… y el mundo pareció detenerse.
Pero un aullido lejano quebró el momento.
Elias tensó la mandíbula.
—El Alfa te busca.
Aria sintió una punzada en el pecho. Damian.
El hombre que la había rechazado… y ahora la quería de vuelta.
—No voy a entregarte —dijo Elias—. Y si intenta reclamarte, tendrá que pasar por mí.
El corazón de Aria dio un vuelco. No sabía si aquello la asustaba… o la atraía más.
—Entonces enséñame a luchar —pidió—. Quiero decidir mi propio destino.
Una sonrisa peligrosa curvó los labios de Elias.
—Empezamos ahora.
Se colocaron en posición. Él marcó movimientos, corrigiendo su postura con manos firmes que recorrían su espalda, sus brazos, su cintura. Cada contacto era un incendio silencioso.
—Confía en tu instinto — susurró.
Aria giró, esquivó… y terminó cayendo sobre él.
Sus cuerpos quedaron entrelazados en el suelo, respirando agitados.
Por un segundo, nadie se movió.
El pecho de Elias subía y bajaba bajo el suyo.
Los dedos de Aria se aferraron a su camisa. El tiempo se hizo lento.
Elias acarició una hebra de su cabello.
—Si seguimos así… —susurró— el entrenamiento va a volverse muy peligroso.
—Tal vez… ya lo es —respondió ella, sin apartarse.
La luna, aunque oculta por el día, pareció vibrar sobre ellos.
Y en algún lugar del bosque, Damian olió su rastro… acompañado del perfume de otro lobo.
Sus ojos se oscurecieron.
La cacería había comenzado.