La sombra se deslizó por el santuario como si bebiera la luz.
No tenía rostro, pero sus murmullos parecían provenir de bocas invisibles.
Elías se adelantó, instintivo.
—Atrás —murmuró a Aria—. Mantén tu respiración firme.
Damián se transformó a medias, garras extendidas, dientes descubiertos… pero incluso él vaciló.
El aire dolía al respirar.
Serin levantó una placa de metal antiguo, marcada con símbolos lunares.
—En nombre del Consejo, invoco—
La sombra lo atravesó.
Serin cayó de rodillas, jadeando.
Sus tatuajes brillaron un segundo… y luego se apagaron, como velas sopladas.
La voz habló de nuevo, calmada, inevitable:
—Fueron ustedes quienes me parieron.
Aria sintió cómo la marca tironeaba, como un gancho dentro de su piel.
—No —susurró—. No sos mío.
La sombra se volvió hacia ella.
No tenía ojos… pero la miraba.
Elías dio un paso entre ambos.
—La tocas, y te desintegro.
La sombra pareció… sonreír.
—Pequeño Alfa caído. Tú fuiste el primer intento.
Damián se tensó.
—¿Qué significa eso?
Serin levantó la cabeza, con dificultad.
—Experimentamos… con juramentos.
Intentamos crear líderes imposibles de doblegar.
Tomamos el poder de la luna… y lo atamos a la voluntad de hombres demasiado ambiciosos.
Elías cerró los puños.
—Y cuando se rompieron…
—No murieron —terminó Serin—. Se convirtieron en hambre.
La sombra vibró, satisfecha.
—Promesas incumplidas… carne perfecta.
Aria sintió un vértigo extraño. Su respiración se entrecortó.
Imágenes latieron en su mente —luces rituales, cadenas de plata, sangre derramada bajo la luna.
Y una voz lejana:
Ella puede contenerlo. Ella es la cerradura perfecta.
—Me usaron antes de nacer —murmuró.
Serin no negó.
—Fuiste diseñada… pero no para obedecer.
Sino para equilibrar.
Damián se acercó a ella, temblando entre furia y culpa.
—No deberías haber existido así.
Elías rozó la mano de Aria —por fin, la tocó.
Calor. Estabilidad.
—Y aun así —dijo— acá estás.
La sombra se alargó, serpenteando alrededor de los tres.
—Los juramentos son míos.
Devuélvanme lo que sostiene al último.
Aria comprendió de golpe.
El juramento que habían hecho… no era solo promesa.
Era una traba sobre esa criatura.
Cada palabra selló una puerta en su interior.
—Querés romperlo —dijo, con voz firme.
—Quiero comerlo —respondió la sombra.
La marca ardió como hierro.
Dolor —pero algo más profundo:
Un llamado antiguo… tentador… dulce.
“Si me dejo ir, termina el dolor”, pensó por un instante.
Elías apretó su mano.
—Quédate acá. Conmigo.
La arrastró de regreso al presente.
Damián plantó los pies entre la sombra y ellos.
—Si querés tocarla, pasás por mí.
La sombra se volvió líquida, serpenteante.
—Alfa roto. Ya elegiste perderla una vez.
Las palabras le cortaron a Damián más que cualquier garra.
—La perdí —admitió—. Y aún así… todavía la protejo.
Serin se levantó tambaleando, marcando signos en el aire.
—No podemos expulsarla… pero sí atarla unos minutos.
—¡Hacelo! —gruñó Elías.
—Necesito la marca —dijo Serin, mirando a Aria—. Solo un latido.
Aria dudó.
Era peligroso.
Era el Consejo.
Era dolor.
Pero si no hacía nada…
El santuario crujió, la piedra se partía como huesos bajo presión.
Ella asintió.
—Uno —dijo—. Solo uno.
Serin presionó su palma contra la marca.
Un rayo blanco explotó.
Aria gritó —no de miedo— de pura fuerza atravesándola.
La sombra se crispo, amarrada por hilos invisibles.
—¡Ahora! —jadeó Serin.
Elías y Damián atacaron juntos.
Uno fue precisión.
El otro, furia pura.
Olvidaron el orgullo, el pasado, el triángulo imposible.
En ese instante, peleaban como si hubieran nacido para hacerlo lado a lado.
El golpe combinado rasgó a la sombra.
No sangre.
No carne.
Oscuridad salpicada de estrellas muertas.
La voz chilló —por primera vez, dolida.
—NO ES SUFICIENTE.
Las runas del santuario comenzaron a encenderse de nuevo, destellando, sosteniendo el sello.
Serin sudaba, al borde de colapsar.
—No aguantaré más tiempo…
Aria sintió algo romperse dentro de la criatura.
Un recuerdo ajeno se filtró:
Un Alfa arrodillado
Un Consejo decidido
Un ritual maldito
Y una frase repetida:
Prometo nunca someterme.
La marca palpitó en respuesta.
—Entonces sométete a mí —susurró Aria.
La sombra se congeló.
Elías la miró, horrorizado.
—Aria, no.
Damián sacudió la cabeza.
—Eso te ata para siempre.
Pero Aria entendía algo que ellos no:
El juramento no era dominio.
Era dirección.
—No te destruyo —dijo, firme—. Te contengo. Te doy límite.
Tocó el aire, y ese aire tocó la sombra.
Frío. Dolor.
Y una calma oscura… como el fondo del mar.
La criatura gritó… y luego se plegó hacia sí misma, reducida, clavada en la piedra como una mancha de noche.
El santuario exhaló.
Serin cayó al suelo.
Elías la sostuvo antes de que se desplomara.
Damián apoyó la mano en su espalda, anclándola.
Aria respiraba con dificultad, sudor frío.
—Lo… hice.
Serin, con voz débil, habló:
—No la venciste.
La persuadiste.
Elías tragó.
—¿Qué le hizo?
Serin la miró con una mezcla de miedo y reverencia.
—La convertiste en parte del juramento.
Damián comprendió primero.
—Ahora… si el juramento se rompe…
Serin asintió.
—Ella paga el precio.
Silencio.
Pesado. Doloroso.
Aria sintió el peso de las palabras clavarse en su pecho… y aun así, una extraña paz.
—Entonces no se va a romper.
Elías apretó los dientes.
—No acepto eso.
Damián miró a Elías —y por una vez, estuvieron de acuerdo.
—Buscaremos otra salida.
Serin se incorporó, pálido.
—Habrá consecuencias. El Consejo querrá intervenir más.
Y el fantasma… aprenderá.
Aria levantó la mirada.
—Que aprenda.
La marca brilló suavemente… como luna bajo el agua.
Más tarde, cuando el santuario quedó silencioso y Serin se retiró para avisar al Consejo, el fuego volvió a encenderse.
Elias se sentó a su lado, sin hablar al principio.
—Te odio —dijo al fin, con voz quebrada—. Cuando haces cosas así.
Porque te admiro demasiado para detenerte.
Aria sonrió triste.
—No quiero que me salven de todo.
—Quiero que vivas —respondió él.
Su mano se deslizó hacia la de ella.
Esta vez, Aria no la retiró.
Damián observaba desde la entrada, con el corazón estrujado.
—No es el momento —dijo, acercándose—. Pero… yo también estoy acá. Y no pienso desaparecer.
Aria los miró a ambos.
No había elección todavía.
Solo una lucha común… y sentimientos que crecían como raíces inevitables.
Fuera, el viento sopló entre los árboles.
Y bajo la tierra sellada…
la sombra sonrió, silenciosa, aprendiendo el ritmo de la marca.
El juramento seguía firme.
Por ahora.