CAPÍTULO 10 "Lo que no se dice"

929 Words
El eco del Sello Mayor siguió retumbando toda la noche. No era un sonido. Era una advertencia. Aria no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presencia de esa “otra puerta” en algún lugar del mundo, vibrando al mismo ritmo que la suya. Como dos corazones tratando de sincronizarse. Elías se quedó cerca, sentado contra la pared, fingiendo que vigilaba. Pero en realidad la vigilaba a ella. —Si duele —dijo en voz baja—, decime. Ella negó. —No duele. Me preocupa que no duela. Silencio. El tipo de silencio que pesa. Más tarde, Damián se acercó con una manta sobre el hombro. No miró a Elías. No necesitaba hacerlo para sentir que él ya lo estaba mirando. —Te vas a resfriar —dijo, extendiendo la manta. Aria sonrió apenas. —Gracias. Cuando sus dedos rozaron los de ella, algo se tensó en su mirada. Retiró su mano demasiado rápido. Como si tocarla fuera peligroso. —Damián… —susurró Aria. —No —respondió él, antes de que continuara—. Si empezamos a decir cosas ahora… no vamos a poder parar. No la miró. Eso dolió más que cualquier herida. Elías apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Había aprendido que, cuando Damián evitaba hablar, era porque estaba protegiendo algo… o a alguien. Probablemente las dos cosas. Al amanecer, Serin los reunió. —El Consejo envió un mensajero. Quieren respuesta hoy. Elías cruzó los brazos. —La respuesta es no. Serin sostuvo su mirada. —Si decimos “no”, vendrán igual. Y no negociarán. Damián dio un paso adelante. —Entonces pelearemos. Aria los observó a los tres. La marca en su pecho latía. La sombra callaba. Eso era lo peor. —No quiero que peleen por mí —dijo al fin. Elías se acercó, suave. —No es por vos. La miró, y ella supo que mentía. Era exactamente por ella. Entrenaron de nuevo, pero esta vez, algo cambió. Serin les enseñó un ejercicio de conexión: Aria debía abrir apenas el canal del juramento… y permitir que alguien más funcionara como “ancla”. Elías fue el primero. Tomó sus manos. El calor de su piel la sostuvo cuando la oscuridad se movió. No fue invasiva. Fue íntima. La marca brilló, respondiendo. Aria vio algo en los ojos de Elías —algo roto, algo que quería cargar con el peso por ella— y sintió miedo. No del juramento. Del futuro que podría arrastrarlo con ella. —Basta —dijo de pronto, soltándolo. La sombra se cerró con violencia. Elías retrocedió, sorprendido. —¿Te lastimé? —No. —Su voz temblaba—. Me… importas demasiado. Y esas palabras quedaron entre los dos, sin lugar donde esconderse. Damián los había estado observando. Se dio vuelta. No quería verlo. No quería confirmar que estaba llegando demasiado tarde. Serin insistió. —Intentemos con Damián. Damián dudó. No confiaba en el juramento. No confiaba en sí mismo. Pero miró a Aria —la palidez, el cansancio, el coraje— y asintió. Su mano era firme. Su pulso, rápido. El enlace fue distinto. No suave. Intenso. La sombra reaccionó, como si reconociera algo familiar en él: ira, lealtad, rabia contenida. Aria sintió que el juramento la apretaba… pero no para romperla. Para probarla. Damián apretó los dientes. —Conmigo no —murmuró, furioso—. No vas a usarla. La marca chispeó y, contra todo pronóstico… obedeció. Se calmó. Serin frunció el ceño. —Curioso… Aria abrió los ojos, respirando hondo. —Con Elías es refugio —dijo, sorprendida—. Con Damián… resistencia. Nadie supo qué responder. Pero todos sintieron lo mismo: La criatura… estaba aprendiendo de ellos. El mensajero del Consejo llegó al atardecer. No traía escolta. No levantaba la voz. Eso lo hacía peor. —La Torre Alta está preparada —dijo—. El traslado garantiza estabilidad. Protección. Respuestas. Aria lo escuchó en silencio. Elías se adelantó. —Ella decide. El mensajero lo ignoró. —Si se rehúsan, el Consejo aplicará el Protocolo Blanco. Serin palideció. Damián dio un paso. —¿Qué es el Protocolo Blanco? Silencio. Aria sintió la respuesta antes de escucharla. Separación. Forzada. —Es un aislamiento —dijo Serin, con la voz baja—. Sellan el juramento… sellando también a la portadora. La palabra que nadie dijo flotó entre ellos. Encierro. Elías dio un golpe en la mesa. —No. El mensajero inclinó la cabeza. —No fue una pregunta. Y se fue. Como si ya hubieran decidido por todos. Esa noche, los tres se quedaron con ella. No hablaron de planes. Hablaron de otras cosas. De los lugares donde habían crecido. De lo que habían perdido. De promesas que nunca pudieron cumplir. En algún momento, Aria apoyó la cabeza en el hombro de Elías. Él se quedó quieto, temiendo romper el momento. Damián los vio. Sintió el dolor, celoso y sincero. Pero también vio lo que ella necesitaba en ese instante. Y no lo interrumpió. Se sentó a su lado, cerca, pero no demasiado. Ancla silenciosa. Protector sin permiso. Cuando el sueño por fin la alcanzó, la sombra susurró. No amenaza. No hambre. Una palabra. “Pronto.” Aria despertó sobresaltada. Elías y Damián se giraron al mismo tiempo. —¿Qué pasó? Ella tragó saliva. Miró el sello bajo la piedra. Luego miró más allá, hacia ese otro latido que sentía a lo lejos. —La otra puerta… —susurró— está buscando la mía. Y por primera vez, no supo si quería huir… o abrir.
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