La noche olía a lluvia y a peligro cuando el símbolo apareció.
Aria estaba sola junto al río cuando sintió el ardor en la piel.
Miró su muñeca… y la vio.
Una marca plateada, brillante como la luna reflejada en el agua.
Palpitaba.
—¿Qué…? —susurró, temblando.
El aire se volvió denso.
Una voz antigua —no humana— pareció susurrar en lo profundo de su mente:
Heredera…
El dolor aumentó. La marca ardió como fuego líquido, y por un instante Aria creyó que iba a desmayarse.
Luego, el brillo se apagó.
El río siguió corriendo como si nada hubiera pasado.
Pero Aria entendió algo:
Nada volvería a ser igual.
Esa misma noche, el clan se reunió en el claro.
Las antorchas rodeaban el círculo. Los lobos observaban en silencio.
Damian —el Alfa— se encontraba en el centro, con la espalda recta, los ojos fríos.
Aria avanzó hacia él, con el corazón golpeándole el pecho.
—Me llamaste —dijo, intentando sonar firme.
Damian apretó la mandíbula. Por un instante, algo parecido a dolor cruzó sus ojos.
Luego habló:
—Aria… te rechazo como mi compañera.
El silencio cayó como un cuchillo.
Alguien ahogó un jadeo.
Las miradas se clavaron sobre ella.
La marca en su muñeca volvió a arder, como si la luna llorara.
—¿Por qué? —susurró Aria, con la voz quebrada.
Damian la miró fijamente, endureciéndose.
—Eres débil. Y un Alfa no puede amar a alguien que lo hará caer.
Las palabras se clavaron en su pecho.
El vínculo se quebró.
Aria sintió que algo dentro de ella moría… y nacía al mismo tiempo.
El mundo se volvió frío. Le dieron la espalda. Nadie la defendió.
Solo el eco de su propio corazón.
Esa noche, mientras abandonaba el territorio, escuchó un aullido distinto.
Profundo. Antiguo.
El viento movió las hojas y una sombra se deslizó entre los árboles.
—No estás sola —susurró una voz desde la oscuridad—. Tú eres… la heredera de la Luna.
Y el destino de Aria cambió para siempre.