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Voces del Viento

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Blurb

La historia muestra la vida a través de los ojos de Leo Andrade, un adolescente que carga con el tormento de la esquizofrenia, pero que intenta vivir sus mil y una vidas al máximo, y de la forma más normal posible.

A lo largo de la historia, conoceremos a sus amigos y su primer amor; Heather, quien también lucha con una salud mental desgastada.

Ambos son arrastrados por la oscuridad del otro y te preguntas, ¿Quién salva a quién? Y si es que se salvan o solo se hunden más...

…pero no te dejes engañar, que esta historia va más allá de un romance adolescente..

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Capítulo 1: Heather
Será muy divertido, hace mucho que no hacemos viajes en familia, incluso mi madre está muy emocionada. Hace mucho tiempo que no hacemos esta clase de viajes. Para ser precisos, desde que mi hermano menor nació y no lo culpo de nada. Lo amo. Pero ahora hay más trabajo. Hace cinco años exactos. Le saco la lengua y él hace lo mismo. Mi madre se ríe cuando empiezo a jugar con Max. —Me alegra que quieras a tu hermano. Le sonrío y llevo a mi hermano al auto, para acomodarlo en su asiento. Cuando todos estamos listos, subimos y ponemos música a todo volumen. Eso es algo que amo de mis padres, tienen buen gusto para la música, desde rock a pop, luego electrónica y hasta cumbia. Bueno, tal vez no tengamos el mejor gusto musical, pero es divertido. Estamos lejos de la ciudad, más o menos a mitad del camino. Podemos apreciar los árboles cubiertos de nieve, un paisaje blanco espectacular y hasta el mismo aire se siente distinto, el olor de la brisa montañosa me llena los pulmones y siento que se refrescan. Estoy amando las vacaciones de navidad. Como buena millennial o gen z ¡¿qué demonios seré?! no puedo evitar tomar un montón de fotos, básicamente de todo el paisaje. No tengo buen ojo para las fotos, pero me siento bastante orgullosa de estas. La vista perfecta y el aura de tranquilidad que me transmite la naturaleza, se ve interrumpida por los gritos de mi hermano, quien se encuentra jugando con sus estúpidos muñecos de superhéroes, así que opto por simplemente ignorar al niño y dejarlo ser, no gano nada peleándome con él. —¿Cuánto falta? —pregunta por enésima vez el pequeño Max y yo suspiro con cansancio. Estoy entre si cometer s******o u homicidio. Lo amo, pero puede llegar a irritarme (o irritarnos a todos). —Cállate —respondo. —¿Cuánto falta? —vuelve a preguntar. —Cállate —digo molesta y él se ríe. —¿Cuánto falta?, ¿cuánto falta?, ¿cuánto falta? —pregunta riendo, lo que hace que me enoje mucho más. Estoy en un auto hace 8 horas, bastante cansada y de malhumor. Mi reacción no será la más inteligente del mundo, pero vamos a culpar a mis hormonas adolescentes. El perfecto chantaje. —¡Cállate, idiota! —grito, mirándolo con enojo— ¡Solo cállate! Mi madre me lanza una aguda mirada de advertencia, la cual ignoro. Es clásico de ella, primero advierte y después ataca. —Tú no me mandas, tonta —dice mi hermano mirándome desafiante y me empuja. Despertó a la bestia. —¡No molestes, imbécil! —lo empujo fuerte para que vuelva a su lugar. Creo que lo he lastimado, se quedó quieto. —Heather, compórtate y no trates así a tu hermano. ¿Quién es el mayor aquí? —espeta mi madre con el ceño fruncido y yo suspiro molesta, por lo que me limito a poner los ojos en blanco y cruzarme de brazos. Todo porque él tiene cinco jodidos años. Respiro profundamente un par de veces para mantener la boca cerrada y no hacer de esto un problema grande, pero vamos, mi lengua se controla sola. —Él empezó y tú lo sabes perfectamente —resoplo con molestia. No debería desquitarme con ella, pero no puedo evitarlo —¿Por qué siempre lo defiendes? Siempre dejas que se porte mal, le das advertencias a las personas incorrectas. Se supone que debes educarlo. Me muevo hasta quedar en el medio de los asientos delanteros. —Heather, vuelve a tu asiento —dice mi madre en un tono que me irrita más, así que, de mala gana, vuelvo a mi lugar—. Y ponte el cinturón —ordena y su tono de voz hace que me enfurezca. ¿Qué coño le hice? —¿Por qué jodida razón me hablas así? ¿Por gritarle a mi estúpido hermano? —digo subiendo bastante la voz. Creo que mi periodo está por venir o esa será mi excusa para evitar ser castigada después de esto. Mi madre me mira con la indignación marcada en sus facciones y yo solo puedo responderle la mirada con enojo, mi hermano empieza golpearme el brazo izquierdo pidiendo que cierre la boca y mi padre se da vuelta, listo para gritarnos a todos. El coche sigue en rumbo, pero él tiene los ojos puestos en mí, su mirada llena de rabia me deja sin palabras y de pronto me siento intimidada. —¡No hables así, Heather! —Grita con su voz grave— ¡Es tu madre y exijo que la respetes! —Él jamás me había hablado de ese modo, así como yo nunca le había hablado de ese modo a mi madre. —Papá, mira a la carretera. —Robbie, no le hables así —pide mi madre en voz baja y por unos segundos, solo se escucharon mis sollozos, lloro de frustración y sé que probablemente todo esto es mi culpa. Papá vuelve a mirar a la carretera y suelto el aire que estaba conteniendo. —Heather, quiero que te disculpes con tu madre —al oír su orden pienso molesta: esto puede ser mi culpa, pero no, así no funciono yo. No pueden esperar que me disculpe con alguien, solo porque me lo piden, siento que me obligan a hacerlo, si lo hago, no sería una disculpa real. Estos señores se olvidan de las cosas que me han enseñado. —No —le respondo con orgullo y él vuelve a mirarme, nuevamente ignorando la autopista que tiene en frente, lo cual hace que se me pongan los nervios de punta. —¿¡No!? —repite con el enojo palado en esa sílaba —Discúlpate ¡Ahora! —casi deletrea las palabras y no quita sus ojos de los míos. —Papá, mira la carretera. —¡Robbie, cuidado! —grita mi madre y lo único que puedo distinguir es una camioneta plateada, que está casi sobre nosotros. Noto el fuerte frenazo de mi padre, el auto derrapa y el miedo me inunda. El llanto de mi hermano pequeño se escucha y siento como si mi corazón se encogiera. Esto está pasando y en cuestión de segundos va a dolernos a todos, ambos vehículos se están moviendo sin control a toda velocidad, pero lo veo en cámara lenta. Intento quitarme el cinturón de seguridad, pero está trabado. ¡Mierda! Como sea, trato de atraer a mi pequeño hermano hacia mí para protegerlo, pero la silla para niños se ha salido de su lugar, nuestro auto está dando vueltas sobre el pavimento, veo a mi hermano volar de un lado a otro y ensangrentarse cada vez más. Súbitamente todo estaba sumido en el silencio, no podía escuchar nada, hasta que de pronto el estruendo inunda mis oídos, percibo gritos que salen de nuestros labios, llantos y quejidos de dolor. Debo tener los ojos cerrados, porque no veo nada, en este momento solo puedo dejarme llevar por el dolor corporal que siento y el sabor a sangre en la boca. Luego vuelve la imagen de mi hermano golpeándose y abro los ojos de golpe. Lo primero que distingo es a mí padre con la cara pegada a la bolsa de aire, creo que está siendo ahogado por ella o eso parece, por el débil intento de quitarla, a su lado está mi madre inconsciente y cubierta de sangre. Giro mi cabeza buscando a mi hermano y cuando lo encuentro, me arrepiento al instante. Tiene un fierro atravesándole el abdomen y el cuello torcido de una forma grotesca. Max está muerto. Estoy intentando gritar con más fuerza, pero no puedo. Mi padre dejó de luchar y ya no percibo su leve respiración. Trato de moverme y no lo consigo. Mi madre no da señales de estar viva, no veo que esté respirando. Respiren por favor. Mi familia…. Está muerta. Miro hacia abajo, para ver en qué condiciones está mi cuerpo, pero en ese momento la oscuridad se apodera de mis ojos, a lo lejos sirenas de ambulancia o policía, tal vez ambas. Mi familia…. Es mi culpa. *** Despierto de golpe, con el corazón latiendo a mil por hora y la camiseta empapada de sudor. Llevo mis piernas al pecho y me abrazo. No puedo creer que siga teniendo estas pesadillas tan vívidas, el accidente fue hace tres años. Pero claro que, sigue doliendo. Observo el reloj en mi mesa, marca las 4 de la madrugada. Ya no podré dormir y tampoco quiero hacerlo, las imágenes van a repetirse una y otra vez, como cada vez que tengo esa pesadilla (o recuerdo), así que mantengo la misma posición un buen rato hasta tranquilizar mi mente por completo, para poder volver a acostarme y esperar a que sea hora de ir al colegio. A las 6 de la mañana, me muevo con pereza y ordeno mi cama, busco la ropa que usaré hoy y me mentalizo para el resto de la jornada. Y sí, estoy deprimida, pero no vivo en un lugar sucio y tampoco lo tengo todo hecho un desastre. Nadie me dice que hacer, ni siquiera cuando estoy deprimida. —Qué asco de persona soy, qué asco me doy —murmuro cuando paso al lado del espejo. Solo siento repulsión hacia la persona que veo y qué sensación más fea es esta, la de odiarse. Siento lágrimas arder en mis ojos y dejo que caigan, a veces es más sano dejar salir las emociones, que guardarlas. Arrastrando los pies voy al baño que tengo en mi habitación y entro a la ducha, todo en estado robótico. Es la rutina de todos los días y mi cuerpo se mueve en piloto automático, siento que es mejor así, porque no tengo ganas ni fuerzas de empezar a manejar sin el piloto. *** Al caminar por los pasillos de la escuela suelo ir mirando el piso, para no tener que lidiar con las miradas disimuladas de algunos estudiantes, hay otros que me ignoran y hacen como si yo fuera invisible, ellos me caen muy bien. Gente que sabe meterse en sus asuntos. Otros chocan contra mí al caminar y se toman muy en serio el hacer de cuenta que para ellos no existo. Llego a mi casillero, me quedo un momento pensando en qué materia me toca hoy y en que esta es la segunda semana de clases del último año de colegio. Qué rico suena decir que es el último año; cuando salga de aquí voy a pudrirme en mi cama todos los días y no seré nadie. —Matemáticas —murmuró para mí misma cuando encuentro el horario de las clases de este año. Lo bueno es que solo tengo dos horas de matemáticas a la semana, lo malo es que es a primera hora de la mañana. El estallido del timbre acelera los pasos y todos se dirigen a sus clases, la mayoría va charlando con grupos de amigos. Me divierte un montón ver los grupos y subgrupos que se crean. Por mi parte, me quedo apoyada en mi casillero, esperando que se vacíe un poco el pasillo. —Green, llegas tarde. —Con la mirada fija en el suelo, entro en clase y cierro la puerta. Ya sé que llego tarde, ya lo sé. —Lo siento —susurro y voy a mi asiento en el fondo, junto a los bulliciosos de la clase. Me siento atrás, no por ser una completa inadaptada, sino porque a los de adelante les preguntan cosas y yo prefiero mil veces no responder. Qué ansiedad hablar en público. Después de dos largas e interminables horas, suena el timbre anunciando la hora de un receso antes del almuerzo. Es corto, pero algo es algo. Todos salen apresurados y yo nuevamente espero a que se haya vaciado un poco para poder salir tranquila. Cuando salgo, busco mi lugar de siempre en el patio. Esquivando gente, llego a una mesa que está bajo un árbol, esta tiene un banco y ambas son de concreto. Me gusta porque está alejada del bullicio, los que vienen no hablan con nadie y hay una bonita sombra. Me acomodo en el césped y apoyo mi espalda en el árbol, saco de mi mochila el libro que estoy leyendo. Veinte minutos después, el maldito timbre de nuevo, me levanto para ir a mi siguiente clase, no es del todo mala. Arte. Cuando llego, como siempre me ubico en la parte del fondo. Esta clase la puedes tomar en parejas, pero yo la prefiero sola y tampoco es que alguien vaya a querer estar conmigo. No tengo amigos. La clase se llena y la profesora nos indica que en el lienzo que tenemos enfrente debemos dibujar o representar algo que nos asusta. Me cae bien esta profesora, es una artista frustrada y no toma exámenes. Empiezo a dibujar, completamente segura de mis trazos; Dibujaré una chica observándose al espejo y en su reflejo se verá así misma con sobrepeso y una cinta métrica ahorcándola, en la pared detrás de ella, habrá una espiral, que representará el círculo vicioso. Creo que va bastante conmigo. Estaba dándole los retoques, pero la conversación de las chicas que están en frente me distrae por unos segundos. Viva el chisme. —¿Ya has visto al chico nuevo? —pregunta una muchacha castaña, bastante linda y si no me equivoco se llama Valeria. —Lo vi caminando con el gay, está buenísimo —contesta la chica de cabello n***o, también es linda y creo que su nombre es Sophie. Dios, que pésima soy para los nombres. —Dicen que lo van a pasar a nuestro curso —la castaña sonríe y muerde su labio, en resumen, hay un chico nuevo y lo van a pasar a nuestro paralelo. Bien. —Pero si estaba con el gay, ¿no será gay? —pregunta Sophie y hasta yo pongo los ojos en blanco. —No seas estúpida, ser amigo de un gay, no significa que también lo seas —le dice después de darle un lapo en la cabeza— ¿Acaso tú eres lesbiana? Dejo de escuchar su absurda conversación y me enfoco en mi dibujo. La campana suena y me sobresalto, todos empiezan a recoger sus cosas y dejan sus pinturas para que la profesora las vea. Califica la creatividad, porque muchos no sabemos dibujar. —La próxima clase, cada uno pasará a explicar lo que quieren decir con sus pinturas. —Avisa antes de que todos se vayan. Eso significa que no voy a aparecerme en esa clase. Como todos los alumnos, me dirijo al comedor y hago fila con una bandeja. Al llegar mi turno, me ponen una hamburguesa con papas fritas y con mis manos temblorosas me dirijo a una mesa que se encuentra vacía. Nadie se sienta conmigo, si alguien lo hace es porque ya no hay otro lugar disponible. Observo la hamburguesa y se me revuelve el estómago, me causa deseo y náuseas. Así que mejor empiezo con algo leve, agarro una papa frita y juego con ella, mientras pienso si verdaderamente vale la pena comerla. El deseo y el hambre no pueden conmigo, doy un largo suspiro y la llevo a mi boca con temor, mastico muchas veces, casi gimiendo por lo rico que sabe y finalmente trago. Esta es la parte que no me gusta, el frenesí que viene después de la primera probada, cuando siento el ansia de comer más y más, de darme un atracón. Doy un mordisco a la hamburguesa y me aseguro de masticar muchas veces, para finalmente tragarlo y casi atragantarme con la botella de agua. Un malestar me recorre y siento mi estómago pesado. Siento culpa y vergüenza, no necesitaba comer eso. Debí ser más fuerte. Llevo mi mano derecha a mi estómago y salgo corriendo de la cafetería para ir al baño de chicas, cuando llego ahí, entro al último lugar y me arrodillo frente al retrete. Siento ganas de llorar por la rabia que siento. Introduzco dos dedos en mi garganta, no logro provocar ninguna arcada, me cuesta dejar que salga lo que comí, dicen que cuando vomitas muy seguido, se vuelve más fácil y cuesta menos, es como un músculo que trabajas y se hace más fuerte. *** La jornada de la escuela termina, en casa me espera un plato de comida en la mesa, lo tomo y subo a mi habitación. Me dirijo al baño y tiro todo el contenido del plato en el inodoro. Suspiro y vuelvo a la habitación para recostarme en mi cama. Espero poder dormir un poco o en realidad mucho.

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