Capítulo 1
Tengo frío.
Estoy temblando. Todo mi cuerpo entero tiembla por los espasmos que me causan las gotas frías de la lluvia, y mis dientes tiritan por lo mismo.
Los espasmos que estoy sintiendo —a causa de la helada lluvia—, son tan fuertes, que creo van a matarme.
Pasaron aproximadamente otros treinta minutos desde que estaba aquí en la banca del parque, con las piernas pegadas al pecho y el mentón sobre mis rodillas, sumida en mis pensamientos. Y hasta este momento, la lluvia parecía no querer parar.
Llegados a este punto, no me importa seguir aquí bajo la torrencial lluvia y sufrir de pulmonía luego. Estoy completamente segura de que a mi familia no le importaría en lo absoluto.
Pero, por mí, decido que es hora de levantarme de aquí e irme.
No habrá mucha diferencia de la soledad que siento estando aquí, porque sé que será la misma cuando cruce la puerta de aquella casa donde no hacen más que humillarme y tratarme como si no valiera nada.
Mi cuerpo tirita porque estoy mojada de pies a cabeza y la ropa se me pega al cuerpo de forma incómoda.
Bajo los pies con cuidado y me pongo de pie. Cuando lo hago, siento el cuerpo entumecido por estar en esa sola posición sentada por tanto tiempo.
Hay una parte dentro de mí que está reacia a ir a casa; es como si algo fuerte y poderoso me tomara —de alguna extremidad del cuerpo— para no dejarme ir. Pero tengo que hacerlo, no puedo quedarme aquí. Si tuviera la oportunidad, realmente yo no volvería a pisar aquella casa por donde, desde que tengo memoria, no hicieron más que burlarse y rechazarme por mi apariencia.
Y duele.
Duele que te rechacen y se burlen de ti las personas de tu alrededor. Pero duele aún más cuando es tu propia familia quien lo hace.
Respiro profundamente para aminorar los sentimientos abrumadores dentro de mí.
Entonces, comienzo a caminar, abrazándome a mí misma.
Lo peor del asunto es que no puedo hacer nada —por así decirlo—, porque, aunque esté en la universidad, no tengo un empleo extra donde yo pueda mantenerme y pagar mis estudios. No puedo porque ellos se empeñaron que pagarían absolutamente todo, que no me dejarían hacerlo porque para eso me tenían. Y les salió bien, porque les sirvió para poder retenerme en su poder y hacerme la vida imposible. Les sirvió porque cada vez que yo me llenaba de rabia y tristeza, y les reclamaba el por qué me despreciaban de esa forma, ellos lo único que respondían era que yo era una malagradecida después de todo lo que habían hecho por mí, por hablarles de esa forma.
Sin duda estoy estancada en un lago de alquitrán.
Me he dado cuenta, también, que si algo no falta en esa casa es dinero; pero eso es lo de menos. Lo que falta ahí es amor, cariño, amabilidad y muchas sentimientos positivos más. La familia Sohapi está carente de todo eso, y por eso no me siento orgullosa de portar su apellido. El apellido que también me brindaron cuando mis padres biológicos decidieron que dejarme abandonada sería buena idea.
No me doy cuenta de que alguien viene frente a mí, hasta que mi hombro choca de manera brusca con el de la persona; tan brusco es el impacto, que me tambaleo un poco, pero logro estabilizarme y encararlo desconcertada. Estaba tan sumida en mis pensamientos, que no me di cuenta del momento en el que chocamos hasta que recibí el impacto.
—L-Lo siento —me disculpo rápidamente, en un tartamudeo—. No estaba prestando atención y... —las palabras mueren en mi boca en el instante en que me doy cuenta de quién es.
Lo conozco...
Unos enigmáticos ojos azules me enfocan en este momento. Su ceño está fruncido ligeramente y su rostro no delata otro gesto que no sea seriedad pura. Su cabello es n***o intenso, y lo lleva despeinado como si se hubiera pasado las manos por el cabello una y otra vez, hasta conseguir que quedara de esa forma. Me doy cuenta, también, que lleva una camisa blanca de botones al frente y que las mangas están enrolladas hasta los codos, mientras que en la mano izquierda —donde no sostiene un paraguas— está un saco n***o. Lleva un pantalón del mismo color, de vestir a juego con el saco.
Viéndolo desde mi posición se ve tan imponente por su altura. Y él es ese tipo de chico que te roba el aliento apenas lo ves.
Sus labios ligeramente rosados se forman en una línea recta al notar mi escrutinio.
—No te preocupes —se limita a decir Sebastián.
Sí, es él: Sebastián O'Brien. Vaya apellido, ¿no?
Lo conozco porque estudia en la misma universidad que yo, y aunque no compartimos ninguna clase, no quita el hecho de que me conoce también. Sé que me ha visto, pero jamás hemos cruzado palabra. No hasta ahora.
Sé que su hermana de en medio —porque tiene otra menor— llamada Elizabeth estudiaba también en el mismo instituto. Pero por lo que han dicho en la universidad, ella dejó de estudiar cuando perdió la vista. No sé el motivo de ello, de hecho, nadie lo sabe en el instituto.
Y tiene otra hermana menor, de la que no sé el nombre. Solo sé de Elizabeth, porque como ya dije, estudió en el mismo instituto que yo; y con ella sí compartía una que otra clase. Cabe decir, que fue la única de la clase que no se burló de mi imagen ni una vez.
Al tener a Sebastián tan cerca de mí, mi primer impulso es cubrirme la cara, del lado del lunar, con rapidez con mi cabello húmedo. Ahora es él quien me está escruta, y no creo que mi lunar haya pasado desapercibido. Ni tampoco creo que los mechones rojizos de mi cabello, húmedos por la lluvia, me vayan a cubrir de todo esa parte del rostro. Así que agacho la cabeza para que no sea capaz de verme de frente. La vergüenza ha empezado a escalar sobre mi sistema y se me ha pegado como una telaraña.
Mi segundo impulso es salir corriendo de ahí, pero entonces siento cómo la lluvia deja de caer sobre mí.
Entonces, la resolución de ese hecho me golpea de pronto.
Sebastián ha puesto su paraguas por encima de mí para evitar que siga mojándome.
El mero gesto hace que el pecho se me contraiga de una emoción cálida e indescifrable. Mi mirada se alza y se topa con la de él, de golpe. Con discreción —aunque fallo en el intento— con mis dedos temblorosos por el frío, tomo unos mechones de mi húmedo cabello y hago el inútil intento de tapar el lunar de mi rostro.
Entonces, una sonrisa débil tira de la comisura de mis labios para demostrarle lo agradecida que estoy con él por su gesto.
Sebastián apenas y me devuelve la sonrisa. Es apenas un débil gesto que podría pasar muy desapercibido, incluso, me empiezo a cuestionar si realmente lo vi.
—Gracias —murmuro, con voz baja y ronca por la falta de uso.
Sebastián no parece escandalizado por mi lunar, sino todo lo contrario. Está tranquilo y relajado, y no hace ningún escrutinio sin discreción alguna sobre esa parte que tanta vergüenza me causa, porque mancha todo el lado derecho de mi rostro.
—Eres Beca, ¿no? —pregunta él, en cambio, con voz suave y entrecerrando levemente los ojos, como si tratara de recordarme. Asiento, muy, muy despacio.
—Estudiamos en el mismo instituto —me las arreglo para decir, sin que me falle la voz.
—Sabía que te había visto en algún lado —asiente, como recordándolo.
Me limito a imitar su acción, y un atisbo de sonrisa se dibuja en mis labios.
No sé si mis manos tiemblan por el frío que me causó la lluvia o si es por el nerviosismo que siento ahora..., quizás sean ambas.
Nos quedamos unos instantes en completo silencio, hasta que la voz de Sebastián lo irrumpe.
—¿Necesitas que te lleve a tu casa? —me pregunta, sonando despreocupado.
Su pregunta me saca de balance unos segundos y, sólo cuando estoy segura que no me fallará la voz o que no voy a reaccionar sorprendida —sólo entonces— es que lo encaro nuevamente, al tiempo que me aclaro la garganta.
—No es necesario —digo, con toda la naturalidad que puedo imprimir en mi voz—. Vivo a unas cuadras de aquí, no está muy lejos.
Me sorprende que no me haya fallado la voz.
—Entonces lleva esto —extiende la superficie de donde sostiene el paraguas, hacia mí.
Lo único que hago es mirar cómo su mano sostiene el paraguas, y me quedo muy quieta dudando un poco su oferta.
—Me lo puedes devolver después —me dice, con paciencia, su voz ronca llena mis oídos como si fuera una hermosa melodía.
Me limito a asentir y evadir su mirada, y tomar con dedos temblorosos el paraguas entre mi mano. De pronto, el comienza a mojarse con la lluvia y siento un ligero impuso de cubrirlo igual.
—Gracias —una sonrisa tira de la comisura de mis labios, pero estoy segura que apenas es visible.
—En serio no me molestaría acompañarte hasta tu casa —vuelve a insistir.
La sola idea de que Alanis, mi hermana adoptiva, me vea con este chico me enferma. Sé que ella lo conoce bien, porque es hermano de aquella chica a la que le hacía la vida imposible. Si me ve con él sé que estaré en problemas; si mis padres me ven con él, me irá muy mal.
—De verdad estoy bien —le digo, la voz me tiembla un poco por el frío—. No te preocupes.
Sebastián no dice nada, se limita a mirarme el rostro y yo instintivamente bajo la mirada hasta mis tenis mojados.
Nos quedamos en un incómodo silencio, en donde tengo el impulso de salir corriendo lejos.
—Entonces, te veré por allí —dice, tajante.
—Supongo que sí —murmuro.
Y sin decir nada más, se echa a correr entre la lluvia y se pierde en la misma después de un rato.
Yo me quedo aquí de pie, viendo el camino por donde se fue la única persona que no me vio con desagrado al notar el enorme lunar que mancha el lado derecho de mi rostro.