El cielo sobre Sakffendo se había teñido de un gris sombrío, como si la misma luz estuviese temerosa de cruzar el umbral del reino. Las calles que una vez vibraban con risas y colores ahora yacían en un silencio inquietante, aplastadas por la sombra que había arrastrado consigo el espíritu de sus habitantes. Aster y yo avanzábamos cautelosamente por el pueblo, nuestros pasos resonando en el empedrado como susurros impotentes del pasado. —Aún lo recuerdo —dije, mis palabras llenas de nostalgia mientras miraba a nuestro alrededor—. Aquí solía jugar hasta que el sol se ocultaba. Todo era tan diferente… Aster me apretó la mano con firmeza, su mirada destilando compasión y determinación. Él sabía lo que este lugar significaba para mí, donde los sueños eran más grandes que las sombras que ahor

