El Desprecio por lo Pulcro.

759 Words
​Valeria Ríos no era amiga de la luz matinal. Prefería la penumbra dramática, el olor a tabaco añejo que aún impregnaba las paredes de su no muy pequeño apartamento de estilo industrial y, sobre todo, la música clásica ejecutada con una imperfección casi dolorosa. A las nueve de la mañana, mientras el resto de Porta iniciaba su rutina pulcra, ella terminaba su columna semanal para la revista Élite Cultural. ​Su escritorio era un caos organizado de libros viejos, tazas de café manchadas, y notas garabateadas sobre fotografías de arte moderno. En el centro, bajo la luz de una lámpara oxidada, reposaba la impresión de "El Fragmento Silencioso" de Álvaro. Era una imagen cruda y conmovedora de la escultura: la masa fragmentada que, irónicamente, reflejaba la única forma de verdad que ella respetaba. ​Valeria era alta, con un cabello n***o corto y rebelde, y unos ojos que parecían analizar y juzgar todo lo que captaban. Llevaba años cincelando su reputación no solo por lo que escribía, sino por cómo vivía. Ella era la antítesis de Villa Magna y de todo lo que representaba: la riqueza heredada, la arquitectura fría y corporativa, y la falsa moralidad. ​Se releyó el párrafo final de su columna, titulado "La Muerte de la Geometría": ​El arte que vale la pena es sucio, incómodo y, a menudo, anónimo. Es el grito de la verdad en un mundo ahogado por el ruido de la corrección y la estética corporativa. Es por eso que artistas como Álvaro, que se niegan a firmar su trabajo con el apellido de un banquero o un magnate, son tan vitales. Ellos nos recuerdan que la pasión no se compra ni se diseña con un software. Es una quemadura, una herida. Y si hay algo que detesto más que el arte mediocre, son los hombres mediocres: aquellos que viven de la mentira del éxito prefabricado, vistiendo trajes caros y diseñando cajas de cristal para ocultar su vacío interno. ​Una sonrisa de satisfacción cruzó sus labios. La honestidad era su escudo y su arma. ​Terminó de editar y envió el archivo, sintiendo el vacío que siempre dejaba el fin de la escritura. Hoy, sin embargo, ese vacío sería llenado. Iba a encontrarse con Álvaro. Había algo en su obra que resonaba con ella, una dualidad: la fuerza visible y la vulnerabilidad oculta. ​Se puso su chaqueta de cuero favorita, tomó su bolso de mensajero gastado y salió hacia el café El Crisol. ​Mientras tanto, a unos pocos kilómetros, Elias Reyes estaba en una encrucijada emocional en el asiento de un taxi. ​Había sido un esfuerzo titánico salir de Villa Magna sin despertar sospechas. Le había dicho a Clara que tenía una "reunión urgente con un consultor de iluminación" en Porta. Mentir ya no requería esfuerzo; era una capa más de su ropa. ​En la parte trasera del taxi, se había transformado de nuevo. El Elias pulcro había sido reemplazado por Álvaro. Su corazón latía con la adrenalina de un ladrón, no de un artista. Estaba a punto de encontrarse con la crítica que admiraba y temía, la mujer cuya percepción era tan afilada que podía cortar a través de años de fachada. ​Si ella me ve, si ella ve a Elias, lo perderé todo. La voz de la lógica gritaba dentro de su cabeza, recordándole el riesgo: su carrera, su matrimonio, la falsa paz de su vida 'real'. Pero la voz más suave, la de Álvaro, solo susurraba: Pero si ella me entiende, lo ganaré todo. ​El taxi se detuvo en una calle adoquinada, frente a un local de ladrillo con un toldo desgastado: El Crisol. ​Elias, ahora Álvaro, pagó y se bajó a la acera, sintiendo el peso de las gafas oscuras sobre su nariz. Se ajustó el cuello de su chaqueta. ​Vio a Valeria sentada sola en una mesa cerca de la ventana. No era una mujer de belleza convencional; su atractivo residía en la intensidad. Tenía una forma de sentarse que denotaba posesión del espacio, una confianza feroz. Estaba bebiendo un espresso y hojeando un pequeño cuaderno de notas. ​Álvaro sintió que su pulso se aceleraba. Estaba a punto de dar un paso crucial en la única vida que sentía que era suya. ​Con la mano ligeramente temblorosa, Álvaro empujó la pesada puerta de madera de El Crisol, y la campana de la entrada tintineó, anunciando la llegada del hombre que Valeria estaba a punto de amar y, al mismo tiempo, despreciar por completo.
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