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Cimientos Del Corazón

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​LA MENTIRA CONSTRUYÓ UN IMPERIO. LA VERDAD LO CONDENÓ.​Elias Reyes es el arquitecto estrella de Villa Magna, atrapado en la fachada de su riqueza y un matrimonio sin amor. Cuando la traición corporativa lo despoja de todo, Elias se convierte en Álvaro, el artista, encontrando refugio en el caos de Porta y en su hija biológica, Elena.​Usando su arte como única arma, Álvaro expone la corrupción que él mismo ayudó a construir, provocando la caída de su imperio y la ira de su exesposa, Clara.​Ahora, con su hija Lucía a su lado y el apoyo de la crítica de arte Valeria, Álvaro debe ganar la batalla final por la custodia y demostrar que la verdadera estructura de la vida no está en el cemento, sino en la honestidad.​Esta es una novela conmovedora sobre la destrucción necesaria para la redención y la construcción de un hogar donde la familia y la verdad son innegociables.​¿Qué harías si tu única forma de sobrevivir fuera destruir la vida que te hizo triunfar?

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La Geometría del Deber.
​El sonido que despertaba a Elias no era un despertador ni el canto de los pájaros. Era el ligero y rítmico tintineo de las cucharas contra la porcelana de la cocina, una melodía compuesta por la mano de su esposa, Clara. Era un sonido de orden, de un deber cumplido puntualmente a las seis y media de la mañana, un sonido que definía su vida en Villa Magna: precisión y previsibilidad. ​Elias Reyes se levantó de su lado de la cama matrimonial con la misma disciplina con la que diseñaba rascacielos. Se deslizó en su bata de seda gris, el tejido caro y pesado que, a sus ojos, era un uniforme tan formal como el traje que se pondría más tarde. Caminó hacia la ventana. Desde el piso veinte de su condominio, la ciudad de Villa Magna se desplegaba en una cuadrícula perfecta, limpia y predecible, justo como le gustaba. ​En el comedor, Clara ya había dispuesto la mesa. ​"Buenos días, Elias," dijo ella, sin levantar la vista de su tableta. Estaba revisando la agenda social del día: un desayuno con la esposa del alcalde y una gala de caridad por la noche. Clara era el mantenimiento de su vida pública, la pulidora incansable de la imagen de Elias Reyes: Arquitecto del Año, filántropo, y cabeza de familia intachable. ​"Buenos días, Clara. ¿Cómo está tu agenda?" preguntó Elias, tomando asiento. No era una pregunta sobre su bienestar, sino sobre la logística. ​"Ajustada. La cena de la Fundación Smith es crucial. Recuerda sonreír más, cariño. Necesitas ese proyecto del centro de convenciones." Ella tomó un sorbo de su café con leche, sus ojos azules fríos y centrados. "Y necesito que le recuerdes a Lucía que la niñera llega a las tres. La encontré con los auriculares puestos hasta la hora de la cena anoche. No me gusta esa apatía." ​Lucía, su hija de quince años, era una extensión de su imagen, una figura que Elias sabía que debía querer, aunque la brecha generacional y emocional entre ellos se sentía a veces tan ancha como el Gran Cañón. Ella vivía en el ala oeste de la casa, encerrada en su mundo de música y desaprobación silenciosa. ​"Lo haré," prometió Elias, aunque la perspectiva de confrontar a Lucía le producía un profundo cansancio. ​El resto de la mañana transcurrió en el cuartel general de Reyes & Asociados. Cifras, planos, estructuras de acero y cristal. En su oficina, rodeado de maquetas y vistas panorámicas, Elias era un dios de la eficiencia. Sin embargo, mientras su socio hablaba apasionadamente sobre el impacto económico de su nuevo diseño, Elias se encontró mirando fijamente un boceto en el borde de su libreta de notas. No era una estructura, sino una línea ondulada, casi orgánica, un trazo violento de carbón que no tenía cabida en la geometría del deber. ​A las cinco en punto, el día de Elias Reyes, el arquitecto, terminó. Se despidió de su asistente con un apretón de manos firme, se puso su abrigo de cachemira, y condujo su reluciente BMW blanco fuera del parking subterráneo. ​Pero Elias no se dirigió a casa. ​Condujo hacia el norte, alejándose de los condominios de lujo y de los barrios de arquitectura pulcra, hacia el laberinto decadente y vibrante del Barrio de los Alfareros, una zona de bajos alquileres y naves industriales abandonadas que la gente de Villa Magna prefería ignorar. ​Aparcó el BMW en un garaje público, puso el traje y el maletín en la cajuela, y se dirigió a un callejón trasero. Dentro de un contenedor de basura, lo esperaba una mochila de lona negra. ​En un baño público sucio y descuidado, la transformación comenzó. El traje de seda fue reemplazado por jeans oscuros desgastados y una simple camiseta de algodón. El reloj suizo desapareció bajo la manga de una chaqueta de mezclilla con pintura salpicada. Lo más crucial fue lo que ocurrió con su rostro: retiró las lentes de contacto y se puso unas gafas de montura gruesa y oscura, lo que le daba un aire intelectual, pero distante. Y lo más liberador de todo: su cabello, siempre cortado al milímetro, fue liberado de gomina y peinado con deliberado desorden. ​Elias Reyes había desaparecido. ​En su lugar, caminó por el callejón un hombre llamado Álvaro. ​Álvaro no diseñaba nada que pudiera tocar el cielo. Álvaro diseñaba lo que venía de las entrañas. ​Se dirigió a su refugio: una nave industrial abandonada que había comprado y reacondicionado con el efectivo de un viejo bono de inversión. Era un espacio vasto, con techos de diez metros, y por primera vez en el día, Elias/Álvaro pudo respirar. ​El aire aquí no olía a productos de limpieza caros, sino a trementina, aguarrás y el polvo dulce de la arcilla. Las paredes estaban cubiertas con lienzos en diferentes estados de terminación, y en el centro, bajo un enorme ventanal que captaba la última luz dorada del atardecer, se alzaba la escultura que lo había consumido por meses. ​Era un cuerpo retorcido y fragmentado, no una figura humana, sino una manifestación del miedo, de la jaula en la que Elias vivía, hecha carne, o más bien, yeso. Era cruda, violenta y carecía de la geometría perfecta que definía su vida profesional. Era verdad. ​Álvaro pasó las siguientes seis horas inmerso en ese silencio. Comió un sándwich frío, y trabajó, la mano temblaba menos cuando sostenía la espátula que cuando firmaba los cheques para la hipoteca. ​Cerca de la medianoche, se sentó, exhausto pero extrañamente completo, y encendió su viejo teléfono desechable, que solo tenía una aplicación: correo electrónico. ​Abrió la bandeja de entrada para revisar la correspondencia de su galería en la ciudad vecina, Porta, que solo exponía bajo su pseudónimo. Tenía un único mensaje nuevo. ​Era de Valeria Ríos, la crítica de arte más temida y respetada de Porta. Conocida por su pluma incisiva y su desprecio abierto por la "mediocridad burguesa". ​Asunto: Instalación "El Fragmento Silencioso". ​Álvaro: ​He visto tu pieza. Es una bofetada a lo convencional. Es necesaria. ​Estoy escribiendo un ensayo sobre la obra y necesito reunirme contigo. Mañana a las 11:00 am en el café El Crisol, si estás disponible. No acepto entrevistas telefónicas, ni excusas. ​VR. ​Álvaro sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la fría noche. Era miedo y una excitación vertiginosa. Valeria Ríos no solo validaba su identidad secreta, sino que también era la persona que, con su ojo de águila, probablemente estaba más capacitada para desmantelarla. ​Elias Reyes tenía una vida que perder. Álvaro, por otro lado, tenía una vida que ganar, pero solo si la mentira era lo suficientemente fuerte. ​Tomó aire, y su primer acto como Álvaro fue responder, sabiendo que este encuentro sellaría su destino: ​VR: ​Estaré allí. ​Álvaro. ​Apagó el teléfono, y regresó al silencio. Mañana, la geometría del deber chocaría con la verdad del arte. Y la colisión se llamaba Valeria

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