Hanna Harrison.
–Señorita Hanna, le buscan en el teléfono por su doctor: Andrew Hudson. –me informó Mel.
> pensé, porque no me he enfermado recientemente.
¿Acaso yo tenía doctor?
–¿Cuál es su nombre? –pedí que me repita.
–Andrew Hudson. –me reiteró.
Oh sí, el agradable y guapo caballero que conocí hace unas semanas en el bar, lo había olvidado por completo con la montaña de trabajo que tengo encima.
–Pásamelo, por favor. –le pedí a Mel, porque en realidad se me figuró un hombre de lo más cordial, un verdadero caballero inglés como pocos hoy en día, aparte, deseaba agradecerle por sus atenciones y disculparme por mi comportamiento de esa noche.
–Enseguida.
–¿Aló? –contesté.
–Señorita Hanna. ¿Cómo se encuentra su tobillo? Quedé muy preocupado. –me argumentó la varonil voz que se desplegada del otro lado de la línea.
–Está excelente Andrew, te agradezco muchísimo lo que hiciste esa noche por mí. –argumenté sonriente.
–No hay absolutamente nada que agradecer, pero sí insistes me encantaría invitarte a cenar esta noche.
Yo sonreí ante su seguridad y ciertamente no hay nada más que le guste a una dama como yo que, un hombre seguro y tan agradable como él.
–Por supuesto. –acepté, no puedo creer que haya aceptado.
–Perfecto, ¿dónde puedo pasar por ti? –me interrogó.
Prontamente le di la dirección de mi nuevo departamento.
Decidí salir temprano del trabajo para poder arreglarme.
–Oh como lo siento. –me disculpé cuando me topé con alguien.
–Hanna, ¿ya te vas? Pensé que tendríamos nuestro recorrido. –comentó Demian, sí… lo único que quería era evitarlo a toda costa.
–Señor Stoker, ¿le importaría que tengamos nuestro recorrido mañana? Tengo algo muy importante que hacer.
–Sin problema, solo espero que no estés postergando esto por estar huyendo de mí. –me dijo con una sarcástica sonrisa, así era la personalidad de Demian, un maldito creído.
–¡Por supuesto que no! solo que tengo una cita muy importante, por… cuestiones de salud. –me humedecí los labios como acostumbro a hacer cuando me encuentro sumamente nerviosa.
–Entiendo…–aseveró él mientras me miraba fijamente, como si no diera crédito a mis intenciones. –Hasta mañana entonces, Hanna, es un placer reencontrarme contigo. –emitió con esa grave voz que posee, quedé anonadada, ¿deseaba dejarme al borde del suplicio? Debía disimular.
–Hasta mañana señor Stoker. –afirmé dando la media vuelta para salir del lugar.
Demian Stoker.
No les daré más rodeos, jamás pude superar a Hanna Harrison, y pretendo recuperarla a toda costa, porque sé que su mundo se agitó con mi presencia, lo noté cuando me vio entrar, y porque, aunque ella no lo admita, la conozco demasiado bien, sé que se moja su preciosa boca cuando está mintiendo y sé que hoy, me está diciendo una falacia.
–Hall, la encontré. –le exclamé a mi amigo y cómplice quien, me acompañaba en esta aventura.
–¿Y qué? ¿Ya te le fuiste encima, campeón? –me dijo con sarcasmo, porque, aunque me apoyaba, le gustaba mofarse de mí. –¿Esa belleza acaso está soltera? ¿No tendrá un amante y por eso tanta desesperación en divorciarse? –se burló de mí, porque pensaba en que era una idiotez de mi parte seguir a esta chica.
–No lo sé y, necesito que me ayudes a averiguarlo. –le pedí con seriedad.
–¿Qué harás?
–Voy a seguirla, va a ver a alguien, lo sé porque no es buena mintiendo y mucho menos mintiéndome a mí, soy su debilidad. –expliqué mientras caminaba hacia el ascensor y lo tomaba para salir del edificio.
–Eso es muy pretencioso de tu parte Demian, por eso no le caes bien. –se burló de mi mí amigo.
–¡Eso le enamoró de mí! –eché una carcajada. –¡Cómo sea! ¡Te aviso en donde estaré! –le aseveré.
No me importaba espiarla, me sentía muy desesperado por ella, en estos años he estado tratando de olvidarla, pero no ha funcionado, una oportunidad se presentó y no voy a dejarla ir por la borda.
La seguí todo el rato en mi motocicleta, de esa forma sería más rápido ubicar su paradero, la vi llegar al edificio en donde estoy seguro que reside y salir de ahí con un precioso vestido, Hanna era realmente hermosa a mis ojos.
Después de ello, un auto pasó por ella, se saludaron sin que haya mucho contacto físico y se fueron del sitio, los seguí.
¿Está saliendo con alguien? Dios, siento demasiada impotencia al respecto ¿celos? Celos me están sobrando…
Al poco rato llegó Hall, tenía un gesto burlón en su rostro, mi buen amigo rubio es tremendamente un maldito payaso, se la ha pasado mofándose de mí desde que llegamos a Londres.
–No me podía perder la oportunidad de ver tu cara de idiota. –me dijo, yo rodé los ojos ante su comentario estúpido.
Ingresamos al elegante restaurante.
Me sentía muy nervioso, tanto que, casi choco con un mesero cuando ingresé al lugar porque estaba buscando a Hanna con su acompañante. Nos sentamos en una mesa cercana a la suya, en la cual… ella me daba la espalda, no quería sentarme de frente o me encontraría.
–No puedo creer que estés espiando a esta mujer, jamás lo pensé de ti Demian. –se burlaba Hall.
Lo miré desaprobatoriamente.
–El día que te enamores, me entenderás. –lo reprendí.
–Dudo que eso pase. –se mofó. –Nos vemos realmente patéticos. –argumentó, porque yo trataba de tapar mi rostro con el menú, Hanna es una mujer realmente inteligente, podía verme aquí.
–¿Van a ordenar caballeros? –nos cuestionó el maître sacándome de mis pensamientos.
–Lasaña y una copa de vino, por favor. –exclamó mi amigo. –Demian ¿tú quieres algo? ¿Demian? ¡Demian! –me gritó y yo despabilé.
Levanté mi rostro enojado, justamente le estaba pidiendo discreción y este idiota rubio era todo, menos precavido y disimulado.
–Lo mismo que él, por favor. –le dije de forma seca al mesero y luego, le eché una terrible mirada a mi acompañante. –¿Podrías no estar gritando mi nombre a los cuatro vientos? –murmuré entre dientes.
–Estás muy estresado, necesitas una copa de vino de forma urgente. –me dijo.
Traté de poner mayor atención a la mesa en donde se encontraba mi hermosa Hanna, la delicadeza de sus modales y las sutiles facciones de su rostro me estaban embelesando más a mí que su inútil acompañante, entonces, dirigí una mirada al tipo que tenía en frente, se notada ortodoxo, estreñido, pero vamos que, aunque me costara admitirlo el sujeto era atractivo y galante, mi corazón se derretía lleno de coraje cada vez que ella le regalaba una hermosa sonrisa.
–¿No vas a comer? –me cuestionó mi rubio e idiota amigo.
–No tengo apetito. –afirmé llevándome la copa de vino a la boca.
–Pero si ganas de alcoholizarte. –me reclamó.
–Siempre habrá espacio para el alcohol si se trata de curar un corazón roto. –exclamé.