Andrew Hudson.
Soy médico, me he dedicado a estudiar por tantos años que, sigo soltero, tener un romance no me importaba en el pasado, pero por alguna razón, justo ahora, me encantaría encontrar compañía apropiada, una buena mujer, que me alborote la maquinaria neuronal y que me ayude con la generación de oxitocina y dopamina que me acerque a niveles tan altos que se me prescriba por sobredosis. Una disculpa, soy neurólogo y el estudio del sistema nervioso me apasiona demasiado.
No se coquetear con mujeres, me gustó una chica que conocí hace unas semanas en un bar en donde a veces voy a desahogarme con un colega por el arduo trabajo en el hospital, le di mi tarjeta con la esperanza de que me llamara, pero cometí la idiotez de no pedirle su número, ahora… voy a diario a ese bar con la esperanza de encontrármela de nuevo, esto es absurdo y hasta ridículo en un hombre como yo…
–Mirna, ¿no recibí alguna llamada fuera de lo normal hoy? –le pregunté a mi asistente, una mujer mayor que se dedicaba a contestar el teléfono y llevar mis citas en el consultorio.
–No doctor, nada fuera de lo normal. –me respondió.
> pensé, mientras apretaba la puerta para entrar a mi consultorio, en la otra mano tenía un café cargado.
La noche que conocí a esa hermosa dama tenía apenas un par de vodkas encima, hablaba con mi buen amigo Camus sobre la siguiente conferencia que daríamos en Turín: sobre el trastorno de desarrollo neurológico, solo charlamos de trabajo, él esta en la misma situación civil que yo, solo mantiene una relación bastante profunda con un gato que adoptó hace un par de años. La vida de un enfrascado médico puede tornarse demasiado solitaria y demandante y, se tiene que llegar hasta este punto para darte cuenta de que en la vida se anhela mucho más que dinero. títulos universitarios, investigaciones, artículos publicados en revistas internacionales, así como reconocimientos.
Estábamos sentados cerca de la puerta del bar, nos gustaba prejuzgar a las personas por su estado mental cuando cruzaba dicho umbral, era divertido “diagnosticarles” alguna situación perjudicial en su sistema nervioso que los haya llevado a recurrir a un bar a tomar algunas copas.
Ya habíamos prescrito: “complejo de Elektra” a una dama que estaba en una relación en donde, el hombre le llevaba al menos treinta años a la chica, también TDHA no diagnosticada a un hombre de más o menos cuarenta años que no dejaba de mover la pierna mientras intentaba beber sus tragos, después de un rato se calmó, el alcohol le ayudaba con ello, entonces… entró esa deidad, agraciada dama, auténtica garza, se robó mi mirada e incluso mi aliento por un ínfimo segundo, seguí su caminar, sus pasos eran elegantes, sus piernas largas y esbeltas se mostraban con firmeza, el movimiento de sus caderas iba acorde al vaivén de su cabello oscuro, largo y lacio; en mis términos médicos quedar prendido a una belleza como esa se traduce a: una alta secreción de oxitocina en el hipotálamo, el amor es una reacción química, pero solo la persona correcta puede catalizar la interacción de estas sustancias.
En toda la maldita noche, no logré desprender mi mirada de ella, y aquella mujer se notaba muy enfocada en embriagarse en la soledad de sus pensamientos ¿un corazón roto? No se veía triste, se notaba taciturna y pensativa ¿algún problema en el trabajo? ¿con su novio? No tenía un anillo de casada ni comprometida, se ve cerca de los treinta, pero se nota que los años, solo han afinado su exquisita belleza y sus rasgos femeninos.
–Si tanto te gusta invítala a un trago, eso sería lo más emocionante de la noche para ambos. –se burló mi buen amigo de mí.
–Tienes razón, nuestra vida es demasiado aburrida. –le sonreí y llamé al maître, esté se acercó enseguida. –¿Qué está tomando la dama de ahí? –cuestioné.
–Whisky seco. –me informó.
–Llévale uno y dile que es de mi parte, por favor. –le pedí y, le regalé una buena propina por su servicio.
–Entendido, señor. –salió a cumplir la misión.
–Whisky seco… está desesperada por emborracharse rápido. –me dijo mi buen amigo Camus, mientras doblaba su pierna y la apoyaba en su rodilla.
Yo seguía sus movimientos, las flexiones de sus músculos, sus gestos, la manera en la que jugaba con su cabello y las acciones de ella al acomodarse en la silla.
El maitré se acercó y le dio mi recado, ella se giró hacia mí y sonrió, quedé flechado con ese mohín. Qué perfecta curva se dibujaba en su semblante, tenía una belleza sutil, elegante y magnífica.
La velada se hizo aún más cardíaca cuando logré dirigirle algunas palabras y conseguí ayudarla con un leve esguince en su tobillo, tocar su piel fue exquisito, y el tono de su voz tenía el volumen exacto, el color de sus ojos era inusual: gris, pero a contra luz sus cuencas parecían de tono lila, qué magnífica criatura.
Le di mi nombre, mi tarjeta, le daría mi dirección y hasta el número de mis cuentas bancarias, pero yo… olvidé preguntarle por ella… estaba muy nervioso.
Desde eso… voy todas las noches al bar con la ilusión de topármela nuevamente. Esta ansiedad es absurda e incontrolable, me quedo prendido, pegado a la puerta, viendo quien entra y quien transita.
–Otra noche que no llega…–exclama Camus.
–Vendrá, sé que vendrá. ¿Cómo se llamará? –preguntó en voz alta.
No me da vergüenza que mi buen amigo sepa sobre mis sentimientos, llevamos muchos años de conocernos y hemos estado en las malas y en las peores, por ello soy muy honesto con él sin necesidad de rodeos.
Retorné de mis pensamientos.
–Doctor Hudson, el doctor Camus Law le busca. –me informó mi asistente.
–Pásamelo, por favor. –le digo.
–Hola viejo amargado. –me saluda.
–Hola hombre decrépito. –le respondo.
–¿Irás al bar está noche a buscar a tu dama anónima? –me cuestiona.
–Por supuesto, el ser humano vive de la esperanza y la fe es un excelente motor que da fuerza. –aseveré.
–Excelente, pero creo que ya no tienes que buscar más. –me informó.
–De… ¿qué hablas? –interrogué.
–Averigüé su nombre. –declaró y, fue increíble como esa leve noticia de mi “dama anónima” logró que mi pulso se descontrolara al instante.
–Dímelo. –proferí.
–Checa lo que te he enviado al celular. –me expuso.
Sostuve a gran velocidad ese maldito aparato de alta gama y abrí el “chat” de Camus, había un enlace en él, le piqué y se desplegó una nota del área de finanzas: “Magnus corporation tiene un nuevo CEO declara Hanna Harrison”.
–Hanna Harrison…–balbuceé, abrí el buscador en mi computador y tecleé su nombre, salió una gran cantidad de información sobre las acciones de su empresa, casi nada personal, solo una nota del escándalo de un presunto divorcio con su esposo Hugo Stewart, chequé la fecha en la que ese artículo fue lanzado y di con la percepción de que fue exactamente un día después de habérmela topado en el bar, entonces comprendí que estaba ahí ahogando o desahogando sus penas con la dosis correcta de un fino whisky. –Gracias por la información, Camus. –enaltecí.
–¿Qué harás? –me cuestionó.
–Le llamaré. –afirmé sonriente.
–¿En verdad? –se escuchaba totalmente desconfiado. –¿A qué se debe tanto interés y tan grande premura?
–Tengo más de treinta, mi vida es aburrida y monótona, una dosis de hormonas de la felicidad no me vendría mal, incluso un corazón roto sería más emocionante y colorida que esta rutina sin sabor. –le afirmé.
–Un argumento válido.