Capitulo 1.
Dos años.
Ese es el tiempo que me tomó reunir el valor —o la maldad— suficiente para volver a pisar este suelo. Mientras el taxi subía por la calle arbolada hacia la casa, observé mis manos. Mis uñas estaban pintadas de un rojo oscuro, casi n***o, el color de la sangre seca. Ya no quedaba nada de la chica impulsiva que se fue a la universidad huyendo de una tensión que no sabía manejar. Ahora sabía exactamente qué hilos tirar.
Mamá estaba en la entrada, prácticamente saltando de alegría. Se veía igual, tal vez con unas cuantas líneas de expresión nuevas alrededor de los ojos, pero con la misma luz de siempre. Una luz que me hizo sentir un pequeño pinchazo de culpa en el pecho, pero que desapareció en cuanto vi la figura que apareció detrás de ella en el umbral de la puerta.
Raúl.
A sus treinta y dos años, parecía haber alcanzado su punto máximo de madurez. Tenía el cabello un poco más corto y esa misma mirada severa que me había perseguido en mis sueños durante veinticuatro meses. Se quedó allí, con las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir, observándome como si fuera un fantasma que venía a cobrar una deuda.
—¡Emma! Mi niña, por fin estás en casa —mamá me envolvió en un abrazo que olía a su perfume de siempre.
—Hola, mamá —le devolví el abrazo, pero mis ojos estaban clavados en él.
Cuando nos separamos, llegó el momento inevitable. Me detuve frente a Raúl. El aire entre nosotros parecía haber desaparecido, dejando solo un vacío asfixiante.
—Bienvenida, Emma —dijo él. Su voz era más profunda de lo que recordaba, o quizás era solo que ahora yo sabía escuchar los matices de su autocontrol—. Tu madre no ha dejado de hablar de este día en semanas.
—¿Y tú, Raúl? —solté, con una sonrisa ladeada que sabía que lo irritaría—. ¿Tú también estabas contando los días?
Vi cómo el músculo de su mandíbula se tensaba. Un pequeño triunfo para mí.
—He estado ocupado con el despacho —respondió con frialdad—. Pero me alegra que hayas terminado tus cursos de verano.
Mamá, ajena a la guerra silenciosa, nos empujó hacia adentro.
—Entren, entren. Raúl ha preparado una cena especial y yo compré tu vino favorito. ¡Hay tanto que contar!
La casa se sentía más pequeña de lo que recordaba. O tal vez era él quien llenaba demasiado el espacio. Durante la cena, me dediqué a observar la farsa. Raúl le pasaba el agua a mi madre, le sonreía con cortesía y asentía a sus anécdotas, pero cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos por accidente, los apartaba con una violencia silenciosa.
Él tenía miedo. Lo olía en el aire. Tenía miedo de que estos dos años no hubieran servido para apagar el fuego, sino para dejar que las brasas se volvieran más calientes.
—Voy a subir mis maletas —dije cuando terminamos, interrumpiendo una historia de mamá sobre los nuevos vecinos.
—Yo te ayudo, Emma —se ofreció Raúl de inmediato, probablemente para evitar que mi madre hiciera el esfuerzo físico.
Subimos las escaleras en un silencio sepulcral. Él cargaba mis dos maletas pesadas como si no pesaran nada. Al llegar a la puerta de mi vieja habitación, entró y las dejó sobre la cama. Se giró para irse, pero yo me interpuse en su camino, cerrando la puerta detrás de mí con un movimiento suave.
—Te ves diferente, Raúl —le dije, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Estás más... rígido. ¿Te ha sentado mal el matrimonio?
Él dio un paso atrás, pero se topó con el borde de mi escritorio. Estaba atrapado.
—No empieces, Emma —advirtió en un susurro cargado de una amenaza que ya no me asustaba—. Tienes veintidos años ahora. Compórtate como la adulta que dices ser.
Me acerqué más, lo suficiente para ver que sus pupilas se dilataban a pesar de sus palabras.
—Ese es el problema, Raúl. Que ahora soy una mujer. Y ya no tienes que protegerme de nada... ni de nadie.
Él soltó una risa amarga, una que no le conocía. No retrocedió esta vez; al contrario, se inclinó hacia adelante hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del mío. Pude oler el vino tinto y ese aroma a sándalo que siempre lo acompañaba.
—¿Una mujer? —su voz era un hilo de seda y acero—. Dos años fuera de casa no te quitan lo caprichosa, Emma. Sigues siendo la misma chica que busca incendiarlo todo solo por ver las llamas.
—Tal vez me gusta el calor —respondí, sin apartar la mirada. Mis dedos rozaron, "por accidente", el puño de su camisa—. O tal vez lo que me gusta es ver cómo te esfuerzas tanto en fingir que no te afecta que esté aquí.
Raúl me tomó de la muñeca. No fue un gesto violento, pero sí firme, cargado de una urgencia que lo traicionó. Sus dedos rodeaban mi piel con una presión que me hizo acelerar el pulso.
—Escúchame bien —dijo, bajando la voz al nivel de una confesión peligrosa—. Tu madre es la mujer más importante de mi vida. He pasado cada día de estos dos años construyendo una estabilidad que tú no vas a venir a romper con tus juegos de niña aburrida. Mantente lejos de mí, Emma. Por el bien de todos.
—¿Lejos? —sonreí, sintiendo el calor de su mano en mi brazo—. Vivimos bajo el mismo techo, Raúl. Desayunaremos juntos, cenaremos juntos... y cuando mamá se duerma, estaremos tú y yo, separados solo por una pared.
Él me soltó como si mi piel quemara. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose un segundo más de lo debido en mis labios, antes de recuperar esa máscara de frialdad profesional que tanto odiaba.
—No me hagas arrepentirme de haberle dicho a Sofía que era una buena idea que volvieras —sentenció.
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo, rápidos y pesados.
Me senté en el borde de la cama, mi corazón martilleando contra mis costillas. Sabía que había ganado este primer asalto. Raúl podía decir lo que quisiera sobre su lealtad a mi madre, pero su cuerpo no sabía mentir. Sus manos temblaban cuando me soltó.
La guerra había comenzado oficialmente, y esta vez, yo no tenía planes de perder.