Capitulo 2.
Esa noche decidí que el silencio de la casa era mi peor enemigo, o quizás, mi mejor aliado. Después de la confrontación en mi habitación, necesitaba que Raúl entendiera que ya no podía darme órdenes, y qué mejor manera de hacerlo que ignorando las reglas implícitas de "su" hogar.
Me puse un vestido n***o, corto y ajustado, de esos que gritan que no tienes intención de volver temprano. Me maquillé con cuidado, resaltando mis labios con el mismo rojo oscuro de mis uñas, y salí sin avisar.
Regresé a las tres de la mañana.
El alcohol que había tomado en el bar con un viejo conocido no fue suficiente para nublar mis sentidos, pero sí para darme esa chispa de audacia que necesitaba. Abrí la puerta principal con la mayor lentitud posible, esperando encontrar la casa a oscuras.
Me equivoqué.
Una única lámpara de pie estaba encendida en la sala, proyectando sombras largas contra las paredes. Raúl estaba sentado en el sillón individual, con una copa de whisky a medio terminar en la mano y la camisa desabrochada en el cuello. No estaba leyendo, ni viendo televisión. Simplemente estaba ahí, esperándome.
—Son las tres de la mañana, Emma —su voz salió de la penumbra, fría y cortante como una cuchilla.
—Sé leer la hora, Raúl —respondí, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada con un sonido metálico que resonó en el vacío—. ¿Desde cuándo eres el vigilante nocturno?
Él se levantó con una lentitud que me erizó la piel. No se veía cansado; se veía furioso. Caminó hacia mí hasta quedar bajo la luz tenue de la entrada. El brillo en sus ojos no era solo por el alcohol; era pura irritación contenida.
—Tu madre no pudo pegar ojo preocupada porque no respondías el teléfono. Se acaba de quedar dormida hace media hora después de que le juré que yo me encargaría de que llegaras bien.
—Qué buen esposo —me burlé, acercándome a él a pesar del peligro que irradiaba—. Pero ya ves, estoy bien. Entera. Puedes irte a dormir con ella ahora.
Pasé por su lado, rozando intencionalmente mi brazo contra el suyo. El aroma a tabaco y whisky que desprendía era una mezcla embriagadora. Pero antes de que pudiera llegar a la escalera, su mano se cerró sobre mi brazo, obligándome a girar.
—¿Crees que esto es divertido? —gruñó, acercándose tanto que su aliento cálido golpeó mi mejilla—. Estás viviendo bajo mi techo, Emma. No me importa si tienes veintidós o cien años, no vas a angustiar a Sofía de esa manera.
—Admítelo, Raúl —le siseé, clavando mis ojos en los suyos—. No estás enojado por mamá. Estás enojado porque te pasaste toda la noche imaginando dónde estaba, con quién estaba y qué me estaban haciendo.
El silencio que siguió fue violento. Pude ver el momento exacto en que su máscara de "padrastro responsable" se rompió. Sus dedos apretaron mi brazo un poco más de lo necesario y su mirada bajó involuntariamente hacia mi boca, antes de volver a mis ojos con una intensidad que me hizo temblar las rodillas.
—Te crees muy lista —dijo en un susurro ronco—. Crees que sabes lo que estoy pensando, pero no tienes la menor idea de lo peligroso que es el terreno en el que estás jugando.
—Entonces muéstramelo —lo desafié, acortando el último centímetro que nos separaba—. Deja de hablar de respeto y de mamá, y haz algo, Raúl.
Raúl me soltó con tal brusquedad que tuve que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio. Sus manos, que hace un segundo me quemaban la piel, ahora estaban cerradas en puños rígidos a sus costados.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado, y soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor. Me miró con una mezcla de desprecio y una autocrítica feroz, como si se odiara por haber permitido que la situación llegara tan lejos.
—Das lástima, Emma —dijo, y sus palabras dolieron más que cualquier apretón en el brazo—. Estás tan desesperada por atención que no te importa destruir la paz de la única persona que te ama de verdad. ¿De eso se trata? ¿De demostrar que puedes ganar?
—No es un juego, Raúl —le respondí, tratando de recuperar mi compostura, aunque sentía el pecho agitado.
—Para ti lo es. Pero yo no voy a ser tu trofeo —se acercó un paso, pero esta vez no había atracción en su mirada, solo una frialdad administrativa que me heló la sangre—. Escúchame bien: una más. Una sola noche más en la que llegues a estas horas sin avisar o en la que intentes provocarme en esta casa, y hablaré con Sofía.
Me quedé helada. Sabía que Raúl tenía una influencia enorme sobre mi madre.
—¿Vas a acusarme con ella? ¿Como un niño pequeño? —lo reté, aunque mi voz flaqueó un poco.
—No voy a acusarte. Voy a convencerla de que lo mejor para tu "crecimiento profesional" es que busques tu propio departamento. Y sabes perfectamente que ella hará lo que yo le sugiera. No me tientes, Emma. Prefiero tenerte a kilómetros de distancia que bajo el mismo techo si vas a seguir actuando como una amenaza para este matrimonio.
Se giró sin esperar respuesta y caminó hacia las escaleras. Subió los escalones de dos en dos, con una determinación que no dejaba espacio a réplicas.
Me quedé sola en la sala, bajo la luz mortecina de la lámpara. El silencio de la casa volvió a caer sobre mí, pero esta vez se sentía pesado, asfixiante. Raúl me había puesto un ultimátum. Había levantado un muro de hielo, y por primera vez desde que regresé, sentí que tal vez me había pasado de la raya.
Sin embargo, mientras subía a mi habitación, una idea seguía martilleando en mi cabeza: si tanto le diera lástima, no habría necesitado soltarme tan rápido para no besarme.